Definitivamente estaba nervioso, no había duda, las manos le empezaban a sudar y le caían goterones por la frente, su gran excusa era el calor que hacía, y es que aun siendo de noche el calor era sofocante, la luna parecía irradiar tanto o más calor que el sol, ¿o era sólo una sensación producida por aquella chica?
Aunque
su problema principal era llegar a algún sitio antes de que ‘los otros fluidos’ se apoderasen
totalmente de su vejiga. Por fin llegaron a la casa, se parecía a aquella
casita rural donde él y sus padres, juntos aún, pasaron las primeras vacaciones
que él podía recordar, eso le tranquilizó.
No
se tranquilizó hasta que llegaron a la casa, todo el camino lo habían hecho en
silencio, seguramente pensando cada uno en sus cosas.
Sylvana
estaba preocupada por si estaba su abuelo, y por lo que podía pensar aquel
chico cuando viese su casa, -“¿y si se
reía? Venía de la ciudad, no era descabellado pensar que quisiera todas las
comodidades.”- pero al llegar vio una sonrisa en su cara, una sonrisa de
verdad, de esas de felicidad, no era de condescendencia ni por asomo, y ella
sabía de lo que hablaba. Más de una vez había tenido que fingir una mueca de
felicidad, y es que aunque sus padres pensasen que no se enteraba de nada, las
discusiones que mantenían cada sábado por la mañana se oían incluso desde la
casa del vecino.
Mientras
tanto Manu no pensaba en nada, estaba sumergido en sus recuerdos, y en la cada
vez más urgente necesidad de entrar al baño de la casa.
Salió
de casa y se fue a por la moto, necesitaba despejarse, cuando intentó
arrancarla se acordó de que no funcionaba, estaba tan ensimismada en sus
pensamientos…
No
sabía qué hacer, pero necesitaba alejarse por unos instantes de su casa, así
que cogió el autobús y se bajó en cuanto vio un chino abierto, allí compró un
cartón de sangría y un par de tarrinas de helado de chocolate.
-“Sí, estoy deprimida.”- parecía decirle
mentalmente a aquel dependiente asiático que la observaba inquisitivamente
mientras pagaba, y con esa frase en la mente se quedó dormida en el sofá, sin
abrir siquiera nada de lo que había comprado.
A
la mañana siguiente todo seguía igual, la habitación no se había movido y todo
estaba en su sitio, incluso su consciencia.
Había
vuelto en sí y todavía recordaba que el día anterior no había ido a trabajar y,
seguramente, cuando apareciese el lunes por las cocheras tendría que soportar
la primera bronca de su vida.
–“¿Qué hacer hasta entonces?, ¿en el bar
estarían sus ‘amigos’?”- No
sabía que iba a hacer, pero lo primero era ducharse y desayunar, como si de un
día cualquiera se tratase, ya pensaría más adelante.
-“¿Qué he de decir luego, cuando haya que
hablar de algo que no sea el baño? Lo mejor será descargar primero y pensar
después.”- Una vez dado el primer paso prosiguió con el orden y se puso a
pensar, pero nada cruzaba su mente más que la sonrisa de Sylvana, su cara, su
cuerpo… -“¡Así es imposible pensar,
imposible concentrarse!”-
Quería
pero no podía, entonces ella le preguntó que si ya se encontraba mejor. –“¿Qué contesto a eso? ¿Sí o no? Si es que sí
tendría que salir para hablar de algo, para dar la cara, ¿pero de qué, por qué?
Y si es que no podían darse dos situaciones, que me obligase a abrir la puerta
para ver qué era lo que me pasaba exactamente, o que simplemente pensase que estaba
siendo arisco aun habiéndome acogido en su casa y se despreocupase. No quiero
ninguna de las dos.”-
Tardó
tanto en contestar que Sylvana se preocupó aún más, lo suficiente como para que
se decidiese a abrir la puerta y entrar. –“¡Pero
si estaba el pestillo puesto!”- pensó sorprendido Manu, se quedaron mirando
como si alguno de los dos hubiese dicho “Te
quiero”, pero evitando haber escuchado aquellas palabras y haberlas
pronunciado. Ambos prefirieron pensar en sus cosas en aquel instante, Manu
todavía debatiéndose entre el sí y el no como respuesta a la pregunta anterior,
y Sylvana preguntándose el porqué de esa entrada tan a la desesperada.
