-“¡Si
la cuestión es quejarse!“- la decían una y otra vez en el momento en el que
abría la boca para criticar a alguien o disgustarse por algo, y aunque todos
pensasen de igual manera nadie se atrevía a levantar la voz.
Ella era la única que parecía tener
ideales y la única que parecía poder expresarse libremente. A todos los demás
se les veía cohibidos, algo normal si tenemos en cuenta que cuando se levantaba
una voz en contra del presidente, o de alguno de sus protegidos, esa voz, con
su respectiva persona, desaparecía en pocos días. Eso es lo que se respiraba en
el ambiente, y lo que se decía por las calles, pero era un concepto que no se
podía corroborar, por el hermetismo del gobierno, y es que ese estado de duda continua
le beneficiaba enormemente.
Muchos fueron los que intentaron
descubrirlo, pero ninguno de aquellos, jóvenes normalmente, consiguió acercarse
a ninguna posible respuesta, o por lo menos no volvían para contarlo. Y es que,
aunque todo parecía empezar bien para todos, con ilusión y esperanzas renovadas
tras la dictadura sufrida, las cosas se torcieron rápidamente.
El
principio de la historia que aquí se va a relatar versa sobre un golpe militar,
dirigido por el típico general ansioso de poder que no puede esperar a la
muerte natural del típico dictador que parece inmortal, el cual, ya en las
últimas, era dirigido como una marioneta por esos ansiosos sucesores que eran
depositarios de toda su confianza, también típicos en una historia como ésta.
Primero he de poneros en
antecedentes, la dictadura empezó como un verdadero calvario, dirigida por un
político que se consideraba lo suficientemente culto como para pensar que las
ideas que él tenía eran las mejores, y querer implantarlas sin miramiento alguno.
¿Por qué los que joden un país siempre están ansiosos por conseguir el poder
absoluto, no pueden aguantar que no se les haga caso y siempre son hombres con
alguna lacra que les impide ser tomados en serio, o, en su defecto, militares?
Éste también tenía uno de esas imperfecciones
que no se notan pero que no le dejaba hacerse notar, y el que vino después era
militar, que más se puede decir…
Su mandato empezó de una forma no muy
democrática, después de terminar con la dictadura de aquel típico dictador vino
un tiempo de régimen militar para “controlar a la población”, cosa que se puede
hasta esperar, y es que primero había que deshacerse de aquellos considerados
adeptos al régimen anterior, con la excusa de hacer un país nuevo.
Después de este tiempo, que muchos
llegaron a comprender, pareció florecer aquel nuevo país del que tanto se
esperaba y que tanto prometía: la economía empezó a reflotar, ya que con la
dictadura era todo auto producido, sin que llegase dinero de fuera ni saliese
hacia otros países, es decir, sin beneficio alguno; el miedo que antes existía
para hablar libremente empezó a desaparecer, por lo que el nivel cultural de la
población mejoró notablemente; el turismo también empezó a llegar y todo parecía
ir como la seda, además había previsiones de un auge aún mayor para el futuro.
Pero todo empezó a fallar después de
unos cuantos meses: el paro volvió a aparecer, antes, los que no trabajaban, no
existían para el estado, y hasta dejaban de existir para ellos mismos; y ese
dinero, que en la primera época llegaba a espuertas, tuvo que empezar a salir.
Parecía volver la fase anterior, excepto por esa libertad de expresión que
todavía existía.
Fue entonces cuando el gobierno tomó
una serie de decisiones que no fueron bien recibidas por los ciudadanos: subida
de impuestos, bajada de salarios, prejubilación con pensiones de risa… las
típicas. Las medidas que se habían tomado con tal de evitar esta debacle se
desmoronaban.
Haciendo uso de la libertad que se
les había concedido los ciudadanos empezaron a organizarse y manifestarse, en
consecuencia se produjeron una serie de revueltas que hicieron saltar todas las
alarmas.
