Hubo
un momento de confusión entre gritos, desvaríos e incoherencias que no llegaba
a comprender, hasta que cada uno de ellos empezó a despedirse, como si supieran
que un instante después todos desaparecerían sin más.
Cuando
se desvanecieron, y una vez recuperé el aliento, me di cuenta de que mientras
había estado oyendo aquellas voces había estado durmiendo en una fábrica, ya
amanecía, los rayos de sol se abrían paso a través de las ventanas rotas que se
encontraban en lo alto y me iluminaban la cara, creo que por eso me desperté.
Una
vez limpié de legañas mis ojos con saliva me encontré sentado en una caja de
cartón, a mi alrededor vi cuatro sillas dispuestas en círculo, el suelo estaba
cubierto de escombros y, rodeando las sillas, arena. Esta misma arena estaba
esparcida por encima de las sillas, pero en cuanto me acerqué a una de ellas
para averiguar de qué se trataba exactamente mi instinto me empujó brucamente
hacia atrás, y es que ese polvo, más que arena, parecía ceniza.
Aun
estando todo aparentemente aislado, gracias a las paredes gruesas de hormigón
que sostenían a duras penas el techo, se levantó un viento que se llevó
aquellas cenizas, y las sillas sobre las que descansaban, sin gran esfuerzo.
Me
fui corriendo, me dije a mí mismo que no volvería a entrar en ningún sitio
parecido, que era mejor dormir en la calle, al aire libre, donde mi mente no
pudiese jugarme tan malas pasadas.
Recién
ahora, tras tres años de haber sobrevivido por las calles de Madrid, volvieron
a mí otras personas, otras historias, todas con un recuerdo en común, con el
símbolo de una ‘R’ a medias
apareciéndose en algún punto de su relato.
Entonces
lo recordé, en aquella fábrica abandonada vi un símbolo en la entrada, un
símbolo al que no hice mucho caso en su momento pero que ahora, pensándolo más
detenidamente, era lo que más sentido había tenido en toda mi mísera vida,
durante la totalidad de mi deplorable existencia había esperado una revelación
similar, el símbolo que completaba a todos los demás, la otra parte de aquella ‘R’.
Fue
en ese momento cuando decidí ir hasta allí, en contra de mí mismo, sin saber la
razón exacta, simplemente pensando en volver al principio para finalizar esta
tortura.
Todo
estaba oscuro, ni una luz en varios metros a la redonda, aun así pude
distinguir la puerta de la fábrica, adornada con aquel símbolo, ¡cómo olvidar
el comienzo de mi paso a las penurias!, más de las que ya engrosaban las
páginas de mi vida.
-“¿Por qué yo? ¿Por qué no le pasó a otro que
pudiese hacer algo de verdad por estas personas, y no simplemente escuchar sus
historias? A lo mejor era por eso, en la sociedad en la que el dinero lo
controla todo la gente no tiene tiempo que perder, el tiempo es oro dicen. No
pueden prestar atención a unas voces que se intentan comunicar, seguramente
toda la población, todos vosotros, escuchéis estas voces y estas historias que
se han metido en mi cabeza, pero nadie las hace caso por temor a que los tomen
por locos y perder todo lo que han conseguido, todo ese dinero acumulado. Pero
estas historias humanas, historias que deberían ser escuchadas, historias mucho
más interesantes, con más altibajos y más sorpresas inesperadas que la vida de
cualquier famoso, poderoso, gobernante o persona que se cree tan importante
como para escribir biografías, mejor dicho, hacer que se las escriban, e
intentar sacar dinero, más todavía, con su publicación; pasan penosamente desapercibidas.”-
Hice
una pausa para ordenar todas esas preguntas, todos esos pensamientos que me
vinieron en tromba, y poder seguir escuchando aquellas voces en mi cabeza.
-“Debería intentar hacer algo.”- me dije
finalmente, y me dirigí hacia la puerta decidido a ayudar a los demás, pero, en
cuanto di el primer paso, una voz grave se elevó por encima de todas las demás,
incluso por encima de mis propios pensamientos, que decía: -“A mí también me gusta que las historias
tengan un final feliz, hace algún tiempo tenía exactamente eso para cada uno de
nosotros, pero los deje escapar.”-
Una
viga, con la forma de aquel símbolo que todas las voces me habían descrito, y
que no había visto más que en sus relatos, se desprendió del techo y cayó
encima de mí, golpeándome la cabeza con fuerza y tirando mi cuerpo al suelo, ya
sin vida.
