domingo, 27 de abril de 2014

Entre la Nada y el Nunca [Dirigiendo...]


           Definitivamente estaba nervioso, no había duda, las manos le empezaban a sudar y le caían goterones por la frente, su gran excusa era el calor que hacía, y es que aun siendo de noche el calor era sofocante, la luna parecía irradiar tanto o más calor que el sol, ¿o era sólo una sensación producida por aquella chica?
Aunque su problema principal era llegar a algún sitio antes de que ‘los otros fluidos’ se apoderasen totalmente de su vejiga. Por fin llegaron a la casa, se parecía a aquella casita rural donde él y sus padres, juntos aún, pasaron las primeras vacaciones que él podía recordar, eso le tranquilizó.

No se tranquilizó hasta que llegaron a la casa, todo el camino lo habían hecho en silencio, seguramente pensando cada uno en sus cosas.
Sylvana estaba preocupada por si estaba su abuelo, y por lo que podía pensar aquel chico cuando viese su casa, -“¿y si se reía? Venía de la ciudad, no era descabellado pensar que quisiera todas las comodidades.”- pero al llegar vio una sonrisa en su cara, una sonrisa de verdad, de esas de felicidad, no era de condescendencia ni por asomo, y ella sabía de lo que hablaba. Más de una vez había tenido que fingir una mueca de felicidad, y es que aunque sus padres pensasen que no se enteraba de nada, las discusiones que mantenían cada sábado por la mañana se oían incluso desde la casa del vecino.

Mientras tanto Manu no pensaba en nada, estaba sumergido en sus recuerdos, y en la cada vez más urgente necesidad de entrar al baño de la casa.

Salió de casa y se fue a por la moto, necesitaba despejarse, cuando intentó arrancarla se acordó de que no funcionaba, estaba tan ensimismada en sus pensamientos…
No sabía qué hacer, pero necesitaba alejarse por unos instantes de su casa, así que cogió el autobús y se bajó en cuanto vio un chino abierto, allí compró un cartón de sangría y un par de tarrinas de helado de chocolate.
-“Sí, estoy deprimida.”- parecía decirle mentalmente a aquel dependiente asiático que la observaba inquisitivamente mientras pagaba, y con esa frase en la mente se quedó dormida en el sofá, sin abrir siquiera nada de lo que había comprado.

A la mañana siguiente todo seguía igual, la habitación no se había movido y todo estaba en su sitio, incluso su consciencia.
Había vuelto en sí y todavía recordaba que el día anterior no había ido a trabajar y, seguramente, cuando apareciese el lunes por las cocheras tendría que soportar la primera bronca de su vida.
“¿Qué hacer hasta entonces?, ¿en el bar estarían sus ‘amigos’?”- No sabía que iba a hacer, pero lo primero era ducharse y desayunar, como si de un día cualquiera se tratase, ya pensaría más adelante.

-“¿Qué he de decir luego, cuando haya que hablar de algo que no sea el baño? Lo mejor será descargar primero y pensar después.”- Una vez dado el primer paso prosiguió con el orden y se puso a pensar, pero nada cruzaba su mente más que la sonrisa de Sylvana, su cara, su cuerpo… -“¡Así es imposible pensar, imposible concentrarse!”-
Quería pero no podía, entonces ella le preguntó que si ya se encontraba mejor. –“¿Qué contesto a eso? ¿Sí o no? Si es que sí tendría que salir para hablar de algo, para dar la cara, ¿pero de qué, por qué? Y si es que no podían darse dos situaciones, que me obligase a abrir la puerta para ver qué era lo que me pasaba exactamente, o que simplemente pensase que estaba siendo arisco aun habiéndome acogido en su casa y se despreocupase. No quiero ninguna de las dos.”-
Tardó tanto en contestar que Sylvana se preocupó aún más, lo suficiente como para que se decidiese a abrir la puerta y entrar. –“¡Pero si estaba el pestillo puesto!”- pensó sorprendido Manu, se quedaron mirando como si alguno de los dos hubiese dicho “Te quiero”, pero evitando haber escuchado aquellas palabras y haberlas pronunciado. Ambos prefirieron pensar en sus cosas en aquel instante, Manu todavía debatiéndose entre el sí y el no como respuesta a la pregunta anterior, y Sylvana preguntándose el porqué de esa entrada tan a la desesperada.

Tan desesperada estaba su madre cuando se dio cuenta, al día siguiente, de que la noticia era verdad, que se derrumbó y preciso de atención médica urgente. Ni su padre, ni su abuelo, ni él sabían qué hacer, qué decir.
El silencio cubría toda la casa como un manto de seda, nuestro joven amigo no podía soportarlo, tampoco sabía cómo consolar a su madre, así que se levantó de la silla donde estaba sentado, reflexionando, al igual que sus progenitores, y se dirigió a la salida. Nadie dijo nada.
Necesitaba aire, necesitaba ruido, -“¡qué mejor que un centro comercial!”- pensó, sin más dilación condujo sus pasos hacia el más próximo.

