martes, 31 de diciembre de 2013

Determinación


-La risa un poco ronca y una barba que siempre pincha, los ojos inquietos y las manos más rápidas del Oeste… 

Esas eran las primeras líneas del libro que siempre me había fascinado, el mismo que ahora se hundía en el agua junto con las posesiones de toda mi familia, las fotos de mis padres, la muñeca de mi hermana... debía deshacerme de todo, y eso hacía, con lágrimas en los ojos y las manos temblorosas, riendo nervioso y con una navaja pinchando mi garganta, sin dejarme respirar con normalidad.

-…todo el pueblo le admiraba pero él no deseaba halagos, cabalgó hacia el horizonte sin mirar atrás.

Esa frase retumbaba en mis oídos mientras me decidía a actuar...


viernes, 27 de diciembre de 2013

Sobran Palabras


-Y no intentes escabullirte, que no te va a servir de nada.- una vez quitado ese peso de encima di media vuelta y me marché, dejándola ahí, con el sándwich a medio acabar, pensativa.
 
Nadie me dijo que fuera tan difícil esperar una respuesta, pasaron un día, dos… y, por fin, al cabo de una semana, tras acabar con mis uñas, apareció en mi puerta, sonriendo, nos miramos, pasaron unos segundos que se me hicieron eternos y, sin decir nada, se abalanzó sobre mí.
 

martes, 24 de diciembre de 2013

Fechas Señaladas. Fechas Lejanas


Nada como pensar en escribir antes de olvidarlo todo, nada como pensar antes de recordarlo todo.
 
Esta frase es la que me atormenta siempre por estas fechas sin más objetivo que el de recordarme que he de olvidar, pero es tan difícil hacerlo, es tan difícil borrar todo cuando las imágenes te bombardean a cada paso, cuando las luces te ciegan a cada parpadeo.

Yo ya no quiero escribir mi carta a los Reyes, ya no quiero esperar ansioso y esperanzado mis regalos por Navidad, pero es lo que te inculcan, lo que te sobre impresionan cada día a cada momento, en cada lugar. Terminas diciendo que quieres esto o lo otro, que no quieres nada pero que lo quieres todo, cuando, en realidad, yo sólo quiero viajar, irme a otros mundos, recorrer mis sueños, volver a ver a mi familia que está allá, abrazar a gente desconocida, besar a tíos, primos, sobrinos que ni sabía que existían. Volver, empezar y terminar.

Todos los que estén lejos lo entenderán, los que están cerca de sus familias, quejándose y lamentándose de que haya venido este o aquel, lo querrán entender, lo desearán.

No es cuestión de volver al origen, sino, más bien, de encontrar el hogar.

Dicho esto, y mientras haya amigos que te hagan sentir como en casa, que se esfuercen en hacerte olvidar, en hacerte recordar, sólo me queda repetir el rutinario deseo, ese que traspasa fronteras y junta corazones por muy lejos que hayan de estar:


¡¡FELIZ NAVIDAD!!



viernes, 20 de diciembre de 2013

Navidades Clandestinas


Todos los días, camino a mi puesto de guardia de seguridad en el centro comercial, pasaba por delante del mismo bar, ese bar que decían que estaba prohibido. “Entrada limitada a clandestinos”, rezaba el cartel que colgaba de la puerta; “Abierto a todos los públicos”, se leía en una pegatina perjudicada puesta a un costado. Todos los compañeros lo desaconsejaban, cuentan que uno entró, a investigar, y no volvió a salir de allí, nadie le ha vuelto a ver, no se sabe nada de él.
                                    
Seguí avanzando, como siempre, fantaseando con entrar, me cambié en los vestuarios, como un día más, tarareando un villancico de esos repetitivos que te martillean la cabeza durante todo el paseo por el centro comercial, y es que era Navidad.
Una vez bien uniformado me dirigí a la rutinaria ronda de segurata solitario, entre caras sonrientes de niños saltarines, enfundados en jerseys de punto de abuelas y sonrosadas caras de calor sofocante, acompañados, de cerca o de lejos, de padres cansados y madres tediosas, la familia entera a veces, con abuelos afanosos por atender a todos los caprichos de los revoltosos nietos.
Sonriendo pasaba entre las jóvenes que se escondían en las grandes superficies del frío de la realidad, y parejas de enamorados recorriendo juntos su primera Navidad. Saludando a tenderos y Papa Nöeles [dos en concreto, uno más semejante al otro, todo hay que decirlo], recorriendo pasillos entre adornos rimbombantes y luces parpadeantes. Así hasta el final del día, hasta la noche rutilante.
Es entonces cuando las despedidas se convierten en meros formalismos, cuando el camino de vuelta a casa se convierte en otra ronda más, la última de cada día, la mejor, la peor.

