domingo, 11 de mayo de 2014

Entre la Nada y el Nunca [Acabando...]


            Se había olvidado por completo de que el tiempo pasaba, había sido todo tan mágico que no había sido consciente de su alrededor desde que la vio en el andén.
Entonces Sylvana le devolvió a la realidad preguntándole si quería azúcar, a lo que Manu tardó en contestar unos cuantos segundos, bastantes, para ser más exactos cerca de un minuto, por lo que a Sylvana se le escapó una carcajada que no podía controlar más, desde que empezó a hablar con él estuvo a punto de soltarla, no sabía por qué, pero le vino y no podía olvidarse desde entonces.
Fue en ese momento cuando le vino todo junto, con tal fuerza que incluso estuvo a punto de caerse de la silla de toda esa risa acumulada. Manu simplemente se quedó anonadado, sin saber qué hacer, aun si se hubiese caído de la silla se hubiese quedado quieto, sin poder hacer movimiento alguno, algo se lo impedía.

Algo le impedía volver a casa, era como si su mente no quisiera tener el cuerpo encerrado entre cuatro paredes, necesitaba sentir el viento en su cara, oír el bullicio de las calles, ver a gente pasear feliz, ver en sus caras una expresión de despreocupación que ella no podía tener.
Decidió ir a por su moto y, esta vez, arrancó sin problema alguno, ¿por qué?, no lo supo hasta mucho más tarde.

Más tarde, cuando le estaba contando todo lo que le había pasado el día anterior, se dio cuenta, esa voz era la misma que le salvó aquella vez, la que le guió hasta su casa y a la que echó una vez que llegó a ella.
Su reacción a estos recuerdos fue un rápido, pero sincero, “Lo siento”, a lo que aquel viejecito respondió con una simple sonrisa y con un movimiento de su cabeza, indicándole que le siguiese.
Se levantaron sin más, nuestro amigo autobusero no sabía a dónde iba, a dónde le dirigían, pero le siguió sin preguntar nada.

Aquello parecía hacer aún más gracia a Sylvana. Sólo pudo parar para bostezar, y es que no habían dormido, la noche pasó de una forma muy extraña, y demasiado rápida…
Decidió recoger e irse a dormir, mientras tanto Manu seguía sin moverse, no reaccionaba, por lo que Sylvana le preguntó preocupada que si estaba bien. Todavía tardó un poco más en contestar, de sus labios no salió sonido alguno, simplemente hizo una mueca que pretendía ser una sonrisa y se levantó para ayudar a recoger.

Avanzando por el centro comercial recogió un papelito que apareció volando por encima de su cabeza, no supo que significaba el símbolo que vio cuando lo abrió, así que lo desechó en el fondo del bolsillo izquierdo de su pantalón, acto seguido entró en la juguetería que contenía toda su infancia resumida en simples objetos.
En cuanto entró la luz empezó a atenuarse y la oscuridad comenzó a invadirlo todo, todo excepto una esquina, en ese punto se concentraba la luz que desaparecía del resto de la estancia a cada paso que él daba, y que le introducía poco a poco en la tienda.

A esa esquina, donde la vio por primera vez, apoyada en un árbol, leyendo un libro cuyas tapas estaban forradas con papel de periódico, exactamente ahí, le dirigió aquel viejecito.
Llegó a su lado, levantó la cabeza y sólo vio árboles, para cuando volvió la mirada a su costado el viejecito ya había desaparecido. En el tronco del árbol que se encontraba justo enfrente de él apreció una hendidura, un símbolo extraño grabado en la madera, algo parecido a una ‘F’, pero que no llegaba a serlo.
Entonces sintió un aliento en su nuca, se dio la vuelta y… ¡allí estaba aquella chica! (ahora toda una mujer), por quien su vida empezó a ser pura rutina. Antes era un adolescente rebelde, como todos, pero desde que sus ojos se posaron en ella en el parque comenzó a acudir todos los días, a la misma hora, para verla de nuevo, en consecuencia empezó a organizar sus días iguales al día anterior, para no llegar tarde ninguno, así día tras día, siempre haciendo lo mismo.
Conforme fue creciendo fue sustituyendo algunas acciones de su rutina por otras nuevas, básicamente por necesidad, por ejemplo, antes, entre las 5 y las 6 iba a la cocina y merendaba un bollo con un zumo de arándanos, ahora que su madre había fallecido no podía hacerlo, ¡no conseguía averiguar dónde comprar ese delicioso zumo de arándanos!, tampoco podía comerse el bollo relleno de chocolate que tanto le gustaba porque la panadería donde lo hacían había cerrado, y por mucho que digan, los bollos industriales no saben igual… Así que aprovechaba esas horas para echarse una siesta.

-“¡La siesta, ese gran invento!”- era lo que necesitaban ambos, en cuanto ese pensamiento cruzó su mente Manu miró instintivamente a su alrededor, y se dio cuenta de que no había donde, ni un sofá para tumbarse, ni un sillón donde dormir sentado…
No necesitó decir nada, con esa misma mirada se entendieron los dos, sólo había una cama y era más bien pequeña, así que, deseándola simplemente un grato tiempo de sueño, Manu se tumbó encima de su sudadera y colocó su mochila como almohada, dejando a entender indirecta, y directamente, que la cama era para ella, para que durmiese feliz y lo suficientemente bien como para que, al levantarse, le deleitase con una sonrisa.