Lo más cerca a la normalidad que podía percibir en el ambiente era el orden que reinaba en su casa, sus pensamientos iban por derroteros totalmente distintos a los que seguirían cualquier otro fin de semana, y sus recuerdos aún estaban un tanto borrosos.
Todos los demás días seguiría su rutina, ir al videoclub, coger un par de películas de terror, una comedia y un drama romántico, así tendría las tardes ocupadas; y por las mañanas simplemente dormir, e intentar terminar aquel puzzle de 5000 piezas sobre un paisaje nevado, una avalancha producida en la ladera de una montaña, con los abetos más cercanos a la cima doblados por la fuerza de la nieve, algunos rotos incluso, y los abetos que se encontraban cerca del valle esperando el fatal desenlace de su desplome, producido por el poder de la naturaleza, todo ello aderezado con un precioso atardecer anaranjado en el horizonte.
Le encantaba ese puzzle, le hacía pensar en que la vida de un ser humano era como la de aquellos abetos, naciendo libres, creciendo con una visión extraordinaria sobre su futuro, dándose cuenta más adelante de que esa espectacularidad se va a quedar allí, lejos, en el horizonte, para siempre, y, al final, convirtiendo en rutina esas preciosas vistas, esos preciosos sueños que siempre se quedan en el otro lado, en la lejanía de ese cielo purpúreo, rosado, anaranjado, amarillento e incluso azulado, haciendo que se anhele el final, para poder ir allá donde se encuentran sus deseos.
Esto le carcomía la cabeza todos los fines de semana, quería ver acabada aquella obra, pero durante los días de trabajo no se lo podía permitir, como buen trabajador que era seguía la máxima: “Los problemas han de dejarse en casa.”
Pero esta vez todo había cambiado, sus pensamientos eran otros, sus acciones habían sido otras, sus sueños eran otros…
Su vida, su rutina, era distinta.

Se sentía distinto, ¿pero distinto a qué?, ¿a todo lo que había sentido previamente?, ¿al dolor, la amargura y la indiferencia que antes le rodeaba?
Siempre quiso tener sentimientos distintos, diferentes a toda esa mierda que le atormentaba desde que sus padres se separaron, y que se acentuaron con la enfermedad de su padre. Pero en esos cambios que esperaba en su vida había una cosa que deseaba mantener siempre, la soledad.
Para él todos aquellos sentimientos, viles y confusos, se debían a la pérdida de la compañía, por eso lo mejor era no poder perder nada ni a nadie, estar solo.

-“Estar sola, ese es mi destino.”- Se levantó con ese pensamiento y siguió con él mientras cogía el autobús que iba a casa de su hermana, necesitaba cariño y sabía que allí era el único sitio en el cual podía sentirse amada.
Cuando llegó y llamó nadie contestó, seguía sola…
-“Siempre estaré sola.”- afirmó rotundamente mientras daba media vuelta.

Una vuelta, nuestro autobusero salió solamente a eso, a despejarse, pero acabó en el parque donde todo había comenzado, ese parque que tantos recuerdos le traía.
Allí vio a aquella chica, de la que todavía estaba enamorado y que nunca más volvió a ver, por primera vez, en ese banco se sentaba a ver pasar a la gente mientras hacía que leía un libro: -“Utopía, de Tomás Moro, qué recuerdos… Esos sueños de un lugar mejor, un país donde la ley es estricta pero justa, donde todos los hombres y mujeres saben lo que tienen que hacer, y lo hacen, donde nadie se aventuraba más allá de lo esperado, porque, ¿para qué iban a hacer tal cosa si dentro de sus fronteras tenían todo lo que necesitaban para vivir?, incluso el oro y las joyas simplemente servían para diferenciar a los esclavos de los hombres libres, y es que tanto materialismo acaba por envilecer a los más nobles. Allí se regían por el pragmatismo, lo que sirve se usa, lo que no, se guarda, tanto para futuras catástrofes como para negociar con aquellos pueblos atrasados. La democracia funcionaba en aquel lugar...”- Además, en ese país nadie le llamaría ‘bicho raro’, ni se burlarían de él por trabajar lo máximo que podía, allí sería uno más, estaría integrado, un sueño que nunca pudo cumplir. Era su sitio, y era el sitio donde vivió feliz.
Ahora todo estaba sucio, el césped ya no era verde, las farolas estaban rotas, y la arena… la arena era pura gravilla mezclada con cristales rotos. Miró hacia donde habían estado los columpios y sólo quedaban los hierros que los soportaban, todo oxidado y sin color; pasó a posar su vista en el tobogán y sólo vio un trozo de latón desgastado.
Todo había cambiado, -“¿tanto tiempo ha pasado?”-