Tan
desesperada estaba su madre cuando se dio cuenta, al día siguiente, de que la
noticia era verdad, que se derrumbó y preciso de atención médica urgente. Ni su
padre, ni su abuelo, ni él sabían qué hacer, qué decir.
El
silencio cubría toda la casa como un manto de seda, nuestro joven amigo no
podía soportarlo, tampoco sabía cómo consolar a su madre, así que se levantó de
la silla donde estaba sentado, reflexionando, al igual que sus progenitores, y
se dirigió a la salida. Nadie dijo nada.
Necesitaba
aire, necesitaba ruido, -“¡qué mejor que
un centro comercial!”- pensó, sin más dilación condujo sus pasos hacia el
más próximo.
Lo
más cerca a la normalidad que podía percibir en el ambiente era el orden que
reinaba en su casa, sus pensamientos iban por derroteros totalmente distintos a
los que seguirían cualquier otro fin de semana, y sus recuerdos aún estaban un
tanto borrosos.
Todos
los demás días seguiría su rutina, ir al videoclub, coger un par de películas
de terror, una comedia y un drama romántico, así tendría las tardes ocupadas; y
por las mañanas simplemente dormir, e intentar terminar aquel puzzle de 5000
piezas sobre un paisaje nevado, una avalancha producida en la ladera de una
montaña, con los abetos más cercanos a la cima doblados por la fuerza de la
nieve, algunos rotos incluso, y los abetos que se encontraban cerca del valle
esperando el fatal desenlace de su desplome, producido por el poder de la
naturaleza, todo ello aderezado con un precioso atardecer anaranjado en el
horizonte.
Le
encantaba ese puzzle, le hacía pensar en que la vida de un ser humano era como
la de aquellos abetos, naciendo libres, creciendo con una visión extraordinaria
sobre su futuro, dándose cuenta más adelante de que esa espectacularidad se va
a quedar allí, lejos, en el horizonte, para siempre, y, al final, convirtiendo
en rutina esas preciosas vistas, esos preciosos sueños que siempre se quedan en
el otro lado, en la lejanía de ese cielo purpúreo, rosado, anaranjado,
amarillento e incluso azulado, haciendo que se anhele el final, para poder ir
allá donde se encuentran sus deseos.
Esto
le carcomía la cabeza todos los fines de semana, quería ver acabada aquella
obra, pero durante los días de trabajo no se lo podía permitir, como buen
trabajador que era seguía la máxima: “Los
problemas han de dejarse en casa.”
Pero
esta vez todo había cambiado, sus pensamientos eran otros, sus acciones habían
sido otras, sus sueños eran otros…
Su
vida, su rutina, era distinta.
Se
sentía distinto, ¿pero distinto a qué?, ¿a todo lo que había sentido
previamente?, ¿al dolor, la amargura y la indiferencia que antes le rodeaba?
Siempre
quiso tener sentimientos distintos, diferentes a toda esa mierda que le
atormentaba desde que sus padres se separaron, y que se acentuaron con la
enfermedad de su padre. Pero en esos cambios que esperaba en su vida había una
cosa que deseaba mantener siempre, la soledad.
Para
él todos aquellos sentimientos, viles y confusos, se debían a la pérdida de la
compañía, por eso lo mejor era no poder perder nada ni a nadie, estar solo.
-“Estar sola, ese es mi destino.”- Se
levantó con ese pensamiento y siguió con él mientras cogía el autobús que iba a
casa de su hermana, necesitaba cariño y sabía que allí era el único sitio en el
cual podía sentirse amada.
Cuando
llegó y llamó nadie contestó, seguía sola…
-“Siempre estaré sola.”- afirmó
rotundamente mientras daba media vuelta.
