jueves, 20 de marzo de 2014

Entre la Nada y el Nunca [Siguiendo...]


            Mientras todo esto acontecía en ese lado de la ciudad, en el otro, nuestro autobusero intentaba acomodarse a tener un nuevo pasajero durante tantas paradas, su saludo jovial y entusiasta le hacía creer en su existencia para otro tipo de personas, además de para aquel anciano, de tal manera que le desconcertaba y le rompía su conducta rutinaria, seriedad en el conducir y amabilidad en el trato con todos y cada uno de sus pasajeros durante el breve instante en el cual éstos le hacían caso. Y es que ya no se podía quitar de la cabeza ese saludo, que se producía tanto en la ida como en la vuelta, durante todo el trayecto.

Nuestro joven amigo se encontraba tan contento a causa de su nuevo empleo. Todo iba viento en popa, aquel trabajo en una empresa de publicidad emergente le ayudaba a forjarse como diseñador gráfico, y es que aquellos otros empleos de ilustrador de libros de texto y ayudante del restaurador en el museo de historia natural no eran exactamente su vocación, su sueño, pero eso de ser escenógrafo en las películas de Hollywood quedaba todavía bastante lejos.
Esa felicidad se reflejaba en todos sus actos, hasta en los más insignificantes, como ese saludo y la posterior despedida del autobusero. Esta forma de ser llamaba la atención a casi todas las mujeres que trabajaban en la empresa, le hacía ser deseado por un gran número de ellas y, a su vez, ser envidiado, e incluso odiado, por la mayoría de los hombres.
Pero esta actitud de sus compañeros y compañeras no afectaba en absoluto a su dedicación, él seguía con esa sonrisa permanente y ese halo de felicidad, cualidades que desconcertaban a conocidos y a extraños, también a aquellos que todavía se encontraban a medio camino de ser considerados de un tipo u otro.

Sentimientos totalmente contrarios a los que recorrían la mente del otro muchacho, todavía hundido en el asiento, dirigiéndose a ningún sitio. Su conciencia le reconcomía por haber dejado así a su padre, solo, -“¿pero no era eso lo que él había querido?, entonces, ¿por qué preocuparse?”- Aún diciéndose esto una y otra vez no podía sacárselo de la cabeza. Se hundió un poco más en el asiento para ver si al dormir un poco se le aclaraban las ideas.

Esto mismo estuvo intentando conseguir nuestro amigo autobusero y, ahora, por fin, tenía una conclusión: -“Aquel joven era así y hacía esas cosas porque tenía ‘algo’ que le hacía feliz en ese momento, ‘algo nuevo’, pero, en cuanto pasase un tiempo, se volvería igual de rutinario que todos los demás pasajeros, así que bastaba con esperar el tiempo suficiente, el que fuera directamente proporcional a la felicidad que le proporcionase ese ‘algo’.”-
En cuestión de espera él sabía bastante, todavía seguía esperando a que volviese su amada, y a que le tocase la lotería.
-“Pero, ¿y si no era así?, ¿y si seguía igual de feliz durante más tiempo del establecido? Eso querría decir que hay ‘algo’ ahí fuera para cada uno que hace que la vida tenga sentido y sea diferente cada hora de cada día, entonces… ¿habría que salir a buscarlo o con esperar sentado valía?”-
El saludo jovial y entusiasta de aquel joven que copaba sus pensamientos le sacó de ellos, pero le hizo entrar en una profunda reflexión que no cesó hasta el día siguiente.

El día amaneció soleado y caluroso como pocos, así que nuestro amigo decidió andar unas cuantas calles, saltarse unas cuantas paradas, para notar el cosquilleo de los rayos del sol en su cara. Cinco paradas más adelante se encontró con una compañera, que tendría, calculando a ojo, su misma edad, intentando arrancar su moto. Fue hacia ella y la saludó, ella se sobresaltó de tal manera que casi le suelta un guantazo, al volver la cabeza vio la cara del chico nuevo, de ese chico con el que había soñado un par de veces desde su llegada a la empresa.
Al ver que ella se ruborizaba de una manera un tanto embarazosa no tuvo más remedio que soltar una de esas bromas malas que se suelen decir para salir del paso: -“Se ve que a tu moto, con el calor, tampoco le apetece mucho trabajar…”-  Risa nerviosa y complaciente de ambos, seguida de un par de besos de cortesía y una preocupación desinteresada por el estado del otro. En esas estaban cuando vieron un autobús, al que se subieron para poder llegar a tiempo al trabajo, no era el autobús de nuestro amigo, pero era un autobús al fin y al cabo.