El tiempo parecía no pasar, seguían estando uno enfrente del otro, sin decir nada, sin pestañear siquiera. Parecía que no hacían nada, y que no pensaban hacerlo, pero esto era sólo lo que parecía exteriormente, porque por dentro cada uno de ellos tenía su mente en ebullición, tan ocupadas que no tenían tiempo ni de ordenar sus pensamientos.
Sólo el silbido agudo de la tetera les pudo salvar de seguir así eternamente. Sylvana se fue a la cocina como un rayo, Manu, aún estupefacto, tardó unos cuantos segundos más en ponerse en marcha.
Llegaron a la cocina, Manu se sentó mientras Sylvana servía el té, mientras llevaba las tazas hacia la mesa, Manu se levantó a subir la persiana de la única ventana que había, y un rayo de sol iluminó la mesa como si de un foco se tratase.
-“¿¡Sol!?”- se sorprendió Manu –“¿cuánto tiempo llevo aquí?”-

Similar pregunta rondaba la cabeza de nuestro joven amigo cuando pasó por segunda vez por aquella tienda de juguetes.
“¿He recorrido ya todo el centro comercial? Demasiado rápido…”- se decía mientras sus ojos recorrían todos y cada uno de los juguetes de la tienda. Cada uno le recordaba una parte de su infancia, estaban desde esos peluches de cuando era bebé hasta los últimos videojuegos de su juventud (de los cuales todavía conservaba algunos), pasando por los coches eléctricos, los Lego, los Playmobil, los Meccano y demás marcas comerciales. -“¿Cómo se me han podido pasar todos estos detalles antes?”-

-“¿Cómo no me he fijado antes?”- se preguntaba nuestro amigo autobusero al ver que, justo enfrente suyo, se encontraba aquel viejecito que le daba conversación todos los días, a las misma horas y durante el mismo periodo de tiempo.
Le invitó a sentarse a su lado y este aceptó, se pusieron a hablar de lo mismo que hablaban en el autobús, pero esta vez la conversación sobre lo que veían acabó pronto, el paisaje no cambiaba y a su alrededor todo se veía igual, un simple parque viejo y olvidado.

miércoles, 16 de abril de 2014

Entre la Nada y el Nunca [Avanzando...]


          Hablar, eso era lo que necesitaba, pero no hablar por hablar, necesitaba las palabras justas, las correctas. No podía perder la oportunidad, ahora que estaba tan cerca, por su mierda de vocabulario, tantos insultos e injurias que soltó en el pasado y que le llevaron a joderse la vida, alimentadas por las que pronunciaban sus padres en el transcurso de cualquiera de las 25 discusiones que tenían al día, antes de que se acabase la comunicación por completo entre ellos.
Por eso se limitó a relatar lo que intentaba llevar a cabo: -“A ver si ahora me sale todo seguido.”- empezó, mientras su cabeza le decía: -“Buen comienzo, sigue así.”- además ella hizo amago de reírse, como sin querer interrumpirle, por si se ponía nervioso y volvía a tartamudear, prosiguió: -“Me llamo Manuel, bueno, Manu, sí, eso… ni siquiera sé como he llegado hasta aquí, ni porqué, sólo sé que necesitaba alejarme de la ciudad durante un tiempo, así que cogí el primer tren que vi y…”- se paró en seco, si lo decía era como echárselo en cara, como hacer ver que estaba enfadado con ella por esas palabras pronunciadas con anterioridad acerca de la manera más rápida posible de que desapareciese de aquel lugar, pero no era así, no sabía qué hacer, qué decir… Decidió seguir adelante dejándoselo todo al azar -“…y no tengo pensado volver de momento.”-
-“¡Ya está!”- pensó mientras respiraba hondo, tan hondo que parecía que se quedaba sin aire, igual que la primera vez que habló en público, ese mismo nerviosismo, ese temblor en brazos y piernas que se acentuaba en las manos, y ese sudor frío recorriéndole el espinazo que nadie notaba menos él, no como el sudor que brotaba de su frente y caía al suelo formando un charco, pequeñito pero charco al fin y al cabo, y que su profesora tuvo que secar con un pañuelo antes de empezar por si se resbalaban los demás niños.
-“Esa vez sus nervios sí tenían una explicación, él estaba en 1º de primaria, en la obra de teatro de fin de curso, y tantos ojos mirándole, tantos juzgando las palabras que iba a pronunciar podían ser esa razón; ¿pero ahora?, ahora estaba sólo con ella, nadie más podía haberle escuchado, ningún otro podía juzgar sus palabras, no tenía sentido, a no ser que…”-

No tenía sentido nada de lo que pasaba por su cabeza en esos instantes, no conseguía parar, al contrario, la apretaba aún más contra él, como si fuese a marcharse en cualquier momento, nada descabellado debido a los botes que daba el maldito autobús.

