Ella era la chica que habría sido mi novia si se hubieran dado dos condicionantes. Primero, si ella hubiera querido; segundo, si yo hubiera tenido agallas para pedírselo.
Tiene el cabello rojo y
alberga dos toneladas de energía en un cuerpo de cincuenta kilos, que está
perfectamente configurado desde el suelo hasta el metro sesenta de altura. Yo
me moría por pedírselo, pero cada vez que ella se acercaba, encendiéndome el
corazón como si cada contoneo fuera una cerilla, yo me deshacía.
Se dio la vuelta, y estaba tan
bella… ¿Les he dicho que tiene los ojos verdes, con una pizca de azul? Pues
bien, estaba tan hermosa que todas las palabras se me anudaron en la garganta y
salieron formando ese ruido tan raro que uno hace al tragar.
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Tenía el pelo negro y largo,
recogido con una cinta roja a la espalda, ojos azules y la tez tan pálida que
por poco que se avergonzara sus mejillas semejaban dos puestas de sol
idénticas, mientras que los labios habrían dado tema para un congreso freudiano
de un mes.

