martes, 3 de junio de 2014

Entre la Nada y el Nunca [Fin]


Hubo un momento de confusión entre gritos, desvaríos e incoherencias que no llegaba a comprender, hasta que cada uno de ellos empezó a despedirse, como si supieran que un instante después todos desaparecerían sin más.
Cuando se desvanecieron, y una vez recuperé el aliento, me di cuenta de que mientras había estado oyendo aquellas voces había estado durmiendo en una fábrica, ya amanecía, los rayos de sol se abrían paso a través de las ventanas rotas que se encontraban en lo alto y me iluminaban la cara, creo que por eso me desperté.
Una vez limpié de legañas mis ojos con saliva me encontré sentado en una caja de cartón, a mi alrededor vi cuatro sillas dispuestas en círculo, el suelo estaba cubierto de escombros y, rodeando las sillas, arena. Esta misma arena estaba esparcida por encima de las sillas, pero en cuanto me acerqué a una de ellas para averiguar de qué se trataba exactamente mi instinto me empujó brucamente hacia atrás, y es que ese polvo, más que arena, parecía ceniza.
Aun estando todo aparentemente aislado, gracias a las paredes gruesas de hormigón que sostenían a duras penas el techo, se levantó un viento que se llevó aquellas cenizas, y las sillas sobre las que descansaban, sin gran esfuerzo.
Me fui corriendo, me dije a mí mismo que no volvería a entrar en ningún sitio parecido, que era mejor dormir en la calle, al aire libre, donde mi mente no pudiese jugarme tan malas pasadas.
Recién ahora, tras tres años de haber sobrevivido por las calles de Madrid, volvieron a mí otras personas, otras historias, todas con un recuerdo en común, con el símbolo de una ‘R’ a medias apareciéndose en algún punto de su relato.
Entonces lo recordé, en aquella fábrica abandonada vi un símbolo en la entrada, un símbolo al que no hice mucho caso en su momento pero que ahora, pensándolo más detenidamente, era lo que más sentido había tenido en toda mi mísera vida, durante la totalidad de mi deplorable existencia había esperado una revelación similar, el símbolo que completaba a todos los demás, la otra parte de aquella ‘R’.
Fue en ese momento cuando decidí ir hasta allí, en contra de mí mismo, sin saber la razón exacta, simplemente pensando en volver al principio para finalizar esta tortura.
Todo estaba oscuro, ni una luz en varios metros a la redonda, aun así pude distinguir la puerta de la fábrica, adornada con aquel símbolo, ¡cómo olvidar el comienzo de mi paso a las penurias!, más de las que ya engrosaban las páginas de mi vida.
-“¿Por qué yo? ¿Por qué no le pasó a otro que pudiese hacer algo de verdad por estas personas, y no simplemente escuchar sus historias? A lo mejor era por eso, en la sociedad en la que el dinero lo controla todo la gente no tiene tiempo que perder, el tiempo es oro dicen. No pueden prestar atención a unas voces que se intentan comunicar, seguramente toda la población, todos vosotros, escuchéis estas voces y estas historias que se han metido en mi cabeza, pero nadie las hace caso por temor a que los tomen por locos y perder todo lo que han conseguido, todo ese dinero acumulado. Pero estas historias humanas, historias que deberían ser escuchadas, historias mucho más interesantes, con más altibajos y más sorpresas inesperadas que la vida de cualquier famoso, poderoso, gobernante o persona que se cree tan importante como para escribir biografías, mejor dicho, hacer que se las escriban, e intentar sacar dinero, más todavía, con su publicación; pasan penosamente desapercibidas.”-
Hice una pausa para ordenar todas esas preguntas, todos esos pensamientos que me vinieron en tromba, y poder seguir escuchando aquellas voces en mi cabeza.
-“Debería intentar hacer algo.”- me dije finalmente, y me dirigí hacia la puerta decidido a ayudar a los demás, pero, en cuanto di el primer paso, una voz grave se elevó por encima de todas las demás, incluso por encima de mis propios pensamientos, que decía: -“A mí también me gusta que las historias tengan un final feliz, hace algún tiempo tenía exactamente eso para cada uno de nosotros, pero los deje escapar.”-
Una viga, con la forma de aquel símbolo que todas las voces me habían descrito, y que no había visto más que en sus relatos, se desprendió del techo y cayó encima de mí, golpeándome la cabeza con fuerza y tirando mi cuerpo al suelo, ya sin vida.
Te preguntaras como acabaron de verdad las historias de cada uno de ellos, de estas personas que me contaron su vida en aquella fábrica y que fueron mi perdición, contestaré brevemente por no ser descortés, y por ver si tú puedes hacer algo por los siguientes, por esas voces que escuchas en tu cabeza y que aún sigues ignorando por ese maldito miedo a no quedar bien, al qué dirán.