Te
preguntaras como acabaron de verdad las historias de cada uno de ellos, de
estas personas que me contaron su vida en aquella fábrica y que fueron mi
perdición, contestaré brevemente por no ser descortés, y por ver si tú puedes
hacer algo por los siguientes, por esas voces que escuchas en tu cabeza y que
aún sigues ignorando por ese maldito miedo a no quedar bien, al qué dirán.
La
chica de la moto fue atropellada en aquella carretera por un camión, cuyo
camionero dio un volantazo a causa de un estornudo en el mismo momento en el
que ella le adelantaba, y cuyas ruedas se deslizaron más de la cuenta a causa
del pavimento mojado.
Nuestro
joven amigo que perdió a su abuela murió en el centro comercial, enfrente de
aquella tienda de juguetes, instantes después de recoger el maldito papel. Y es
que unos adolescentes entraron minutos antes decididos a matar a todo el que se
le pusiese delante, ¿por qué?, nadie pudo saberlo porque se suicidaron después
de pegar un tiro a nuestro amigo, con una escopeta de caza, por la espalda.
Nuestro
amigo ‘El Autobusero’, que tantos
viajes hizo en su preciado vehículo, acabó siendo traicionado por éste, y en
parte, en gran parte, por la bebida de ese aciago viernes.
Nunca
llegó a su casa, y nunca ese viejecito le había ayudado a levantarse, oyó
aquella voz porque era la que más veces había oído a lo largo de sus 25 últimos
años, le engañó su subconsciente mientras conducía el autobús hacia la nada.
El
único consuelo que le queda es el saber que no mató a nadie más, aun yendo en
sentido contrario por la A-2 consiguió evitar a todos los vehículos, chocándose
finalmente contra la mediana.
El
final más trágico puede que sea el de Manu, a todos los demás el destino les
castigó por su indecisión, pero Manu fue el único que supo qué estaba haciendo
y qué quería hacer en todo momento, aunque es verdad que tuvo momentos de duda,
¿pero quién no los tiene?
Mientras
que aquella chica y nuestro joven amigo dudaban siempre que iniciaban algo, e
incluso cuando esto terminaba, de tal manera que siempre perdían aquello que
más querían; mientras nuestro rutinario amigo… creo que no hace falta decir
más, dudaba siempre que se iba a salir de su rutina, y cuando esto pasó no supo
qué hacer con la libertad que le había sido concedida; mientras todo esto
pasaba, Manu simplemente hacía aquello que parecía ser lo mejor: quedarse con
su padre (las veces que éste le dejaba) hasta que su corazón dejó de palpitar;
irse de allí buscando respuestas, no quedarse esperando a que éstas apareciesen
por sí solas…
Pero
finalmente tuvo un fallo, dudar, esas dudas que le entraron cuando pensaba en
si irse con su madre o no, dudar durante demasiado tiempo… Y aunque se jure y
se perjure que esa pregunta era demasiado importante, y harto complicada, como
para responder a la ligera, aquel ser, que se hace llamar destino (sino para
los amigos) no deja que ninguno nos salgamos ni un ápice de las líneas que
delimitan nuestras vidas.
Así
que nuestro amigo adolescente fue el único que experimentó como sesgaba su vida
el descarrilamiento de aquel tren de cercanías.
Pero
el destino tampoco es tan malvado como aquí lo estoy pintando, por lo menos le
dejó disfrutar el viaje junto al ideal de persona que él quería que estuviese a
su lado en esos malos momentos, alguien que sabe lo que es sufrir en soledad,
alguien que podía completarle como la otra parte de aquella ‘R’ completa todas las demás vidas,
alguien que le ayudase a estar tranquilo y feliz en el final de un viaje tan
complicado como este.
Te
cuento todo esto para no parecerme tanto a ‘él’,
para que sepas qué te espera exactamente y, de esta manera, no sufras tanto
como yo. Ahora sabrás el porqué de esas voces en tu cabeza, ahora comprenderás
que nadie se ha dejado estos papeles aquí por casualidad, que no era una
historia cualquiera escrita por un don nadie por puro placer, que no son
exclusivamente para regocijo y diversión tuya, mi inestimable lector, y, en el
mismo instante en el que poses tus ojos sobre estas últimas líneas, llegarás a
entender el origen de ese malestar que te atormenta desde hace un tiempo y que
no tiene explicación médica alguna.
He
de repetir sus últimas palabras, las mismas que pronunció antes de desaparecer
para siempre, esas que me hicieron darme cuenta de que era mi turno, mi hora
del relevo, y que ahora serán mi liberación, gracias a ti.
Es
cosa del destino, no me guardes rencor:
-“Aquí nada empieza y
nada acaba, más bien es todo un bucle. No hay principio del fin ni fin del principio.”-