Mientras todo esto acontecía en ese lado de la ciudad, en el otro, nuestro autobusero intentaba acomodarse a tener un nuevo pasajero durante tantas paradas, su saludo jovial y entusiasta le hacía creer en su existencia para otro tipo de personas, además de para aquel anciano, de tal manera que le desconcertaba y le rompía su conducta rutinaria, seriedad en el conducir y amabilidad en el trato con todos y cada uno de sus pasajeros durante el breve instante en el cual éstos le hacían caso. Y es que ya no se podía quitar de la cabeza ese saludo, que se producía tanto en la ida como en la vuelta, durante todo el trayecto.
Nuestro
joven amigo se encontraba tan contento a causa de su nuevo empleo. Todo iba
viento en popa, aquel trabajo en una empresa de publicidad emergente le ayudaba
a forjarse como diseñador gráfico, y es que aquellos otros empleos de
ilustrador de libros de texto y ayudante del restaurador en el museo de
historia natural no eran exactamente su vocación, su sueño, pero eso de ser
escenógrafo en las películas de Hollywood quedaba todavía bastante lejos.
Esa
felicidad se reflejaba en todos sus actos, hasta en los más insignificantes,
como ese saludo y la posterior despedida del autobusero. Esta forma de ser
llamaba la atención a casi todas las mujeres que trabajaban en la empresa, le
hacía ser deseado por un gran número de ellas y, a su vez, ser envidiado, e
incluso odiado, por la mayoría de los hombres.
Pero
esta actitud de sus compañeros y compañeras no afectaba en absoluto a su
dedicación, él seguía con esa sonrisa permanente y ese halo de felicidad,
cualidades que desconcertaban a conocidos y a extraños, también a aquellos que todavía
se encontraban a medio camino de ser considerados de un tipo u otro.
Sentimientos
totalmente contrarios a los que recorrían la mente del otro muchacho, todavía
hundido en el asiento, dirigiéndose a ningún sitio. Su conciencia le reconcomía
por haber dejado así a su padre, solo, -“¿pero
no era eso lo que él había querido?, entonces, ¿por qué preocuparse?”- Aún
diciéndose esto una y otra vez no podía sacárselo de la cabeza. Se hundió un
poco más en el asiento para ver si al dormir un poco se le aclaraban las ideas.
Esto
mismo estuvo intentando conseguir nuestro amigo autobusero y, ahora, por fin,
tenía una conclusión: -“Aquel joven era
así y hacía esas cosas porque tenía ‘algo’
que le hacía feliz en ese momento, ‘algo
nuevo’, pero, en cuanto pasase un tiempo, se volvería igual de rutinario
que todos los demás pasajeros, así que bastaba con esperar el tiempo
suficiente, el que fuera directamente proporcional a la felicidad que le proporcionase
ese ‘algo’.”-
En
cuestión de espera él sabía bastante, todavía seguía esperando a que volviese
su amada, y a que le tocase la lotería.
-“Pero, ¿y si no era
así?, ¿y si seguía igual de feliz durante más tiempo del establecido? Eso
querría decir que hay ‘algo’ ahí
fuera para cada uno que hace que la vida tenga sentido y sea diferente cada
hora de cada día, entonces… ¿habría que salir a buscarlo o con esperar sentado
valía?”-
El
saludo jovial y entusiasta de aquel joven que copaba sus pensamientos le sacó
de ellos, pero le hizo entrar en una profunda reflexión que no cesó hasta el
día siguiente.
El
día amaneció soleado y caluroso como pocos, así que nuestro amigo decidió andar
unas cuantas calles, saltarse unas cuantas paradas, para notar el cosquilleo de
los rayos del sol en su cara. Cinco paradas más adelante se encontró con una compañera,
que tendría, calculando a ojo, su misma edad, intentando arrancar su moto. Fue
hacia ella y la saludó, ella se sobresaltó de tal manera que casi le suelta un guantazo,
al volver la cabeza vio la cara del chico nuevo, de ese chico con el que había
soñado un par de veces desde su llegada a la empresa.
Al
ver que ella se ruborizaba de una manera un tanto embarazosa no tuvo más
remedio que soltar una de esas bromas malas que se suelen decir para salir del
paso: -“Se ve que a tu moto, con el calor,
tampoco le apetece mucho trabajar…”- Risa nerviosa y complaciente de ambos, seguida
de un par de besos de cortesía y una preocupación desinteresada por el estado
del otro. En esas estaban cuando vieron un autobús, al que se subieron para
poder llegar a tiempo al trabajo, no era el autobús de nuestro amigo, pero era
un autobús al fin y al cabo.
La
vida de esta chica no era ni extravagante ni tremebunda, no tenía siquiera un
mínimo de interés para el resto del mundo, pero aun así tenía ‘algo’, ese ‘algo’ que convierte una vida vacía en una historia decente.
Había
sido una buena estudiante desde pequeñita y lo seguía demostrando todavía en su
último año de Telecomunicaciones, carrera a la que asistía en el turno de
noche, como hizo durante el Bachillerato, debido al deseo expreso de sus padres
de que su única hija siguiera adelante con el negocio familiar, una peluquería.
