- En
esta época de instantes los momentos han visto cómo se reducía su
relevancia, ahora todo tiene que pasar aquí y ahora, o allí y hace
un tiempo, siempre que no se pierdan entre el suspiro que se tarda en
llegar de lo anterior a lo siguiente.
Se
ha escrito mucho acerca de la menor capacidad de atención según nos
vamos adentrando en la cultura del ya, sin embargo, siguen siendo
textos demasiado largos como para que sus letras no sean absorbidas
en la vorágine de la vida rápida.
En
esta realidad hay quien se traslada a otra paralela para encontrarse
por unos minutos, que se convierten en horas en las que perderse.
Estos
pequeños oasis de tiempo ralentizado se pueden ver desperdigados por
las calles de todas las ciudades. Algunos aseguran que son reales,
palpables, accesibles incluso; para otros es un puro espejismo, un
sueño que se vislumbra por el rabillo del ojo de camino al trabajo,
de vuelta a casa, en ese frenético ir y venir sin descanso.
Siempre
se dice que son los niños los que con su mirada inocente pueden
seguir con un legado como este, pero los niños de hoy en día… -
en ese momento entró un niño con la música del juego del móvil a
todo volumen en la librería interrumpiendo las cavilaciones de
Agustín.
-
¡Por este tipo de cosas nos iremos a la mierda!- pensaba mientras
sonreía falsamente al padre que entró detrás con cara de querer
disculparse pero con un cansancio que se lo impedía.
-
Se pone con el móvil y ya no sabe a dónde va – intentaba
justificarse – lo siento – añadió, y a continuación cogió a
su hijo del brazo y lo sacó de allí a trompicones.
Enfurruñado
dirigió su vista a la ventana, no había nadie pero se oía un
murmullo un poco más allá. Volvió la mirada a su librería y se
dio cuenta de lo vacía que estaba, con tristeza y resignación se
dejó llevar por la curiosidad.
Posponiendo
su enfado momentáneo se acercó al ruido de la realidad, al doblar
la esquina vio una larga cola que se extendía por dos calles y se
perdía en el giro. - ¿Qué regalarán? - se preguntó.
Adelantándose a todos se acercó hasta el origen y observó lo que
parecía una pequeña librería, aun así un poco más grande que la
suya, atrayendo toda aquella expectación. Intrigado por la gran
afluencia que él no podía ni imaginar tener fue a ver qué podía
estar fallando, pero en cuanto vio el enorme cartel de la película
en la que se basaba el best-seller adolescente del momento las
arcadas acudieron a su garganta en tropel.
-
¡No, no y no! Esto es lo último ya. ¡Vamos! ¿Qué estamos
haciendo? Ya hasta nos vendemos por unas cuantas migas de pan... -
exclamó, dispuesto a entrar en la librería luchando contra sus
reticencias para buscar una explicación a este ultraje de la
literatura.
Los
que estaban más cerca en la cola le miraron asombrados durante unos
segundos, luego volvieron a sus móviles como si nada, padres e
hijas, madres e hijos, grupos de adolescentes nerviosos, ninguno le
hizo más caso que a un tweet que se desliza con el dedo por la
pantalla del dispositivo de última generación que se encuentre más
a mano y se pierde en la inmensidad de la red.
Abatido
por la indiferencia se volvió cabizbajo hacia su casa, su hogar, su
amada librería llena de libros de aventuras de antaño, de novedosos
ensayos filosóficos, de libros especializados y, lo más triste,
cuentos infantiles sin inocentes sonrisas que llenar.
En
un acto más de desesperanza que de fe, cogió un par de bolsas y las
lleno de libros escogidos especialmente para reavivar el espíritu de
la lectura en mentes en construcción, se fue a la larga cola y
empezó a repartirlos. Los primeros ni se dieron cuenta, los
rechazaron como se ignora a los hombres y mujeres que piden la
voluntad en la calle, en el metro, en las ciudades en general; uno de
ellos que, por su cara de satisfacción, acababa de pasarse un nivel
de algún juego, le miró extrañado pero aceptó el obsequio; hubo
de avanzar un par de metros y unas decenas de personas más para que
otro adolescente abstraído le hiciese caso, el tímido“gracias”
que salió de su boca le devolvió en parte la sonrisa.
A
continuación se empezó a extender un cuchicheo de preocupación
entre los padres y madres presentes, ¿qué hacía aquel hombre?,
¿qué tipo de maldad estaba perpetrando entre sus hijos e hijas?
Comenzó un alboroto que hizo que algunos se giraran para intentar
entender qué pasaba. De repente Agustín se vio rodeado de miradas
inquisitoriales, no en busca de respuestas, sino llenas de rechazo.
Instintivamente
bajo la cabeza, vio que tenía las bolsas llenas de libros y se
acordó de que había uno que contenía una reflexión que le podía
servir para este momento. Tras unos segundos que parecieron años
encontró aquel libro de tapa blanca, viejo pero bien conservado, con
algunas notas en papeles que hacían a su vez de marcapáginas roídas
por el manoseo y el paso del tiempo, y alzó la cabeza, allí seguían
aquellas miradas, había conseguido captar la atención de la
mayoría. Empezó a leer: “De pequeño buscaba ávidas miradas en
las habitaciones de las casas, gritos por los patios, sorpresas por
las calles; creció y quiso ver otros lugares, descubrió la tristeza
en la nocturnidad de las ciudades, los sueños en la lucidez de los
parques; se hizo mayor y se dedicó a observar a los niños jugar en
los soportales, a perderse entre sentimientos, por diversos parajes;
el último suspiro que le quedaba lo dedicó a rememorar esos
momentos, esas vidas, todos esos hogares… Y es que un libro que
pasa de mano en mano, al final acaba contando muchas más historias
de las que tiene impresas, por el viaje.”
Señalando
hacia su librería sentenció: - Allí están los libros,
alborotados, extendiendo el rumor de unos nuevos destinos por los
estantes, esperando ser el siguiente. Coged uno, sin miedo, y empezad
a leer. -
