lunes, 4 de julio de 2016

Alentando Viejos Viajes

- En esta época de instantes los momentos han visto cómo se reducía su relevancia, ahora todo tiene que pasar aquí y ahora, o allí y hace un tiempo, siempre que no se pierdan entre el suspiro que se tarda en llegar de lo anterior a lo siguiente.
Se ha escrito mucho acerca de la menor capacidad de atención según nos vamos adentrando en la cultura del ya, sin embargo, siguen siendo textos demasiado largos como para que sus letras no sean absorbidas en la vorágine de la vida rápida.
En esta realidad hay quien se traslada a otra paralela para encontrarse por unos minutos, que se convierten en horas en las que perderse.
Estos pequeños oasis de tiempo ralentizado se pueden ver desperdigados por las calles de todas las ciudades. Algunos aseguran que son reales, palpables, accesibles incluso; para otros es un puro espejismo, un sueño que se vislumbra por el rabillo del ojo de camino al trabajo, de vuelta a casa, en ese frenético ir y venir sin descanso.
Siempre se dice que son los niños los que con su mirada inocente pueden seguir con un legado como este, pero los niños de hoy en día… - en ese momento entró un niño con la música del juego del móvil a todo volumen en la librería interrumpiendo las cavilaciones de Agustín.

- ¡Por este tipo de cosas nos iremos a la mierda!- pensaba mientras sonreía falsamente al padre que entró detrás con cara de querer disculparse pero con un cansancio que se lo impedía.
- Se pone con el móvil y ya no sabe a dónde va – intentaba justificarse – lo siento – añadió, y a continuación cogió a su hijo del brazo y lo sacó de allí a trompicones.

Enfurruñado dirigió su vista a la ventana, no había nadie pero se oía un murmullo un poco más allá. Volvió la mirada a su librería y se dio cuenta de lo vacía que estaba, con tristeza y resignación se dejó llevar por la curiosidad.

Posponiendo su enfado momentáneo se acercó al ruido de la realidad, al doblar la esquina vio una larga cola que se extendía por dos calles y se perdía en el giro. - ¿Qué regalarán? - se preguntó. Adelantándose a todos se acercó hasta el origen y observó lo que parecía una pequeña librería, aun así un poco más grande que la suya, atrayendo toda aquella expectación. Intrigado por la gran afluencia que él no podía ni imaginar tener fue a ver qué podía estar fallando, pero en cuanto vio el enorme cartel de la película en la que se basaba el best-seller adolescente del momento las arcadas acudieron a su garganta en tropel.
- ¡No, no y no! Esto es lo último ya. ¡Vamos! ¿Qué estamos haciendo? Ya hasta nos vendemos por unas cuantas migas de pan... - exclamó, dispuesto a entrar en la librería luchando contra sus reticencias para buscar una explicación a este ultraje de la literatura.
Los que estaban más cerca en la cola le miraron asombrados durante unos segundos, luego volvieron a sus móviles como si nada, padres e hijas, madres e hijos, grupos de adolescentes nerviosos, ninguno le hizo más caso que a un tweet que se desliza con el dedo por la pantalla del dispositivo de última generación que se encuentre más a mano y se pierde en la inmensidad de la red.

Abatido por la indiferencia se volvió cabizbajo hacia su casa, su hogar, su amada librería llena de libros de aventuras de antaño, de novedosos ensayos filosóficos, de libros especializados y, lo más triste, cuentos infantiles sin inocentes sonrisas que llenar.

En un acto más de desesperanza que de fe, cogió un par de bolsas y las lleno de libros escogidos especialmente para reavivar el espíritu de la lectura en mentes en construcción, se fue a la larga cola y empezó a repartirlos. Los primeros ni se dieron cuenta, los rechazaron como se ignora a los hombres y mujeres que piden la voluntad en la calle, en el metro, en las ciudades en general; uno de ellos que, por su cara de satisfacción, acababa de pasarse un nivel de algún juego, le miró extrañado pero aceptó el obsequio; hubo de avanzar un par de metros y unas decenas de personas más para que otro adolescente abstraído le hiciese caso, el tímido“gracias” que salió de su boca le devolvió en parte la sonrisa.

A continuación se empezó a extender un cuchicheo de preocupación entre los padres y madres presentes, ¿qué hacía aquel hombre?, ¿qué tipo de maldad estaba perpetrando entre sus hijos e hijas? Comenzó un alboroto que hizo que algunos se giraran para intentar entender qué pasaba. De repente Agustín se vio rodeado de miradas inquisitoriales, no en busca de respuestas, sino llenas de rechazo.
Instintivamente bajo la cabeza, vio que tenía las bolsas llenas de libros y se acordó de que había uno que contenía una reflexión que le podía servir para este momento. Tras unos segundos que parecieron años encontró aquel libro de tapa blanca, viejo pero bien conservado, con algunas notas en papeles que hacían a su vez de marcapáginas roídas por el manoseo y el paso del tiempo, y alzó la cabeza, allí seguían aquellas miradas, había conseguido captar la atención de la mayoría. Empezó a leer: “De pequeño buscaba ávidas miradas en las habitaciones de las casas, gritos por los patios, sorpresas por las calles; creció y quiso ver otros lugares, descubrió la tristeza en la nocturnidad de las ciudades, los sueños en la lucidez de los parques; se hizo mayor y se dedicó a observar a los niños jugar en los soportales, a perderse entre sentimientos, por diversos parajes; el último suspiro que le quedaba lo dedicó a rememorar esos momentos, esas vidas, todos esos hogares… Y es que un libro que pasa de mano en mano, al final acaba contando muchas más historias de las que tiene impresas, por el viaje.”

Señalando hacia su librería sentenció: - Allí están los libros, alborotados, extendiendo el rumor de unos nuevos destinos por los estantes, esperando ser el siguiente. Coged uno, sin miedo, y empezad a leer. -