Pero ese momento nunca llegaría, ella quería seguir así para siempre, no quería ni siquiera abrir los ojos, pero los abrió, no se sabe si porque se estaba quedando sin aire o porque quería ver la expresión de su cara. Esa decisión fue la peor que pudo tomar, de reojo vio su moto, esa que dejó a una calle de su apartamento porque no arrancaba, la que dio comienzo a toda esta historia y la que parecía que iba a finalizarla.
Tenía que bajar y no quería.
Entonces se le ocurrió -“¿y si…?”-

-“¡A mala hora se me ocurrió salir de casa!”- Iba dando tumbos; no sentía frío, claro que tampoco es que lo hiciese; no sentía vergüenza por haberse fallado a sí mismo; no sentía, siquiera, un poco de curiosidad por si todo aquello tenía sentido. Solamente sentía algo que no había sentido nunca antes, necesidad. Necesidad de estar acompañado, de hacer algo distinto.

Necesitaba que ella dijera algo, su sonrisa le hacía sentir un nudo en el estómago, un nudo que le hacía estar en una posición un tanto extraña; un nudo en la garganta, éste le impedía pronunciar palabra alguna; y uno en el corazón, que le hacía desesperarse. Mientras Manu sentía todo esto dentro de sí, intentando exteriorizarlo de la manera más discreta posible, ella se limitaba a sonreír.
-“¿Qué pasa? ¿No sabe qué decir? ¿Está sintiendo lo mismo que yo, o siente vergüenza por estar en frente de un gilipollas que no consigue ni expresarse decentemente? ¡Y encima esa sonrisa!, ¿es sólo una sonrisa condescendiente o tiene un tono jocoso?”- pensaba mientras sus ojos recorrían todo su cuerpo, desde esos pies tan pequeñitos hasta ese pelo tan sedoso.

-“¿Qué puedo decir?”- se preguntaba mientras le observaba –“¿Que le enseño el pueblo? ¡Pero si es una mierda de pueblo! Tres o cuatro casas y dos calles, tardaría nada…”- Él, mientras tanto, seguía manteniendo esa extraña posición.

Una vez realizada la pregunta simplemente esperó. Esperaba un ‘no’ como respuesta, pero, de repente y sin avisar, se vio en la puerta de su casa acompañada, como en su sueño. Todo lo demás había transcurrido de otra manera, pero esa parte… ese momento era exactamente igual, ella abriendo la puerta, nerviosa, y él esperando detrás. Ahora venía la pregunta: -“¿Entramos?”-
Ahí se despertaba siempre, justo ahí, como si el destino no quisiese que lo experimentara previamente en sus fantasías y así no pudiese prepararse para un posible encuentro en la realidad.
Así que allí volvía a estar ella, esperando un claro y conciso ‘no’.

-“¡No!”- se decía –“¡no puedes romper tu rutina y salir impune!”- entonces se tropezó y cayó encima de un montón de bolsas de basura –“¿cómo he llegado hasta aquí? ¡Si me hubiese quedado en casa tranquilito nada de esto habría pasado! ¡Soy un mierda! ¡La vida es una mierda!…- seguía despotricando cuando oyó una voz que le preguntaba por su estado, una voz que le era familiar…

-“¡La familia! ¡Pues claro! ¡Cómo no se me había ocurrido antes!”- y es que ese silencio estaba empezando a ser demasiado incómodo, se estaba viendo obligada a decir algo –“Yo vivo aquí con mis abuelos, mis padres se fueron a la ciudad y allí se separaron, y se olvidaron de mí…”- iba trastabillándose con cada palabra según salían de su boca –“¿Por qué le estaba contando todo eso? No tenía sentido, le había parecido mono, incluso sentía un poco de pena por él, pero no era lo más correcto.”- pensaba mientras hablaba. Más por inercia que por curiosidad le preguntó por sus padres.