La vida de esta chica no era ni extravagante ni tremebunda, no tenía siquiera un mínimo de interés para el resto del mundo, pero aun así tenía ‘algo’, ese ‘algo’ que convierte una vida vacía en una historia decente.
Había sido una buena estudiante desde pequeñita y lo seguía demostrando todavía en su último año de Telecomunicaciones, carrera a la que asistía en el turno de noche, como hizo durante el Bachillerato, debido al deseo expreso de sus padres de que su única hija siguiera adelante con el negocio familiar, una peluquería.
Así que ella trabajaba en la peluquería por las tardes y asistía a clase por las noches, dejando las mañanas libres para estudiar y, en casos excepcionales, atender la peluquería, ayudando a sus padres a no perder a los viejos clientes, viejos en ambos sentidos de la palabra. Aunque, ahora, con las prácticas en la empresa, la peluquería estaba quedando en segundo plano, hecho que cabreaba mucho a su padre, el cual decidió ignorarla sin más. Era su madre la que tenía que apoyarla, pero lo hacía sólo a veces, ya que en el caso de que su hija trabajase en otro sitio tendrían que vender la peluquería, ese pequeño trozo de historia familiar, ese local que tan gratos recuerdos albergaba en su interior…
-“¡Es el sitio donde nos conocimos!”- clamaba su madre –“¡y donde se conocieron tus abuelos!”- puntualizaba su padre.
-“¿Acaso querían seguir con esa horrible (vamos a llamarla tradición familiar) generación tras generación?”- se preguntaba para sus adentros, con tanta convicción que parecía que iba a formularla con sólo pasarse ésta por su mente, pero con el inconveniente de que era ella misma la que se lo impedía, por temor a una respuesta rotundamente afirmativa y, por lo tanto, a que sus sueños, ese deseo de vivir una vida totalmente diferente a la de sus padres, esas ansías de poder elegir su siguiente paso… se esfumasen -“¿simplemente esperar a que aparezca alguien, sin esforzarse, sin arriesgarse?”- era otra pregunta que se hacía frecuentemente y, a la cual, igual que a la anterior, prefería no obtener respuesta. Hasta ese momento, pensó que en él podía encontrarla, parecía tan feliz…

En esas estaban cuando entraron en el edificio, fue entonces cuando sintieron esas miradas frías, llenas de odio y envidia, que les borraron a ambos la sonrisa de sus caras y el sentimiento de felicidad de sus mentes, sustituyéndolos por una mezcla de vergüenza y confusión.

Con ese mismo sentimiento de confusión se acababa de levantar, estrepitosamente, nuestro amigo de menor edad, debido al sueño que había tenido, imágenes intermitentes de su madre y recuerdos de su niñez, cuando todavía eran una familia. –“Pero fue ella la que se marchó a América, dejándole ahí, solo con su padre, cuando éste estaba en el inicio de su enfermedad, simples jaquecas que más tarde derivaron en ese maldito tumor cerebral.”-
Se hallaba confuso, no sabía que debía hacer, llamar a su madre, intentar retomar el contacto, o seguir con su vida, solo…
-“¿Pero dónde?, ¿dónde se dirigía aquel tren?”- Prestó un poco de atención a la voz de megafonía, a esa voz que no llegaba a comprender, pero que vocalizó bastante bien aquellas últimas palabras, como si se dirigiese a él: -“Fin de trayecto.”-

En aquel sentimiento de confusión también estaba metida la mente de nuestro amigo el autobusero mientras seguía su ruta. Ahora que se había empezado a hacer preguntas acerca de si su actitud pasiva ante la vida era una forma correcta de afrontarla, justo en ese instante, aquel joven desaparece de su rutina. Le estaba provocando un estado de turbación tal que casi se olvida de que estaba llegando al final de su trayecto.