Pero esta vez, como no, como toda historia que se precie, tiene su giro inesperado. Este camino no fue como siempre, fue como nunca lo pude haber imaginado; una silueta me perseguía, oronda, risa bonachona, sonido de cristales rotos y, de repente, un grito y un golpe sordo, una caída. Me di la vuelta y ahí estaba el Papa Nöel del centro comercial, ¡¡¡ mi Papa Nöel, el de mi centro comercial !!!, totalmente borracho, totalmente feliz. Le ayudé a levantarse, me lo agradeció, en un idioma ininteligible [salvo para barmans y tertulianos habituales, como comprobaría en breves instantes], y es que tenía un corte en la mano, necesitaba ir a algún lado. Como surgido de la nada, de la niebla londinense que cubría a estas horas las calles de Madrid, diez metros calle arriba, el bar prohibido. Entramos, guardando mis celos para otro momento, para otro lugar.

Miré a mí alrededor y pude ver las escenas más extrañas, más dantescas, más celestiales…
Había tres hombres en una mesa, uno de color, dos con barbas pobladas, una cana, otra castaña; uno con la mirada como una bala, fulminante; otro con un verbo de oro, absorbente; y el último entre el humo, se escondía.
Había otro Papa Nöel en la barra, bebiendo como un cerdo, manchándose el traje de lamparones, la barba de espuma de cerveza, y la panza, oscilante, como él, tambaleante; al vernos nos cedió el sitio y se largó, sin pagar pero sin saco, como pago.
Un hombre irrumpió estrepitosamente en el local, vestido únicamente con una corona de Rey encima de un gorro de Papa Nöel, soltando improperios contra las luces resplandecientes de las calles barrocamente decoradas. Le sacaron entre duendes, pajes, renos y camellos, no sé de dónde salieron, no sé qué tenía este ambiente que me embriagaba y me sumergía en una realidad paralela.
Fui al baño, a refrescarme, a despejarme, al salir nada había cambiado, sólo una cosa en la que anteriormente no me había fijado, un Santa en una esquina, únicamente acompañado de una birra y unos polvos blancos sobre la mesa, nieve clandestina, fantasías.

Tenía que salir de allí, no era mi sitio, no era mi tiempo, el Papa Nöel amigo mío me cogió fuertemente del brazo, no me retenía, simplemente me acercó y me habló, no entendí ni una palabra. Mire al barman, sonrisa cómplice, traducción instantánea, quería que le llevase a su casa, que el dirigiese a su morada. Dijo algo antes de salir, a lo que los demás comensales respondieron entre risas, y yo sin enterarme de nada, lo tomé como una despedida, novedosa y disparatada, pero despedida.

Yo andaba soportando su peso, él simplemente cambiaba su paso para dirigirnos en una u otra dirección; pasamos por delante de una iglesia, con su belén y su mendigo, aguantando estoicamente el frío, delante del buey, tras la mula, entre María y José, acurrucado como el niño Jesús; le invitamos a acompañarnos, bueno, le invito Santa, yo seguía sin comprender nada.

Llegamos a una fábrica de juguetes abandonada, en completo silencio, como el trayecto que antes habíamos hecho, sólo cruzando miradas. Allí Santa quemó su traje en una hoguera improvisada dentro de un barril oxidado, juntó envoltorios de regalos rasgados con ansia para cubrirse, para cubrirnos, yo sólo necesitaba ilusiones, pero me abrigué de todas maneras.

Pasaron unos minutos, o unas horas, perdí la noción del tiempo la verdad, y decidí irme a casa, volver a la rutina de mi vida, de mi soledad controlada. Nadie me lo impidió, simplemente sonrieron y dijeron adiós. Me despedí, otra vez sorprendido, otra vez de forma novedosa, pero despedida al fin y al cabo.

Aquí también había tertulianos; un hombre fumando, solo, en calma, mirando hipnotizado como ardía un pequeño árbol navideño; seguí avanzando y, antes de salir, en la esquina más oscura vi a otros dos hombres, vestidos con túnicas harapientas, las caras tapadas con pañuelos, cogiendo algo parecido a arena de un bote de cristal, poniéndolo sobre una cucharilla y calentándolo, lentamente, cuidadosamente, esa era la única luz que iluminaba aquel rincón, para luego pasarlo a otro bote, donde había más polvos, de colores brillantes, seductores.

Me fui, me olvidé, recordé, borré y guardé, volví a esos acontecimientos extraños que recorrían mi cabeza hasta que, por fin, llegué a la esquina en que se había convertido mi casa en esos momentos, el hogar de los desheredados, decorado con cartones de quizás y des(h)echos, y es que este viaje me pareció un sueño que vagabundeaba por mi mente hasta convertirse en pesadilla.



Agradecimientos: @JuanLuisFerrete @fNoir22 @RomyGarcia94 y todos los que participan en los juegos de palabras de @Blakeblues [y a él mismo claro está].
 

martes, 17 de diciembre de 2013

El Último Atardecer


La última alma humana vagaba por las calles desiertas de París, entre sonidos sordos y farolas rotas que no iluminaban la belleza de los edificios. Aun con ese horrible aspecto le parecía la ciudad más hermosa que había visitado nunca.

El sol se escondía tras lo que quedaba en pie del Arco del Triunfo y una silueta la atravesaba para desaparecer. Una perspectiva general de la ciudad derruida, con la Torre Eiffel alicaída, daba fin a la película.

