Siempre creí que la nada y el silencio se complementaban, que había ocasiones en que la nada y el silencio se alineaban contigo para dar lugar a fenómenos extrañamente maravillosos.
No se puede decir gran cosa de
ese intento de soledad que nos invade en cada momento vacío en el cual nos
vemos atrapados, por suerte o por desgracia, por circunstancias o por causas,
por afición o evasión, cuando toda esa nada impregna nuestro interior.
Esto pretendía ser una
reflexión sobre el silencio más allá de las palabras, más allá de los
sentimientos, más bien, más acá, más cerca de nuestros pensamientos.
No es que haya ciertas razones
que nos lleven inexorablemente a mantener la mente en blanco y escuchar el silencio
en medio de la nada. No, esas razones no aparecen así por así ni son siempre
las mismas, son más bien imprevistas, pero certeras.
Cada día llego a preguntarme
en un momento u otro si de verdad sé qué es lo que estoy queriendo decir con
mis silencios, si de verdad los controlo o salen por si solos porque esa era la
ocasión idónea. Son esos ratos de reflexión sobre nada los que van llenando mis
días.
Tenía que materializarlo para
darme cuenta de que, en esa nada, en este papel en blanco, sigue sin tener
sentido.
El silencio y la nada son esas
barreras inexpugnables que tienen ese halo de misterio tras el cual podemos
refugiarnos, pero del cual no sabemos nada (nunca mejor dicho).
Creemos que cuando lleguemos a
conocer el porqué de todos y cada uno de nuestros actos por fin podremos
descansar. A muchos les gusta el enigma de dejarse pistas para no llegar, pero
rozar, ese conocimiento. Otros se despreocupan y van mirando hacia delante sin
darse cuenta del lastre que les mantiene inertes, en el sitio. Yo, no sé, sigo
atrapado en mi nada, avanzando en silencio hacia el misterio, esperando la
ocasión de descubrir que la explicación es tan simple como que no hay
explicación, pero todavía me queda mucha nada que cubrir y mucho silencio que
expresar como para acercarme siquiera (o no, ahí está la incógnita, ahí está la
vida).
Y es que al final creo que la esencia de la vida son sus silencios.