 -“Fin del trayecto.”- eran las palabras que resonaban en la cabeza de nuestro joven amigo mientras seguía ahí parado, en el umbral de la puerta, con todas esas miradas acusadoras dirigidas a él, y a su compañera. Fin de ese camino dorado, tanto que parecía un sueño, y que ahora se convertiría en pesadilla, o peor aún, se desvanecería por completo en el aire, como si volviese a tener que levantarse de la cama para cumplir aquellos tortuosos horarios en sendos trabajos faltos de interés.
-“¿Pero, por qué?, ¡no hemos hecho nada!, ¿o es que acaso un par de compañeros de trabajo no pueden llegar, juntos y felices, a sus puestos?”- se decía mientras todos los ojos mantenían el blanco fijado en ellos.
Entonces cogió la mano de su compañera y atravesó la oficina, sin mirar a los lados y olvidándose de todas esas miradas que se le clavaban en la nuca. En cuanto cada uno estuvo sentado en su sitio todos volvieron al trabajo, como si nada de lo ocurrido con anterioridad hubiese tenido lugar. -“Que extraño…”- pensó nuestro amigo.

Ella se sentía rara, como si en ese corto trayecto, en el que iba mirando a todos a los ojos y veía esa mezcla de sorpresa y furia en sus caras, se hubiese evadido de su cuerpo, no sintió nada entonces y, ahora, una vez que estaba resguardada en su escritorio, en frente de su ordenador y rodeada de sus recuerdos, todas esas sensaciones acumuladas cayeron como un torrente sobre ella: vergüenza, soberbia, confusión, dolor, mareo, felicidad, éxtasis… amor. –“Que extraño…”- pensaba mientras se ruborizaba al darse cuenta de que él la miraba.

Lo más extraño de todo el viaje era ese sitio, una parada en medio de una gran explanada, por no decir en medio de la nada, y un cartel que debía contener el nombre de aquel… ¿sitio?, partido por la mitad, en el cual sólo se llegaban a distinguir un conjunto de letras que no eran de gran ayuda: ‘LA |’, ese palo final podía ser cualquier cosa, aunque una vez te acercabas a él se podían distinguir un par de protuberancias en la parte superior, con lo cual la búsqueda se reducía a una ‘P’, una ‘R’ y una ‘F’.
Sumido como estaba en sus pensamientos no se dio cuenta de que una chica le observaba desde el final del andén, la cual seguramente estaría pensando algo así como: -“¡Qué tío tan raro!”- Y es que mirar de cerca un cartel roto, como si fueses a reconstruirlo a partir de la nada, es para pensar: “Qué extraño…”

domingo, 16 de marzo de 2014

Entre la Nada y el Nunca [Empezando...]

 -“Aquí nada empieza y nada acaba, más bien es todo un bucle. No hay principio del fin ni fin del principio.”-


            Cada día era pura rutina para aquel conductor de autobús de línea: a las 5 de la mañana se levantaba, siempre a ‘en punto’, no admitía ni un segundo de retraso ni uno de adelanto; en cuanto sonaban las señales horarias en el radio-despertador que había en la mesilla de noche se levantaba para, acto seguido, dirigirse al baño, tres pasos, comenzando por el pie izquierdo, -“¡para qué creer en esa tontería de las supersticiones, esas son cosas de maniáticos que necesitan tener el control sobre cada paso que dan!”- pensaba, el a partir de ahora llamado, nuestro amigo el autobusero, mientras daba su segundo paso con la derecha; y se iba riendo de aquellos pobres desgraciados en el momento en el que posaba la punta del dedo gordo del pie izquierdo en el umbral de la puerta del baño, ni un centímetro de más ni uno de menos.
            Una vez dentro del baño llevaba a cabo un movimiento rotatorio de 90º para encontrarse de frente con el plato de la ducha y, con los dos pies juntos y posados en su totalidad en el suelo, flexionaba su pierna izquierda hasta que la rodilla estuviera perpendicular al tronco, entonces, y sólo entonces, dejaba caer su pie sobre la ducha, impactando con suavidad pero con firmeza en aquellos azulejos, resbaladizos a causa del agua, que tanto odiaba cuando se estaba duchando, pero que tanto le gustaban cuando se encontraban secos en su totalidad, para demostrarse a sí mismo, y a aquellos azulejos, que era él quién mandaba en el cuarto de baño.
            Cuando encontraba el punto donde podía mantener el equilibrio suficiente como para poder ducharse sin riesgo a sufrir caída alguna procedía a la misma, ésta duraba 20 minutos exactos, empezando por la cabeza y acabando en la punta de aquel dedo que le había dado acceso al cuarto de baño, no entraré en más detalles por aprecio al lector.
            A continuación, y una vez se hubiese acicalado debidamente, cogía el brick de leche y el sobre de café instantáneo, se sentaba a desayunar una vez que sonaban las señales horarias de ‘y media’ en aquel radio-despertador, normalmente la taza de café, blanca y con el escudo del Madrid en el frontal, iba acompañada de uno o dos pares de galletas María, digo normalmente porque en este punto era en el único en el que nuestro amigo autobusero se permitía un poco de libertad.
            Recogía y limpiaba toda la casa con el mismo ritmo cada día, lo cual significaba que siempre le quedaban dos minutos para lavarse los dientes metódicamente, y esperar otro para poder salir de su casa a ‘menos cuarto’.
Todos los días salía a la misma hora y seguía estos mismos pasos, no dejaba nada al azar, ni las tres vueltas que daba a la llave al cerrar la puerta de su casa (aunque sólo se necesitasen dos para cerrarlo correctamente), ni los 3 toques en la barandilla por piso que bajaba, ni tan siquiera los 2509 pasos que tenía que dar desde la puerta de su portal para llegar a la estación de autobuses, donde se encontraba su forma de vida, a las 6 en punto y, como puedes imaginar, sin un minuto de más ni uno de menos.
¿Y por qué las denomino ‘su’ casa y ‘su’ autobús si tenemos en cuenta que una de ellas es del banco y la otra de la empresa?
¡Porque no vamos a ponernos ahora tiquismiquis con algo que le pasa a medio país, y menos por un piso de 50 metros cuadrados en las afueras, sin aire acondicionado y sin ascensor para llegar a ese octavo piso, ni con ese autobús destartalado, por mucho cariño que ponga en su cuidado su residente temporal!