Había evitado ese tema desde que se separaron, pero ella le había contado todo acerca de los suyos, -“¿qué podía hacer?”- , no le quedaba más remedio que abrirse, y, además, -“¡qué mejor que hacerlo ante alguien que no te puede juzgar por tus actos pasados, que escucha tu historia desde un punto de vista más o menos objetivo!”-
Tras contarle su triste vida se dio cuenta de que esa preciosa sonrisa, la que iluminaba su rostro en todo momento, se había ido esfumando según él avanzaba en su relato, por lo que sólo le quedaba una opción, cambiar de tema lo más rápido que su cerebro le permitiese y, a ser posible, con un chascarrillo de por medio.
No se le ocurría nada gracioso que decir, sus pensamientos no fluían tan rápido como él deseaba, sus ideas no parecían estar dirigidas a encontrar un chiste fácil, se dedicaban a fantasear con aquella chica desnuda, así que, simplemente, preguntó por un baño.

Lo único que él podía hacer para no dejarla totalmente colgada era entrar, pero yendo directamente al baño, para así, en ese espacio íntimo, poder encerrarse y pensar más detenidamente en qué podía decir, qué podía hacer.
-“Si ahora me quedo aquí, en su casa, los dos sabemos lo que pasara, y eso puede joderlo todo. Pero si salgo y la digo que me tengo que ir, cualquier excusa será mala y puedo joderla más todavía. Además está el trabajo, esa es otra…”- todo esto pasaba por la cabeza de nuestro amigo a tal velocidad que no era capaz siquiera de ordenar sus pensamientos, así que decidió no pensar, salir, darla un beso e irse disculpándose de la mejor manera posible: -“Se ha hecho muy tarde, y mañana tenemos que trabajar…”-
Ella se quedó quieta, callada, sin saber qué decir, simplemente pensando en lo tarde que se había hecho, ya eran cerca de las once…

-“¡Vamos! ¡Arriba! ¡Que ya son casi las once, y a estas horas este barrio empieza a ser peligroso para alguien que anda algo perjudicado como tú!”- le decía esa voz familiar.
Siguió su melodía, sin hacer preguntas, ciegamente, confiando en ella de una manera en que no había confiado en nadie antes, ni en su propia madre, que en paz descanse, y que le había criado sola, sin ayuda. Podía ser efecto de la cogorza que llevaba o del reciente cambio que había sufrido su rutina, su vida, pero no lograba explicárselo, y es que no había explicación posible.

Sylvana seguía buscando una explicación, un sentido, al torrente de palabras que habían sido pronunciadas, una tras otra, por aquel chico. Palabras con pausas en sitios estratégicos, como si de un simple cuento inventado se tratase y el narrador esperara a la reacción del receptor en cada una de ellas. Pero no conseguía encontrarle sentido.
Llegó por fin a la petición de un servicio por parte de… Manu, y se empezó a reír, tampoco encontraba una explicación para su risa, pero por lo menos así liberaba tensiones.

Su recurso parecía haber hecho efecto, ese chascarrillo, aun sin serlo, terminó con la tensión que se mascaba en el aire, su sonrisa volvía a aparecer, y sólo con eso él se sentía feliz.
Entonces se dio cuenta de que sí, de que había pasado, aquello que más temía estaba ocurriendo, y lo peor de todo era que no parecía haber remedio alguno…

Ella pensaba que su vida ya no tenía remedio, su historia era así y seguiría siéndolo: conocer a alguien, llevarse bien con él, incluso conseguir llevárselo a la cama, pero, al final, siempre se despedían con una excusa barata.
-“¿¡Qué era tarde!? ¡Pero si era viernes!”- se decía mientras recordaba a todos los hombres que la habían soltado una excusa parecida, esa excusa que se dice sin pensar y que nunca tiene sentido.
Se dio cuenta de que todos los hombres con los que había estado hacían lo mismo, -“¿era un comportamiento general, o simplemente tendría ella tan mala suerte?”- Era una incógnita que debía averiguar más adelante, consultando con una amiga, o no, ya que creía tener una respuesta clara.

-“¿¡Qué si había aclarado su ideas ya, después de un simple vaso de agua!? ¡Si no tenía siquiera claro dónde se encontraba!”- Cerró los ojos por unos instantes y empezó a marearse, por lo que decidió abrirlos y, en cuanto consiguió enfocar decentemente, vio su mesa, esa que utilizaba para todos sus menesteres, para comer, para leer, para dejar su ropa interior…
Recorrió con la mirada el resto de su preciosa casa y se tumbó en la cama, sin más, esperando a que aquellos mareos cesasen y que, al día siguiente, todo volviese a la normalidad, como si de un mal sueño se hubiese tratado.