Lo siguiente que se escuchó fueron gritos de desaprobación y abucheos, sólo un par de aplausos contenidos.

No lo entendía, ¡les había enseñado el futuro, el pasado, en el presente!, pero no estaban preparados para asumirlo…
 

           [Foto: Culturizando]

jueves, 12 de diciembre de 2013

Confesión


-Tal vez si hubiera preguntado dónde, detective, ahora ya es tarde. Su empeño en el porqué le ciega.

-¡No me ciega! ... ¡Cierra el pico, cabrón! ¡Contesta!, ¿por qué?- insistía, rojo, lleno de furia.

-¿Sabe que se contradice?

-¡Tú contesta y no tendré que utilizar esto!- me decía mientras dejaba que un puño americano asomase del bolsillo de su chaqueta.

-Me preguntó el quién y se lo dije, yo. Me preguntó el cómo y se lo conté con pelos y señales, incluso le dije que había un octavo que no había encontrado. ¿Pero el porqué…? según el psicólogo era porque mis padres me abandonaron… En realidad, ellos fueron los primeros…
 

domingo, 1 de diciembre de 2013

Tiempo de Espera

Y nada más existió hasta el próximo tren, hasta que, después de mucho esperar, conseguí atisbar algo de optimismo al final del día. Y eso no ocurría muy a menudo, pero esa vez apareció, escondida, recostada en el asiento, inmiscuida en sus pensamientos, abstraída del universo. Pensaba en entrar en su mundo, intentarlo al menos, estuve dudando, tenía miedo, tanto tiempo desentrenado me disuadía.

La maraña de gente que entraba y salía en esa parada la engulló, me la robó.

Me quedé solo, esperando, otra vez…

viernes, 22 de noviembre de 2013

Típico Tópico Espontáneo [Parte Espontánea]


Hasta aquí todo parece ajustarse a la normalidad, más bien a lo típico, y tópico. Por ello he de advertir al ávido lector que, al finalizar de leer estas líneas, todo va a cambiar, todo será espontáneo, más que nada para que no os coja por sorpresa y os deje desorientados.

Espontáneamente saltó una chispa que hizo trizas el palacio presidencial, el cual no era ni blanco, ni del típico color ladrillo, ni siquiera del color de la ‘Casa Rosada’ de Argentina. Era dorada con tonos verdes botella, toda una obra de arte.
  
La chispa de la que hablábamos antes no saltó de los típicos cables pelados que se cortocircuitan, ni de esa típica bomba que se pone en el pilar maestro, fue causada por la combustión espontánea del motor de uno de los coches presidenciales, un extravagante Plymouth Prowler naranja. Como consecuencia el pobre mecánico podría haber sufrido la típica ida de olla de su superior, pero esta parte de la historia no es típica, por lo que no fue así, más que nada porque en esos mismos instantes aquel pobre mecánico estaba ultimando ese coche y no se llegó a dar cuenta de nada.

Fue todo tan espontáneo que incluso el presidente podía haber muerto, y ese mecánico podría haber sido considerado un terrorista por algunos y un salvador por otros, pero resulta que el general no estaba en esos momentos en su despacho, como había estado durante todos y cada uno de los días anteriores, esta vez, y saltándose la típica rutina, estaba en casa del escritor de sus discursos, repasando algunos asuntos oficiales, y otros no tan oficiales…

Los que si cayeron en manos de la muerte, muy a su pesar, fueron sus asesores, además de sus serviciales sirvientes, por lo que desde ese momento estaba solo, con el escritor de sus discursos, lo más importante para un político, pseudo-político en este caso, junto con el carisma y la desvergüenza.

En estos casos, sin nadie en el gobierno, lo más típico es que se dé otro golpe de estado, encabezado por aquella típica chica de barrio, por ejemplo; o un endurecimiento por parte del dictador de turno, con ayuda de su querido escritor… pero, como ya he dicho, esta parte de la historia no tiene nada de normal, es más bien una sucesión de actos inesperados, espontáneos, por eso la última parte, la final, la más importante, la dejo en manos de vuestra desbordante imaginación, de vuestro inmejorable criterio, de vuestro indescriptible razonamiento…

Seguro que todos pensáis en estos momentos que hago esto porque no se me ocurre ningún final decente, y que preferíais la primera parte, donde sólo tenías que leer y decidir si os lo pasáis bien o si era mejor no seguir leyendo.

Para todos aquellos que hayan pensado de esta manera he aquí un final que no hará trabajar demasiado a vuestras neuronas, a todos los demás les recomiendo que se imaginen uno un poco más elaborado.

Y es que yo en estos casos me imagino siempre el típico final de cuento de Disney, porque, ¡para que nos vamos a engañar!, a todos nos gusta ver como los buenos consiguen lo que quieren por su cara bonita, por una serie de casualidades que no se darían en ningún otro instante ni en ningún otro lugar, como si fuera una serie de acciones espontáneas que siempre acaban con el mismo tópico, el típico ‘…fueron felices y comieron perdices.

Así que simplemente me cabe decir:


 THE END