Mientras todo esto pasaba en la vida de nuestro amigo el autobusero, en el extrarradio del otro lado de la ciudad, dependiendo del día, un chico podía estar volviendo de una fiesta en algún local o de un simple botellón, montado en un autobús nocturno. En el mismo en el que un joven de 23 años, mileurista y viviendo todavía en casa de sus padres, volvía de un duro día de trabajo en ese segundo empleo que no le dejaba tiempo para salir, pero cuya remuneración mantenía vivas las ilusiones de alzar el vuelo y salir del nido, por fin, en un par de años.

Volviendo a nuestro amigo el autobusero, y a su rutina de cada día, decir que, desde que empezaba su turno hasta que terminaba se dedicaba en cuerpo y alma a su trabajo, sin concederse ninguna distracción pero atendiendo a cada pasajero como si fuera el único, y hablando con aquel entrañable anciano durante 14 paradas, a las 9 y a las 16 horas, tan exactas que parecía haberlas planificado nuestro amigo.

Por casualidades del destino, o por azares de la vida, aquel joven mileurista consiguió un trabajo en ese otro extremo de la ciudad, bien pagado y con bastantes expectativas de poder ir a mejor, lo único malo era la situación, hora y media en tren y entre cuarto de hora y 30 minutos en autobús, ya puedes imaginar en qué autobús…
Y es que él quería independizarse, pero esa palabra conllevaba demasiados obstáculos a superar. No consiste solamente en irte de casa de tus padres y vivir en un cuchitril (como normalmente se hace) más bien es, como muy correctamente dice la propia palabra, no depender de ellos. Y eso no es lo más complicado, intentaré explicarlo brevemente: el transporte has de pagártelo de tu bolsillo, ya sea público ya sea privado, y este último, entre el dinero que cuesta conseguirlo y mantenerlo luego… mejor ir en bici; luego está lo de la casa, no es sólo irte, sino no volver cada día a que te limpien la ropa, te la planchen, etc.; ni volver a por la comida de tu madre, una o dos veces a la semana vale, ¿¡pero 30!?, ¡qué no hay tantas comidas!; y luego están los que viven en otra casa pero que parece que están de vacaciones permanentes, como si estuvieran tirados en esos cruceros en los que te ponen una pulserita y te crees el rey del mundo porque te sale todo ‘gratis’, valientes gilipollas…
Seguramente me habré dejado bastantes temas que tocar, pero creo haber tratado los suficientes como para que puedas hacerte una idea del significado ‘real’ de independizarse.
El caso es que nuestro nuevo y joven amigo aceptó el trabajo, como era de esperar, y lo convirtió en su única ocupación, pudiendo así ver un poco más a sus amigos y haciendo felices a sus padres, ya que ahora, con este nuevo empleo, por lo menos le veían entrar en casa a unas horas más o menos decentes, y no tenían que ajustarse tanto el cinturón para llegar a fin de mes.