Podía tratarse de un sueño o de una pesadilla, cada vez se sentía más cerca de ella, más unido a su historia, y a su sonrisa. Por una parte quería que esa sensación se mantuviese igual para siempre, pero por otra, no podría sobrevivir a tan tremendo golpe si la caída se produjese, y no quería que ella sufriese un daño similar al que parecía haber conseguido vencer tiempo atrás.
Ahora sólo quería salir de esa estación, y de aquella situación, lo antes posible. Además, quedarse ahí parado, viendo como se reía de él, estaba empezando a resultar algo embarazoso, y la imagen de un baño, que antes sólo existía como vía de escape, empezaba a apoderarse de su vejiga. –“¿Será por los nervios?”-

-“¡Putos nervios! ¡Puta tensión!”- no conseguía parar de reírse, de soltar esa pequeña carcajada una vez terminada la gran risotada, y volver a empezar. De alguna manera tenía que salir de esa situación y, al ver que Manu se retorcía más exageradamente y extravagantemente a cada segundo que pasaba, se acordó del baño, pero en la estación no había servicio alguno, sólo quedaba su casa, únicamente deseaba que no estuviese su abuelo…

Su abuelo estaba en casa cuando llegó, no vivía muy cerca de la ciudad así que se sorprendió bastante al verlo, fue a abrazarle ya que hacía tiempo que no le veía, últimamente se quedaba en casa cuidando de la abuela. La mala cara que traía no presagiaba nada bueno, y el abrazo inicial de cariño se convirtió en abrazo de consolación.
La situación le hizo olvidarse de todos sus problemas de un plumazo, ya se preocuparía de esa chica del trabajo en otro momento, su abuela estaba mal, siempre lo había estado, pero ahora parecía haber llegado lo peor.
Lo más sensato era ir al hospital, pero su madre se negaba, no quería creerlo, no quería despedirse de su madre porque decía que todavía podía despertar, que no era su hora…

Abrió los ojos, enfocó y vio la hora. No era la hora que él quería que fuese, seguía siendo el mismo día, ese día en el que toda su vida había dado un vuelco, en el que se había desmoronado su rutina, en el que se le habrían nuevos horizontes, nuevas vías de escapada, nuevos caminos por donde poder dirigir su vida…
Esto le dio que pensar: -“¿Y si yo hubiese vivido en otro lugar? Seguramente mi historia hubiese sido muy diferente, no haría falta siquiera que hubiese vivido de otra manera, ni haber hecho cosas que nunca hubiese imaginado hacer, solamente hubiese hecho falta estar en un ambiente diferente, sólo eso…”- se decía mientras sus parpados echaban el cierre lentamente. –“Mañana será otro día.”- fueron las últimas palabras que pasaron por su mente antes de dormirse definitivamente.

domingo, 6 de abril de 2014

Entre la Nada y el Nunca [Retomando...]


Nuestro amigo el autobusero se sentía extrañamente liberado, y es que por una vez no estaba siguiendo su rutina, en vez de irse a casa después de un duro día de trabajo sus pasos le dirigieron a un bar, un bar donde se encontraban todos vestidos igual que él, hecho en el que ni se fijó, simplemente se sentó en la barra y pidió una cerveza, como la piden en las películas esos actores atractivos, con una voz modulada y sintiéndose seguro: -“¡Camarero! ¡Una cerveza fría! Y algo de picar.”- ya que nunca antes había pedido nada de verdad en un bar, sólo entraba si tenía una necesidad imperiosa de ir al baño, y pidiendo un simple vaso de agua para no llamar mucho la atención, a pesar de lo cual los camareros siempre le miraban mal, si le veían. Pero esta vez se hizo notar y al poco tiempo su pedido se encontraba enfrente de él.
Cogió la jarra de cerveza y dejó que el borde tocase sus labios, sintiendo un escalofrío recorriéndole la espalda, permitió que aquel líquido se deslizase por su garganta hasta la última gota, como si de agua se tratase, aliviándole la sed e incrementando su sensación de libertad. Mientras tanto su mente trabajaba intentando encontrar una explicación a la desaparición de aquel joven de su autobús.

En el trabajo todo el día se mantuvo esa calma tensa que te consigue poner los pelos de punta, incluso al término del horario laboral no se movió ni un alma, parecía como si todos estuviesen esperando a que él, o ella, quién sabe, se levantase, para ver si se iban juntos o si todo había sido un simple espejismo.

Un simple espejismo, un sueño demasiado bonito para ser verdad, eso era lo que había sido todo aquello. Entonces, no sabía si por ayudarla o simplemente por joder a todos los demás, dijo: -“Lo mejor será irse como si nada, mañana seguro que estos cabrones se han olvidado de todo.”- A lo que ella sólo supo responder con una sonrisa.

Una sonrisa, eso es lo que creyó distinguir en la cara de aquella chica que le observaba desde el final del andén, pero no una sonrisa que denotase felicidad, ni unas ganas ahogadas de reírse de que él, el gilipollas que miraba un letrero roto, estuviese intentando descifrar un nombre tan fácil, y tan obvio, como ‘LA ROTA’, esa sonrisa que adornaba su cara era tierna, como si estuviese viendo a un cachorro perdido en medio de la carretera.

