Era un día de lluvia, de esos que nos
gustaban a ambos, esa lluvia fina que te moja suavemente la cara y te empapa
todo lo demás sin delicadeza alguna.
Éramos de esas personas a las que
les da igual lo que se ve por fuera y les importa más lo de dentro, cosa que
nos encantaba y que envidiaban muchos otros. Habíamos tenido suerte en tener
estos sentimientos, reforzados los días grises, de lluvia, en esos días
salíamos a la calle sin más, a sentirnos libres y hablar, como si estuviésemos
uno enfrente del otro, acerca de lo que sentíamos y lo que querríamos sentir.
Pero ese día, fatídico para ambos, en
ese cruce, algo cambió, un fogonazo y, a continuación, oscuridad. Sentí como su
corazón dejaba de tener ese ritmo tan nuestro: “Pim… pam… pim… pam…” y, de
repente: “Pim… pummmmmm…”.
Entonces, las lágrimas hicieron que se me
cerraran los ojos, cuando los volví a abrir estaba prisionero de esa esfera,
cálida y acogedora, desde donde podía observar lo que pasaba ahí afuera, aquel
cuerpo inerte posado sobre ese asfalto mojado, eso sí, sin miedo a nada. Pero
ahora estaba solo y los recuerdos me vinieron de golpe, todos juntos: cuando
podía ir a cualquier sitio sin límite alguno, cuando podía conocer a otros sólo
con mirarles a los ojos, cuando me calaba hasta más allá de los huesos y sentía
ese escalofrío recorriendo mi espalda, igual que con aquella chica a mi lado…
-Las vueltas que da la vida…-pensaba-…antes
estaba enjaulado y me sentía libre, y ahora que por fin saboreo la libertad me
siento atrapado…-
Algo me sacó de mis pensamientos,
una voz que me era familiar…
-¡Vamos, te toca! ¡Vamos! ¡Vamos!
¡Vamos! -
Miré a mí alrededor y reconocí aquel
lugar.
-¡Había vuelto! ¡Era verdad lo que decían! ¡Era
tal y como lo recordaba, exactamente igual!-
Los folios seguían encima de aquella mesa, igual de desordenada, como si no hubiera pasado el tiempo. Fui decidido
hacia ella para plasmar mis recientes vivencias en aquellos papeles que creía
en blanco, pero que ya estaban manchados de tinta… Entonces volví a escuchar
aquella voz:
-¡Rápido! ¡Qué es de los que no se lo
piensan dos veces!-
Volví la cabeza para leer lo que había
escrito: “¿Recuerdas algo?”
En el momento de poner la pluma sobre el
papel me di cuenta…
-¡Mierda de reencarnación!