No se podía decir lo mismo de aquel adolescente que iba dando tumbos durante el camino de vuelta a casa, siempre buscaba un momento para pasar por allí, pero no lo hacía con tanta frecuencia como su conciencia le indicaba que lo hiciera. Y es que su padre ya casi no se acordaba de él, como de tantas otras cosas, y cada día que pasaba su memoria decaía un poco más. No era por la bebida, tampoco por la melancolía y nostalgia que se habían adueñado de su corazón, era por las medicinas, esas drogas que le hacía tomarse el médico para que pudiera seguir viviendo, por lo menos, un año más.
Sobrevivir a un tumor cerebral puede considerarse un acto divino, siempre y cuando recuperes las facultades básicas, pero también puede llegar a ser una putada si cada año te dicen que te quedan solamente doce meses más de vida y, en el camino, vas olvidándote de todo y empezando a recordar cosas que nunca pasaron. Además el sufrimiento va en aumento día tras día, sin poder evitarlo de ninguna manera.
Su padre no quería verle ni en pintura, por eso cada vez que notaba su presencia, y aunque durante estas apariciones esporádicas por casa se encargaba de él mejor que cualquier enfermera que le mandaba el estado, le echaba la bronca, no por no pasar más a menudo, sino por seguir acordándose de él.
Según su padre, tenía que seguir adelante con su vida y olvidarse de su persona, y de todo lo que le recordase a él, para así no hundirse una vez que se acabase todo, para poder dejar el sufrimiento a un lado más fácilmente, sin conservar ningún recuerdo de ese pasado turbio y, por lo tanto, sin remordimiento alguno, para que él, un día, cuanto antes, pudiese vislumbrar aquel futuro claro y sin preocupaciones que tanto ansiaba su padre.
Al cabo de unas pocas semanas llegó el momento, todo ocurrió muy rápido, una noche, de las pocas en las que dormía en casa, su padre empezó a llamarle insistentemente pidiéndole un vaso de agua, cuando éste estuvo allí, de pie, a su lado, con el vaso en la mano, su padre le cogió la otra con fuerza y, simplemente, dejó de respirar, sin esperpénticas muecas ni movimientos exagerados, pero produciendo el mismo efecto, la caída del vaso de la mano del chico y su posterior rotura contra el suelo, derramando todo su contenido.
Liberó la otra mano de la de su padre antes de que se produjera el rigor mortis y tuviese que llevar a cabo la separación a la fuerza, en cuanto esto tuvo lugar nuestro amigo notó que había un trozo de papel arrugado dentro de su mano. Abrió y cerró tan rápido éste que parecía difícil que pudiese haber leído algo, aun así hizo solamente una cosa, coger sus cosas e irse, no sin antes pasar por comisaría para informar de la muerte de su padre, lo que no esperaba era tener que aguantar todas aquellas preguntas estúpidas, que parecen ser lo habitual en situaciones como ésta: qué si sabía de alguien que quisiera matarle, qué si no habría sido él (esta pregunta venía acompañada de una sonrisa de aquel gilipollas que quería hacerse el gracioso porque no soportaba los momentos tensos), qué si había considerado la posibilidad de…, qué si…, qué si…
Una vez realizado este absurdo trámite cogió el primer tren que pasaba por la estación y se hundió en el asiento.

jueves, 6 de marzo de 2014

No había sido un mal día, por la mañana me encontré contigo en la facultad, a la hora de comer conseguí intercambiar un “Hola”, y por la tarde… ¡qué tarde!

Cuando salí de clase, solo, como siempre, me dirigí a la estación, pensando en mis cosas, pensando en qué podía decir para llamar tu atención, en qué palabras podía plasmar en mi cuaderno para enseñártelas a la mañana siguiente, o cuando quisiera el destino alegrarme el corazón y que, aunque sólo fuese para criticarlo, me dirigieses la palabra otra vez, y me mirases con esos ojos, tan verdes y tan vivos.

En el camino no veía más allá de mis pies y no oía más allá de la música en mis cascos, siguiendo estrictamente el sendero que llevaba a la estación, para no distraerme con posibles encuentros casuales, de esos vacuos y sin sentido, y así llegar con mis pensamientos aún intactos y ordenados.