Así
que ella trabajaba en la peluquería por las tardes y asistía a clase por las
noches, dejando las mañanas libres para estudiar y, en casos excepcionales,
atender la peluquería, ayudando a sus padres a no perder a los viejos clientes,
viejos en ambos sentidos de la palabra. Aunque, ahora, con las prácticas en la
empresa, la peluquería estaba quedando en segundo plano, hecho que cabreaba
mucho a su padre, el cual decidió ignorarla sin más. Era su madre la que tenía
que apoyarla, pero lo hacía sólo a veces, ya que en el caso de que su hija
trabajase en otro sitio tendrían que vender la peluquería, ese pequeño trozo de
historia familiar, ese local que tan gratos recuerdos albergaba en su interior…
-“¡Es el sitio donde nos conocimos!”- clamaba
su madre –“¡y donde se conocieron tus
abuelos!”- puntualizaba su padre.
-“¿Acaso querían seguir con esa horrible (vamos
a llamarla tradición familiar) generación
tras generación?”- se preguntaba para sus adentros, con tanta convicción
que parecía que iba a formularla con sólo pasarse ésta por su mente, pero con
el inconveniente de que era ella misma la que se lo impedía, por temor a una
respuesta rotundamente afirmativa y, por lo tanto, a que sus sueños, ese deseo
de vivir una vida totalmente diferente a la de sus padres, esas ansías de poder
elegir su siguiente paso… se esfumasen -“¿simplemente
esperar a que aparezca alguien, sin esforzarse, sin arriesgarse?”- era otra
pregunta que se hacía frecuentemente y, a la cual, igual que a la anterior,
prefería no obtener respuesta. Hasta ese momento, pensó que en él podía
encontrarla, parecía tan feliz…
En
esas estaban cuando entraron en el edificio, fue entonces cuando sintieron esas
miradas frías, llenas de odio y envidia, que les borraron a ambos la sonrisa de
sus caras y el sentimiento de felicidad de sus mentes, sustituyéndolos por una
mezcla de vergüenza y confusión.
Con
ese mismo sentimiento de confusión se acababa de levantar, estrepitosamente,
nuestro amigo de menor edad, debido al sueño que había tenido, imágenes
intermitentes de su madre y recuerdos de su niñez, cuando todavía eran una
familia. –“Pero fue ella la que se marchó
a América, dejándole ahí, solo con su padre, cuando éste estaba en el inicio de
su enfermedad, simples jaquecas que más tarde derivaron en ese maldito tumor
cerebral.”-
Se
hallaba confuso, no sabía que debía hacer, llamar a su madre, intentar retomar
el contacto, o seguir con su vida, solo…
-“¿Pero dónde?, ¿dónde se dirigía aquel tren?”-
Prestó un poco de atención a la voz de megafonía, a esa voz que no llegaba a
comprender, pero que vocalizó bastante bien aquellas últimas palabras, como si
se dirigiese a él: -“Fin de trayecto.”-
En
aquel sentimiento de confusión también estaba metida la mente de nuestro amigo
el autobusero mientras seguía su ruta. Ahora que se había empezado a hacer
preguntas acerca de si su actitud pasiva ante la vida era una forma correcta de
afrontarla, justo en ese instante, aquel joven desaparece de su rutina. Le estaba
provocando un estado de turbación tal que casi se olvida de que estaba llegando
al final de su trayecto.
-“Fin del
trayecto.”- eran las palabras que resonaban en la cabeza de nuestro joven
amigo mientras seguía ahí parado, en el umbral de la puerta, con todas esas
miradas acusadoras dirigidas a él, y a su compañera. Fin de ese camino dorado,
tanto que parecía un sueño, y que ahora se convertiría en pesadilla, o peor
aún, se desvanecería por completo en el aire, como si volviese a tener que
levantarse de la cama para cumplir aquellos tortuosos horarios en sendos
trabajos faltos de interés.
-“¿Pero, por qué?, ¡no hemos hecho nada!, ¿o
es que acaso un par de compañeros de trabajo no pueden llegar, juntos y
felices, a sus puestos?”- se decía mientras todos los ojos mantenían el
blanco fijado en ellos.
Entonces
cogió la mano de su compañera y atravesó la oficina, sin mirar a los lados y
olvidándose de todas esas miradas que se le clavaban en la nuca. En cuanto cada
uno estuvo sentado en su sitio todos volvieron al trabajo, como si nada de lo
ocurrido con anterioridad hubiese tenido lugar. -“Que extraño…”- pensó nuestro amigo.
Ella
se sentía rara, como si en ese corto trayecto, en el que iba mirando a todos a
los ojos y veía esa mezcla de sorpresa y furia en sus caras, se hubiese evadido
de su cuerpo, no sintió nada entonces y, ahora, una vez que estaba resguardada
en su escritorio, en frente de su ordenador y rodeada de sus recuerdos, todas
esas sensaciones acumuladas cayeron como un torrente sobre ella: vergüenza,
soberbia, confusión, dolor, mareo, felicidad, éxtasis… amor. –“Que extraño…”- pensaba mientras se
ruborizaba al darse cuenta de que él la miraba.
Lo
más extraño de todo el viaje era ese sitio, una parada en medio de una gran
explanada, por no decir en medio de la nada, y un cartel que debía contener el
nombre de aquel… ¿sitio?, partido por la mitad, en el cual sólo se llegaban a
distinguir un conjunto de letras que no eran de gran ayuda: ‘LA |’, ese palo final podía ser
cualquier cosa, aunque una vez te acercabas a él se podían distinguir un par de
protuberancias en la parte superior, con lo cual la búsqueda se reducía a una ‘P’, una ‘R’ y una ‘F’.
Sumido
como estaba en sus pensamientos no se dio cuenta de que una chica le observaba
desde el final del andén, la cual seguramente estaría pensando algo así como: -“¡Qué tío tan raro!”- Y es que mirar de
cerca un cartel roto, como si fueses a reconstruirlo a partir de la nada, es
para pensar: “Qué extraño…”