La sonrisa se le borró de la cara cuando empezó a chispear y su moto dio señales de volver a quedarse quieta, hacía ruidos extraños al acelerar y el motor parecía ir intermitentemente.
En esas estaba cuando levantó la vista y vio, extrañada, que justo delante suyo había un cartel que no había visto antes en ese tramo de carretera, en ninguno de sus anteriores paseos antidepresivos.
Sólo se podía distinguir un ‘LA’ en amarillo fosforescente, todo el resto del cartel estaba roto, o mejor dicho, no estaba. En el suelo había una flecha pintada, como invitándola a seguir, y un símbolo bastante extraño, el cual se asemejaba a una ‘P’, ¿cómo no había visto en anteriores ocasiones todo aquello? La confusión la dominó.

La confusión se hizo fuerte, asimismo, en nuestro amigo el autobusero, al ver que por mucho que la hablase ella no contestaba, sólo mantenía aquella sonrisa, no pestañeaba. Entonces sintió como si una ventana se abriese detrás de él y una corriente de aire frío se le introdujese por el cuello de la camisa, recorriéndole todo el cuerpo, se sintió tan mal que tuvo que apoyarse en el tronco de aquel árbol, y dejarse caer hasta quedar sentado.

Se sentó en el único punto donde aún quedaba luz, además estaba calentito y en esos instantes el aire acondicionado del centro comercial parecía estar puesto a máxima potencia, no sabía qué hacer, en esa esquina no había nada.
Fue entonces cuando cerró los ojos.

Con los ojos cerrados notó una presencia acercándose a él, no había oído la puerta abrirse pero pensó que Sylvana querría un vaso de agua, o algo parecido, sin embargo, dejó de oír los pasos en el momento en el que estos se encontraban a su lado, acto seguido notó como ella se tumbaba, se echaba encima de la sudadera y se acercaba a él.
-“Algo raro pasa aquí…”- pensó Manu, y es que no sentía que su corazón se acelerase, al contrario, se ralentizaba, como si fuese el hombre más tranquilo sobre la faz de la tierra, no sentía tampoco el calor de otra persona, sino que sentía más frío aún, como si todo fuese un sueño y el estar a la intemperie, con la ventana abierta y con el viento moviéndose por la habitación, le recordase que esa fantasía seguiría siendo eso, una simple fantasía.
Para no atormentarse más decidió intentar dormir profundamente y dejar de pensar en ello.

Pensar si seguir o no la estaba volviendo loca, además todavía tenía que saber si la moto aguantaría.
Mientras se decidía se sentó a un costado de la carretera, sintió el frescor de la lluvia en su cara, por su mente pasaron todos sus recuerdos felices y se tranquilizó, pero entonces unos ruidos anómalos le empezaron a martillear la cabeza, cuando consiguió acostumbrar el oído escuchó claramente: -“El amor es cuestión de oportunidad, no sirve de nada encontrar a la persona idónea demasiado temprano, y no es un lastre encontrarla muy tarde, simplemente se encuentra, y cuando esto ocurre, se para el tiempo.”- la voz misteriosa hizo una pausa, como para dar más importancia a lo que iba a decir a continuación, y concluyó –“Tú tuviste esa oportunidad, viste como se paraba el tiempo y, aún así, lo dejaste escapar.”-

Palabras exactas resonaban en la megafonía de aquel centro comercial mientras los fluorescentes parpadeaban como queriendo volver a cumplir su misión. Una vez la iluminación volvió a la tienda, y sus ojos se acostumbraron a ella, asistió atónito a como sus preciados recuerdos, convertidos en juguetes con vida propia, le rodeaban con decisión.

Esa misma parrafada pronunció a su vez aquella mujer, mientras nuestro amigo el autobusero la miraba fijamente, obnubilado, deseando haberse lanzado en el pasado, y dándose cuenta de que ahora ya no podía hacer nada, no podía ni levantarse de su sitio.

Algo raro pasaba con nuestro joven amigo, tampoco podía levantarse, aunque para él la situación era algo diferente, él no había tenido tiempo para dejar escapar la oportunidad, si esto hubiese ocurrido ahora no estaría durmiendo en la casa de aquella chica, estaría en el camino de vuelta a casa.
Aun así oyó el mismo discurso retumbar en su interior, pero con un final algo diferente: -“No suelo pronunciar estas dos palabras, de hecho lo hago ahora excepcionalmente y porque reconozco mi parte de culpa: ‘Lo siento’. Debes saber que tu destino te dirigió hasta mis brazos y ni yo puedo luchar contra él, no es que quiera justificarme, ni mucho menos, pero el destino es muy caprichoso y siempre hace lo que le apetece. Se esconde bien, no sabemos nunca donde está hasta que ya es demasiado tarde.”-
Estas palabras desconcertaron en gran medida a Manu, intentó buscarles un sentido pero no consiguió nada, llegó a la conclusión de que se trataba simplemente de un sueño y, por lo tanto, nada por lo que preocuparse.
Al dar media vuelta para acomodarse y seguir durmiendo vio un bulto a su lado, ¡no se acordaba de que Sylvana seguía allí!, una sonrisa se dibujó en sus labios y pensó que, dado que había tenido un sueño acerca de amores perdidos por no tomar riesgos suficientes, ¿qué podía perder si la abrazaba, una oportunidad?, minucias comparado con lo que podía ganar si le aceptaba.
Decidido procedió a ejecutar su plan, pero, en cuanto posó su mano encima de ella, aquel exquisito cuerpo, con el que había soñado incluso despierto, se desvaneció por completo, dejando en su lugar un rastro de polvo. 
Aquellas palabras resonaban en su cabeza: -“Lo siento.”-

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