Primero intentaron detenerlos con los
típicos antidisturbios pero, al ver que no había manera de mantenerlos a raya,
el presidente/general/dictador, como queráis llamarlo, se desesperó y regresó a
esa mano dura con la que empezó:
-“¡Todos y cada uno de los
que estén presentes en esas revueltas o tengan algo que ver con una
organización en contra de éste mi gobierno acabará en la cárcel, o, en su
defecto- y por el simple
humor que tuviese - puede llegar a considerarse
como una baja de guerra!”- decía sin que le temblase la voz [ponedle la voz
que prefiráis, pero yo siempre me lo imagino con la de Charles Chaplin en ‘El
Gran Dictador’]. Una baja, sin más, de esas que hay en todas estas típicas
guerras absurdas y desproporcionadas.
De
esta manera fue como terminó aquel sueño de libertad y empezó la nueva
pesadilla de condenas masivas y típica censura.
En
esos momentos todos pensaban lo mismo, ¿por qué si quitas a uno te viene otro
que se esfuerza por hacer olvidar al anterior?, ¿para sentirse realizado, o más
importante, acaso para implantarse también en los recuerdos de los ciudadanos?,
¿para ser odiado y así hacerse la víctima cuando sufra atentados? Lo que sí
sabían todos es que estos típicos dictadores necesitan sentirse acosados para
tener así una excusa para acosar, y que no les echen en cara que lleven a cabo
diversas acciones sin necesidad de excusa alguna.
Así se puede comprender que, después
de unos años conviviendo con ello, nadie se atreviese a alzar su voz en contra
del gobierno, y los que pensasen hacerlo no podían comunicarlo ni a su círculo
que ellos consideraban más cercano, ni siquiera a los que ellos considerasen
“de total confianza”, porque, como en todas las típicas dictaduras, si se
delataba a alguien, el delator recibía una jugosa recompensa, y ya se sabe que “cuando
hay hambre no hay pan duro”.
No se podía hablar ni en la calle,
ni en los bares, ni en los comercios… ¡ni siquiera en tu propia casa!, y es que
había gente que se dedicaba a observar por las ventanas para pillar cualquier mínimo
descuido en una conversación, el desliz que les proporcionase tan ansiado
metal.
Aun con todos estos inconvenientes
ella seguía hablando, expresando su opinión acerca de lo vil que era aquella
situación y los encargados de llevarla a cabo. No tenía miedo, no es que
pareciese que no lo tenía, es que realmente era así de inconsciente. Decía que
había que organizarse y derrocar a “Pinocho”, como le llamaba ella por sus
características napias, la cual era tan desmesurada que sólo se explicaría si
creciese cada vez que mentía, cosa que ocurría muy a menudo.
Esto es lo peor que le puede pasar a
un pueblo oprimido, tener al típico dictador, ansioso por el poder, con un no
tan típico perfil, el cual era tan considerable que ningún artista era capaz de
plasmarlo en un busto, y no poder hablar ni reírse de ello libremente, para
desahogarse un poco, buscar alivio en el sacudirse el peso las cadenas que seguían
llevando encima.
Para poder derrocarle tenía
únicamente dos opciones, hacer que observase el cambio bajo tierra [o desde el
cielo o infierno, según lo que crea cada uno]; o, con la ayuda del odio que
existía contra él, organizar un boicot contra el régimen, tanto a nivel nacional
como internacional. Aunque ésta última opción parecía más difícil, dado el
miedo que existía.
Mientras ésta típica chica de barrio
que se levanta contra el poder intentaba decantarse por una de las dos
opciones, tumbada en la cama, más bien colchón, de su habitación, en esa casa,
pequeña pero acogedora, de las afueras, donde vivía sola con su padre; el presidente
estaba reunido con sus asesores preparando una nueva ofensiva contra el país
vecino; y el escritor sin ideales, típico que se enamora de la chica con ellos,
andaba pensando en el próximo discurso que tenía que preparar para su general.
Aquella típica chica tenía los típicos
problemas de las personas que sufren la opresión de un dictador después de
haber tenido un sueño durante la adolescencia. Ahora tenía que cuidar de su
padre, el cual se había echado a los brazos de los taberneros de todos y cada
uno de los bares del barrio y sus proximidades, después de que la muerte se
llevase a su mujer y madre de su hija. Ésta llegó de manos de los militares
mientras planeaba, en su cabeza, un atentado en contra de la plana mayor del
gobierno. Pero había algo extraño en esta muerte, ya que sólo una persona sabía
lo que ella quería llevar a cabo, su marido…