Pero en cuanto puse un pie en el andén todo ese orden se fue al traste, ahí estabas tú, sentada en el banco, esperando que pasasen los 4 minutos que ponía en el panel digital que iba a tardar el tren en llegar. Pasé a tu lado y te miré tímidamente, me sonreíste y eso hizo que el poco orden que aún conservaba en mi cerebro se esfumase como el humo.

Como ese maldito humo que me hizo toser antes de poder abrir la boca para intentar iniciar algún tipo de conversación, pero que hizo que te rieras y que esa conversación tuviera un tema del que tratar.

El trayecto me pareció más corto que todas las demás veces juntas y casi me salto mi parada, aunque no me habría importado, ya que tus palabras todavía retumban en mi cabeza, esas palabras que decías mientras se empezaban a cerrar las puertas: -“Quedamos mañana, si quieres, a no ser que no llegues a casa hoy”- a lo que siguió esa risa tan tuya, tan estridente, que me gustaba más que cualquiera otra, esa risa que llamaba la atención de todos y que, a mi parecer, tenía ritmo.

Todos estos pensamientos que he conseguido ordenar los voy plasmando en mi cuaderno, para que me digas que soy un nostálgico, un soñador… y así poder ver una sonrisa en tu cara, una expresión de felicidad en tus ojos… poder oír tu risa un poco más cuando te empiece a contar otros recuerdos, recuerdos alegres de mi niñez, el único momento de mi vida, hasta ahora, en que fui feliz de verdad.

Hasta hace pocas semanas sentía que no había hecho nada de provecho, que necesitaba explotar de alguna manera, salir de mi cáscara y gritar al viento que yo he hecho algo importante en esta vida, aunque sólo sea el haberte conocido, el haberte hecho feliz durante unos mínimos instantes de tu vida.

Y ahora estoy aquí tirado, en medio de la nada, ubicado, aproximadamente, a mitad de camino entre mi imaginación y tu sonrisa, con algunas piedras molestándome en la espalda, pero que no tienen mucha importancia mientras consiga inspirarme gracias a ti, y a este cielo estrellado, que me agradaba la vista y me la fastidiaba a la vez, porque escribir con una luz tan tenue era más difícil de lo que me había imaginado.

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De repente sonó mi teléfono, devolviéndome a la realidad, era mi madre, que quería saber dónde estaba y porqué no volvía a casa ya.

Entonces oí un estruendo tal que me impedía seguir escuchando a mi madre, cuando giré la cabeza no vi nada, no porque estuviese oscuro sino porque había una luz que me cegaba por completo, la cual me obligó a desviar la mirada. Mis ojos se posaron en el suelo y, hasta que no se volvieron a acostumbrar a la oscuridad, no conseguí darme cuenta de que aquellas piedras que me estuvieron fastidiando la espalda eran, en realidad, vías de tren.

Es en momentos como éste cuando uno se supone que ve pasar su vida en diapositivas delante de sus ojos, pero a mí sólo se me apareció tu cara, una y otra vez, no sabría explicar porqué, te había conocido hoy pero ya estabas más arraigada en mis recuerdos que cualquier otra persona, que cualquier otro lugar, que cualquier otro hecho digno de ser recordado.

Y ahora que estás aquí, que has leído aquel fragmento de mis pensamientos anotados en una hoja, no dices nada, ¿qué te pasa?, ¿por qué simplemente me acaricias la cara?

Entonces te pones a llorar y no entiendo nada, todo empieza a difuminarse, grito pero ya nadie puede escucharme, todo lo dicho te ha llegado a lo más profundo de tu corazón, o por lo menos eso es lo que consigo descifrar de tus palabras dichas entre llantos con el poco entendimiento que aún me queda.

Mis manos empiezan a perder la poca fuerza que tenían y se desprenden de tu mano, de tu cálida mano…

Ahora empiezo a tener frío e intento levantarme, sin éxito…

Ya no siento nada, mis párpados empiezan a pesar demasiado, pero todavía puedo ver tu cara, esa cara que consiguió adueñarse de mis pensamientos, de mis recuerdos… de mi corazón…

Todavía con la inconsciencia cerniéndose sobre mí siento que tú estás a mi lado, siento tu dolor, tu desesperación… ¿Tanto había calado un pobre chico como yo en ti? ¿Qué había hecho? ¿Cómo? Las preguntas me venían como un torrente, mis fuerzas ya me abandonan por completo y las respuestas no llegan a través de ninguna vía.

Pero, de todas maneras, sé que siempre estarás a mi lado. Tú, sólo tú.