Se había olvidado por completo de que el tiempo pasaba, había sido todo tan mágico que no había sido consciente de su alrededor desde que la vio en el andén.
Entonces
Sylvana le devolvió a la realidad preguntándole si quería azúcar, a lo que Manu
tardó en contestar unos cuantos segundos, bastantes, para ser más exactos cerca
de un minuto, por lo que a Sylvana se le escapó una carcajada que no podía
controlar más, desde que empezó a hablar con él estuvo a punto de soltarla, no
sabía por qué, pero le vino y no podía olvidarse desde entonces.
Fue
en ese momento cuando le vino todo junto, con tal fuerza que incluso estuvo a
punto de caerse de la silla de toda esa risa acumulada. Manu simplemente se
quedó anonadado, sin saber qué hacer, aun si se hubiese caído de la silla se
hubiese quedado quieto, sin poder hacer movimiento alguno, algo se lo impedía.
Algo
le impedía volver a casa, era como si su mente no quisiera tener el cuerpo
encerrado entre cuatro paredes, necesitaba sentir el viento en su cara, oír el
bullicio de las calles, ver a gente pasear feliz, ver en sus caras una
expresión de despreocupación que ella no podía tener.
Decidió
ir a por su moto y, esta vez, arrancó sin problema alguno, ¿por qué?, no lo
supo hasta mucho más tarde.
Más
tarde, cuando le estaba contando todo lo que le había pasado el día anterior,
se dio cuenta, esa voz era la misma que le salvó aquella vez, la que le guió
hasta su casa y a la que echó una vez que llegó a ella.
Su
reacción a estos recuerdos fue un rápido, pero sincero, “Lo siento”, a lo que aquel viejecito respondió con una simple
sonrisa y con un movimiento de su cabeza, indicándole que le siguiese.
Se
levantaron sin más, nuestro amigo autobusero no sabía a dónde iba, a dónde le
dirigían, pero le siguió sin preguntar nada.
Aquello
parecía hacer aún más gracia a Sylvana. Sólo pudo parar para bostezar, y es que
no habían dormido, la noche pasó de una forma muy extraña, y demasiado rápida…
Decidió
recoger e irse a dormir, mientras tanto Manu seguía sin moverse, no
reaccionaba, por lo que Sylvana le preguntó preocupada que si estaba bien.
Todavía tardó un poco más en contestar, de sus labios no salió sonido alguno,
simplemente hizo una mueca que pretendía ser una sonrisa y se levantó para
ayudar a recoger.
Avanzando
por el centro comercial recogió un papelito que apareció volando por encima de
su cabeza, no supo que significaba el símbolo que vio cuando lo abrió, así que
lo desechó en el fondo del bolsillo izquierdo de su pantalón, acto seguido
entró en la juguetería que contenía toda su infancia resumida en simples
objetos.
En
cuanto entró la luz empezó a atenuarse y la oscuridad comenzó a invadirlo todo,
todo excepto una esquina, en ese punto se concentraba la luz que desaparecía
del resto de la estancia a cada paso que él daba, y que le introducía poco a
poco en la tienda.
A
esa esquina, donde la vio por primera vez, apoyada en un árbol, leyendo un
libro cuyas tapas estaban forradas con papel de periódico, exactamente ahí, le
dirigió aquel viejecito.
Llegó
a su lado, levantó la cabeza y sólo vio árboles, para cuando volvió la mirada a
su costado el viejecito ya había desaparecido. En el tronco del árbol que se
encontraba justo enfrente de él apreció una hendidura, un símbolo extraño
grabado en la madera, algo parecido a una ‘F’,
pero que no llegaba a serlo.
Entonces
sintió un aliento en su nuca, se dio la vuelta y… ¡allí estaba aquella chica! (ahora
toda una mujer), por quien su vida empezó a ser pura rutina. Antes era un
adolescente rebelde, como todos, pero desde que sus ojos se posaron en ella en
el parque comenzó a acudir todos los días, a la misma hora, para verla de
nuevo, en consecuencia empezó a organizar sus días iguales al día anterior,
para no llegar tarde ninguno, así día tras día, siempre haciendo lo mismo.
Conforme
fue creciendo fue sustituyendo algunas acciones de su rutina por otras nuevas,
básicamente por necesidad, por ejemplo, antes, entre las 5 y las 6 iba a la
cocina y merendaba un bollo con un zumo de arándanos, ahora que su madre había
fallecido no podía hacerlo, ¡no conseguía averiguar dónde comprar ese delicioso
zumo de arándanos!, tampoco podía comerse el bollo relleno de chocolate que
tanto le gustaba porque la panadería donde lo hacían había cerrado, y por mucho
que digan, los bollos industriales no saben igual… Así que aprovechaba esas
horas para echarse una siesta.
-“¡La siesta, ese gran invento!”- era lo
que necesitaban ambos, en cuanto ese pensamiento cruzó su mente Manu miró
instintivamente a su alrededor, y se dio cuenta de que no había donde, ni un
sofá para tumbarse, ni un sillón donde dormir sentado…
No
necesitó decir nada, con esa misma mirada se entendieron los dos, sólo había
una cama y era más bien pequeña, así que, deseándola simplemente un grato
tiempo de sueño, Manu se tumbó encima de su sudadera y colocó su mochila como
almohada, dejando a entender indirecta, y directamente, que la cama era para
ella, para que durmiese feliz y lo suficientemente bien como para que, al
levantarse, le deleitase con una sonrisa.
La
sonrisa se le borró de la cara cuando empezó a chispear y su moto dio señales
de volver a quedarse quieta, hacía ruidos extraños al acelerar y el motor
parecía ir intermitentemente.