Perdido en la autopista de sus pensamientos, y mientras el líquido que ocupaba su jarra empezaba a ser fruto de su imaginación, no se percató de que sus compañeros hablaban de él como si no le hubiesen visto nunca. Cuando sus labios se humedecieron por última vez pidió otra, en la espera empezó a oír una serie de murmullos que le sacaron de su mundo, se acercó al lugar de donde estos procedían y, sin mediar palabra, se sentó en el único asiento que había libre en aquella mesa. Pasaron un rato observándose unos a otros, esperando a que alguno empezase una especie de conversación, por el contrario, se hizo un silencio terriblemente incómodo.

Ese silencio sepulcral les puso la piel de gallina a ambos y, por un acto reflejo o porque lo estaba deseando desde hacia tiempo, cogió fuertemente su brazo y se acercó a él de tal manera que hasta nuestro amigo se sorprendió y aligeró el paso.
Al salir les sobrevino una brisa cálida, ese soplo de aire que ni siquiera refresca pero que disminuye la sensación de calor no se sabe porqué, el cual les sacó inmediatamente de esa sensación de frío y angustia que les recorría todo el cuerpo. Aun así ella seguía pegada a nuestro joven amigo, quien decidió arrimarse todavía más para que ella no levantase de pronto la mirada y enrojeciese, y entonces todo pudiese haber acabado aun no habiendo empezado.

Ella tampoco deseaba ese final así que cerró los ojos y se dejó guiar. Siguió con esa confianza ciega hasta que se detuvieron, entonces, y sólo entonces, empezó a abrir sus ojos, con miedo, primero uno, lo más lento que pudo, como si se tratase de una cría recién nacida que teme saber qué es lo que le rodea. Ese mismo temor reflejaban sus ojos cuando consiguió abrir ambos y su mirada se cruzó con la de él, miedo a conocerse y a lo desconocido.

-“Cruzar la mirada con una desconocida no es lo peor que me podría haber pasado en este inhóspito lugar.”- pensaba nuestro amigo, aún inmóvil delante de aquel cartel. Ella no se movía, no tenía porqué, era él quien debía acercarse y, en su caso, como siempre le había pasado, a resignarse viéndola marchar.
Decidió moverse, preparado para no volver a verla nunca más. Según se acercaba mejor veía sus facciones: esa melena negra, no muy larga, pero sí lo suficiente como para que se moviese de forma cinematográfica con el viento; esos ojos verdes, brillantes, y abiertos de tal manera que parecían expresar sorpresa, o miedo; esa cara, que parecía tener una piel tan suave como el terciopelo; y qué decir del resto del cuerpo, curva infinita tras curva infinita, no se podía expresar con palabras.
 Una vez que estuvo lo suficientemente cerca como para hablar sin necesidad de gritar no conseguía expresar ningún tipo de ruido, la veía tan frágil, no quería entrometerse en la vida de algo tan admirable, no podía llevar a pique aquella belleza de una manera tan repentina.
Entonces fue ella quien movió sus labios, esos labios que, en cuanto hizo un simple ademán por abrirlos, empezaron a tentar de una manera sobrenatural a nuestro amigo, parecía que ese momento no iba a acabar nunca, que no iba a hablar, que sólo movería sus labios para incitarle a decir o hacer cualquier cosa. Ella se limitó a decir “Hola” y sonreír, esperando respuesta.

Esperando respuesta a una pregunta que nadie había hecho empezó a saborear su segunda cerveza, siguió bebiendo hasta que no le quedó nada en la jarra, fue entonces cuando uno de aquellos clones, vestidos de la misma manera, masticando sin cesar esos frutos secos con sal que siempre ponen en los bares para darte sed, y con aquel círculo alrededor del sobaco…, en definitiva, todos ellos hombres adultos que hasta entonces no había hecho más que observar, y hacer ruido al masticar, llamó al camarero y pidió otra ronda de lo que estuviese tomando cada cual. Una vez estuvo el pedido en la mesa, y la sonrisa en la cara de todos y cada uno de aquellos hombres, el mismo, u otro diferente, no podía atestiguarlo con seguridad, preguntó a nuestro autobusero si se conocían de algo, que su cara le resultaba muy familiar.
-“¡Pues claro que nos conocemos!”- soltó con desdén nuestro autobusero, a quien parecía que la última jarra le había afectado bastante, lo que cabría esperar de alguien que no había bebido nunca antes. –“Tú eres el de la línea 5; el de tu derecha el de la 24; este que está aquí a mi lado es el de la 7, ¿o era de la 8?, de dos a seis; el de mi otro flanco es su compañero de cuatro a once; y el que me queda es el de los fines de semana de mi misma línea. Por cierto, ¿qué haces aquí?, ¿hoy no te toca a ti?”- recitó de corrido, sin parar para respirar, como queriendo hacer ver que se podía acordar de todo aun yendo algo perjudicado.

