miércoles, 28 de enero de 2015

Mujeres A Trazos


Ella era la chica que habría sido mi novia si se hubieran dado dos condicionantes. Primero, si ella hubiera querido; segundo, si yo hubiera tenido agallas para pedírselo.
Tiene el cabello rojo y alberga dos toneladas de energía en un cuerpo de cincuenta kilos, que está perfectamente configurado desde el suelo hasta el metro sesenta de altura. Yo me moría por pedírselo, pero cada vez que ella se acercaba, encendiéndome el corazón como si cada contoneo fuera una cerilla, yo me deshacía.

Se dio la vuelta, y estaba tan bella… ¿Les he dicho que tiene los ojos verdes, con una pizca de azul? Pues bien, estaba tan hermosa que todas las palabras se me anudaron en la garganta y salieron formando ese ruido tan raro que uno hace al tragar.



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Tenía el pelo negro y largo, recogido con una cinta roja a la espalda, ojos azules y la tez tan pálida que por poco que se avergonzara sus mejillas semejaban dos puestas de sol idénticas, mientras que los labios habrían dado tema para un congreso freudiano de un mes.



sábado, 10 de enero de 2015

Vivencias de un Visitante Inesperado


Pulsé el botón del portero automático, al cabo de unos segundos el altavoz cobró vida con una crepitación y una mujer preguntó en qué podía ayudarme. Le di mi nombre. Me preguntó si tenía hora. Admití que no. Me dijo que el señor estaba ocupado. Contesté que me sentaría en la escalinata y esperaría, y tal vez abriría una cerveza para matar el tiempo, pero no me atenía a las consecuencias si me entraban ganas de echar una meada.
Me dejaron entrar. El encanto, por poco que sea, abre muchas puertas.

Me senté en uno de los sillones. Era incómodo, tal como sólo pueden serlo los muebles muy caros. Al cabo de dos minutos me dolía la base de la columna. Al cabo de cinco, me dolía también el resto de la columna, y otras partes de mi cuerpo se quejaban por solidaridad. Me planteaba ya tumbarme en el suelo cuando se abrió la puerta y me dejaron entrar.

Sentí curiosidad por saber con quién hablaba por teléfono hacía un momento. Quizá no guardaba relación alguna conmigo, en cuyo caso tendría que afrontar la posibilidad de que el mundo no girase en torno a mí. No sabía si ya estaba preparado para dar ese paso.

Les sonreí. Ya éramos todos amigos. Quizá no me invitasen a ir de viaje con ellos. Podíamos beber, reír, recordar la tirantez de nuestro primer encuentro y darnos cuenta de lo estupendos que éramos.
No me devolvieron la sonrisa. Al parecer el viaje se había cancelado.