Una
vuelta, nuestro autobusero salió solamente a eso, a despejarse, pero acabó en
el parque donde todo había comenzado, ese parque que tantos recuerdos le traía.
Allí
vio a aquella chica, de la que todavía estaba enamorado y que nunca más volvió
a ver, por primera vez, en ese banco se sentaba a ver pasar a la gente mientras
hacía que leía un libro: -“Utopía, de
Tomás Moro, qué recuerdos… Esos sueños de un lugar mejor, un país donde la ley
es estricta pero justa, donde todos los hombres y mujeres saben lo que tienen
que hacer, y lo hacen, donde nadie se aventuraba más allá de lo esperado,
porque, ¿para qué iban a hacer tal cosa si dentro de sus fronteras tenían todo
lo que necesitaban para vivir?, incluso el oro y las joyas simplemente servían
para diferenciar a los esclavos de los hombres libres, y es que tanto
materialismo acaba por envilecer a los más nobles. Allí se regían por el
pragmatismo, lo que sirve se usa, lo que no, se guarda, tanto para futuras catástrofes
como para negociar con aquellos pueblos atrasados. La democracia funcionaba en
aquel lugar...”- Además, en ese país nadie le llamaría ‘bicho raro’, ni se burlarían de él por trabajar lo máximo que
podía, allí sería uno más, estaría integrado, un sueño que nunca pudo cumplir.
Era su sitio, y era el sitio donde vivió feliz.
Ahora
todo estaba sucio, el césped ya no era verde, las farolas estaban rotas, y la
arena… la arena era pura gravilla mezclada con cristales rotos. Miró hacia
donde habían estado los columpios y sólo quedaban los hierros que los
soportaban, todo oxidado y sin color; pasó a posar su vista en el tobogán y
sólo vio un trozo de latón desgastado.
Todo
había cambiado, -“¿tanto tiempo ha
pasado?”-
El
tiempo parecía no pasar, seguían estando uno enfrente del otro, sin decir nada,
sin pestañear siquiera. Parecía que no hacían nada, y que no pensaban hacerlo,
pero esto era sólo lo que parecía exteriormente, porque por dentro cada uno de
ellos tenía su mente en ebullición, tan ocupadas que no tenían tiempo ni de
ordenar sus pensamientos.
Sólo
el silbido agudo de la tetera les pudo salvar de seguir así eternamente.
Sylvana se fue a la cocina como un rayo, Manu, aún estupefacto, tardó unos
cuantos segundos más en ponerse en marcha.
Llegaron
a la cocina, Manu se sentó mientras Sylvana servía el té, mientras llevaba las
tazas hacia la mesa, Manu se levantó a subir la persiana de la única ventana
que había, y un rayo de sol iluminó la mesa como si de un foco se tratase.
-“¿¡Sol!?”- se sorprendió Manu –“¿cuánto tiempo llevo aquí?”-
Similar
pregunta rondaba la cabeza de nuestro joven amigo cuando pasó por segunda vez
por aquella tienda de juguetes.
–“¿He recorrido ya todo el centro comercial?
Demasiado rápido…”- se decía mientras sus ojos recorrían todos y cada uno
de los juguetes de la tienda. Cada uno le recordaba una parte de su infancia,
estaban desde esos peluches de cuando era bebé hasta los últimos videojuegos de
su juventud (de los cuales todavía conservaba algunos), pasando por los coches
eléctricos, los Lego, los Playmobil, los Meccano y demás marcas comerciales. -“¿Cómo se me han podido pasar todos estos
detalles antes?”-
-“¿Cómo no me he fijado antes?”- se
preguntaba nuestro amigo autobusero al ver que, justo enfrente suyo, se
encontraba aquel viejecito que le daba conversación todos los días, a las misma
horas y durante el mismo periodo de tiempo.
Le
invitó a sentarse a su lado y este aceptó, se pusieron a hablar de lo mismo que
hablaban en el autobús, pero esta vez la conversación sobre lo que veían acabó
pronto, el paisaje no cambiaba y a su alrededor todo se veía igual, un simple
parque viejo y olvidado.