-“Perjudicial para nuestro futuro en esa empresa.”- pensaba nuestro joven amigo, no podía besarla aunque lo estuviera deseando en ese momento más que nada en el mundo.
Un ruido les sacó de ese idilio, era el autobús que se acercaba, cuando se subieron nuestro joven amigo se percató de que el autobusero no era aquel afable gordito que le sonreía desde su asiento todos los días, ¿habrían cogido el anterior o el siguiente?
¡Qué más daba, ahora tenía asuntos más importantes de los que preocuparse!, por ejemplo, ¿qué debía hacer?

-“¿Qué hago?”- se preguntaba a su vez nuestra nueva amiga –“si me insinúo mucho y me rechaza me destrozará; pero si no hago nada y resulta que él si quiere algo pareceré demasiado indecisa. De todas maneras pareceré estúpida”-

-“¡Estúpido!”- se dijo nuestro amigo autobusero –“¿qué cojones me ha pasado?”- Se fue a casa a esperar una reprimenda de su jefe, no había sido un buen día, aunque, viéndolo de otra manera, al menos ahora conocía a alguien con quién tenía una anécdota que compartir, eso que llaman amigos.
Y es que éstos, aunque se quedaron sin palabras tras la retahíla de palabras y números que les había soltado aquel gracioso gordito, que parecía ser ‘ese’ compañero de trabajo, le dijeron que no era fin de semana todavía, que no era el turno de ninguno de ellos pero sí el suyo o, por lo menos, lo había sido.
Además, ahora ya sabían quién era ‘ese’ autobusero del que tanto hablaban, el que no tenía horas libres, excepto las exigidas por la ley; el que nunca antes había pasado por un bar sin beber algo más que agua; el que nunca antes se había relacionado con sus iguales; el que parecía disfrutar con su trabajo, como si hubiese querido serlo desde su más tierna infancia… ¡y qué más divertidas sorpresas podría esconder ‘El Autobusero’! Habían conocido a un famoso, a uno del que, además, podían saber más preguntándole a la cara, sin tapujos, estaban viviendo un sueño.

Parecía estar viviendo un sueño, aquella chica, parada enfrente de él, esperando una respuesta. De repente le vino todo junto a la cabeza: -“Hola… ¿nombre?… parada no tuyo… bueno el tuyo también… si quieres claro… Yo… yo estaba parado porque… porque estoy perdido… me preguntaba si… quería saber…”- tartamudeaba a cada palabra que salía de su boca, no sabía si por su mirada, si por su sonrisa, o por todo ella, lo que si sabía es que no le había pasado nunca antes algo similar.

Ella se rió y, al ver que no iba a seguir con sus intentos de comunicarse, dijo: -“Esto se llama ‘LA ROTA’ y yo soy Sylvana, estás a cuatro horas de Madrid y, si lo que quieres es volver, o esperas a mañana a otro tren o te vas en 10 minutos en autobús, claro que tardarías bastante más e irías más incómodo.”– a esto le siguió una sonrisa, la cual minó aún más las defensas que todavía le podían quedar a nuestro amigo, dejándole sin saber que decir.
Sylvana tampoco sabía por qué había dicho lo que había dicho, parecía que le estaba echando, sin razón alguna, aunque a lo mejor era su instinto, su conciencia, la que le decía: -“Chica de pueblo-Chico de ciudad, acabará mal.”-

-“Acabará mal.”- pensaba nuestro joven amigo mientras acercaba sus labios a los de ella, intentando, a su vez, no ser lanzado por alguno de esos botes que daba el autobús cuando pasaba por alguno de los miles de baches que había en esa jodida carretera, y no alejarse ni acercarse en el momento puntual. –“Pero hay que intentarlo.”- siguió pensando hasta el instante justo en el que ambos sintieron el calor del otro, durante esos segundos ninguno era capaz de pensar en nada.

No conseguía poner sus pensamientos en orden, -“¿cómo había podido romper su rutina de esa manera?, ¿qué consecuencias tendría?”- para obtener una respuesta simplemente tenía que esperar. –“Después del fin de semana ya se sabrá,”- pensaba- “ahora tengo que poner todo en orden para llegar a mañana igual que siempre”- Pero esa no era su rutina de los viernes, -“¿qué hacer al respecto?”- fácil, volver con sus ‘amigos’ para hablar.