En
esas estaba cuando levantó la vista y vio, extrañada, que justo delante suyo
había un cartel que no había visto antes en ese tramo de carretera, en ninguno
de sus anteriores paseos antidepresivos.
Sólo
se podía distinguir un ‘LA’ en
amarillo fosforescente, todo el resto del cartel estaba roto, o mejor dicho, no
estaba. En el suelo había una flecha pintada, como invitándola a seguir, y un
símbolo bastante extraño, el cual se asemejaba a una ‘P’, ¿cómo no había visto en anteriores ocasiones todo aquello? La
confusión la dominó.
La
confusión se hizo fuerte, asimismo, en nuestro amigo el autobusero, al ver que
por mucho que la hablase ella no contestaba, sólo mantenía aquella sonrisa, no
pestañeaba. Entonces sintió como si una ventana se abriese detrás de él y una
corriente de aire frío se le introdujese por el cuello de la camisa,
recorriéndole todo el cuerpo, se sintió tan mal que tuvo que apoyarse en el
tronco de aquel árbol, y dejarse caer hasta quedar sentado.
Se
sentó en el único punto donde aún quedaba luz, además estaba calentito y en
esos instantes el aire acondicionado del centro comercial parecía estar puesto
a máxima potencia, no sabía qué hacer, en esa esquina no había nada.
Fue
entonces cuando cerró los ojos.
Con
los ojos cerrados notó una presencia acercándose a él, no había oído la puerta
abrirse pero pensó que Sylvana querría un vaso de agua, o algo parecido, sin
embargo, dejó de oír los pasos en el momento en el que estos se encontraban a
su lado, acto seguido notó como ella se tumbaba, se echaba encima de la
sudadera y se acercaba a él.
-“Algo raro pasa aquí…”- pensó Manu, y es
que no sentía que su corazón se acelerase, al contrario, se ralentizaba, como
si fuese el hombre más tranquilo sobre la faz de la tierra, no sentía tampoco
el calor de otra persona, sino que sentía más frío aún, como si todo fuese un
sueño y el estar a la intemperie, con la ventana abierta y con el viento moviéndose
por la habitación, le recordase que esa fantasía seguiría siendo eso, una
simple fantasía.
Para
no atormentarse más decidió intentar dormir profundamente y dejar de pensar en
ello.
Pensar
si seguir o no la estaba volviendo loca, además todavía tenía que saber si la
moto aguantaría.
Mientras
se decidía se sentó a un costado de la carretera, sintió el frescor de la
lluvia en su cara, por su mente pasaron todos sus recuerdos felices y se
tranquilizó, pero entonces unos ruidos anómalos le empezaron a martillear la
cabeza, cuando consiguió acostumbrar el oído escuchó claramente: -“El amor es cuestión de oportunidad, no
sirve de nada encontrar a la persona idónea demasiado temprano, y no es un
lastre encontrarla muy tarde, simplemente se encuentra, y cuando esto ocurre,
se para el tiempo.”- la voz misteriosa hizo una pausa, como para dar más
importancia a lo que iba a decir a continuación, y concluyó –“Tú tuviste esa oportunidad, viste como se
paraba el tiempo y, aún así, lo dejaste escapar.”-
Palabras
exactas resonaban en la megafonía de aquel centro comercial mientras los
fluorescentes parpadeaban como queriendo volver a cumplir su misión. Una vez la
iluminación volvió a la tienda, y sus ojos se acostumbraron a ella, asistió
atónito a como sus preciados recuerdos, convertidos en juguetes con vida
propia, le rodeaban con decisión.
Esa
misma parrafada pronunció a su vez aquella mujer, mientras nuestro amigo el
autobusero la miraba fijamente, obnubilado, deseando haberse lanzado en el
pasado, y dándose cuenta de que ahora ya no podía hacer nada, no podía ni levantarse
de su sitio.
Algo
raro pasaba con nuestro joven amigo, tampoco podía levantarse, aunque para él
la situación era algo diferente, él no había tenido tiempo para dejar escapar
la oportunidad, si esto hubiese ocurrido ahora no estaría durmiendo en la casa
de aquella chica, estaría en el camino de vuelta a casa.
Aun
así oyó el mismo discurso retumbar en su interior, pero con un final algo diferente:
-“No suelo pronunciar estas dos palabras,
de hecho lo hago ahora excepcionalmente y porque reconozco mi parte de culpa: ‘Lo siento’. Debes saber que tu destino
te dirigió hasta mis brazos y ni yo puedo luchar contra él, no es que quiera
justificarme, ni mucho menos, pero el destino es muy caprichoso y siempre hace
lo que le apetece. Se esconde bien, no sabemos nunca donde está hasta que ya es
demasiado tarde.”-
Estas
palabras desconcertaron en gran medida a Manu, intentó buscarles un sentido
pero no consiguió nada, llegó a la conclusión de que se trataba simplemente de
un sueño y, por lo tanto, nada por lo que preocuparse.
Al
dar media vuelta para acomodarse y seguir durmiendo vio un bulto a su lado, ¡no
se acordaba de que Sylvana seguía allí!, una sonrisa se dibujó en sus labios y
pensó que, dado que había tenido un sueño acerca de amores perdidos por no tomar
riesgos suficientes, ¿qué podía perder si la abrazaba, una oportunidad?, minucias
comparado con lo que podía ganar si le aceptaba.
Decidido
procedió a ejecutar su plan, pero, en cuanto posó su mano encima de ella, aquel
exquisito cuerpo, con el que había soñado incluso despierto, se desvaneció por
completo, dejando en su lugar un rastro de polvo.
Aquellas palabras
resonaban en su cabeza: -“Lo siento.”-