La chica de la moto fue atropellada en aquella carretera por un camión, cuyo camionero dio un volantazo a causa de un estornudo en el mismo momento en el que ella le adelantaba, y cuyas ruedas se deslizaron más de la cuenta a causa del pavimento mojado.

Nuestro joven amigo que perdió a su abuela murió en el centro comercial, enfrente de aquella tienda de juguetes, instantes después de recoger el maldito papel. Y es que unos adolescentes entraron minutos antes decididos a matar a todo el que se le pusiese delante, ¿por qué?, nadie pudo saberlo porque se suicidaron después de pegar un tiro a nuestro amigo, con una escopeta de caza, por la espalda.

Nuestro amigo ‘El Autobusero’, que tantos viajes hizo en su preciado vehículo, acabó siendo traicionado por éste, y en parte, en gran parte, por la bebida de ese aciago viernes.
Nunca llegó a su casa, y nunca ese viejecito le había ayudado a levantarse, oyó aquella voz porque era la que más veces había oído a lo largo de sus 25 últimos años, le engañó su subconsciente mientras conducía el autobús hacia la nada.
El único consuelo que le queda es el saber que no mató a nadie más, aun yendo en sentido contrario por la A-2 consiguió evitar a todos los vehículos, chocándose finalmente contra la mediana.

El final más trágico puede que sea el de Manu, a todos los demás el destino les castigó por su indecisión, pero Manu fue el único que supo qué estaba haciendo y qué quería hacer en todo momento, aunque es verdad que tuvo momentos de duda, ¿pero quién no los tiene?
Mientras que aquella chica y nuestro joven amigo dudaban siempre que iniciaban algo, e incluso cuando esto terminaba, de tal manera que siempre perdían aquello que más querían; mientras nuestro rutinario amigo… creo que no hace falta decir más, dudaba siempre que se iba a salir de su rutina, y cuando esto pasó no supo qué hacer con la libertad que le había sido concedida; mientras todo esto pasaba, Manu simplemente hacía aquello que parecía ser lo mejor: quedarse con su padre (las veces que éste le dejaba) hasta que su corazón dejó de palpitar; irse de allí buscando respuestas, no quedarse esperando a que éstas apareciesen por sí solas…
Pero finalmente tuvo un fallo, dudar, esas dudas que le entraron cuando pensaba en si irse con su madre o no, dudar durante demasiado tiempo… Y aunque se jure y se perjure que esa pregunta era demasiado importante, y harto complicada, como para responder a la ligera, aquel ser, que se hace llamar destino (sino para los amigos) no deja que ninguno nos salgamos ni un ápice de las líneas que delimitan nuestras vidas.
Así que nuestro amigo adolescente fue el único que experimentó como sesgaba su vida el descarrilamiento de aquel tren de cercanías.
Pero el destino tampoco es tan malvado como aquí lo estoy pintando, por lo menos le dejó disfrutar el viaje junto al ideal de persona que él quería que estuviese a su lado en esos malos momentos, alguien que sabe lo que es sufrir en soledad, alguien que podía completarle como la otra parte de aquella ‘R’ completa todas las demás vidas, alguien que le ayudase a estar tranquilo y feliz en el final de un viaje tan complicado como este.

Te cuento todo esto para no parecerme tanto a ‘él’, para que sepas qué te espera exactamente y, de esta manera, no sufras tanto como yo. Ahora sabrás el porqué de esas voces en tu cabeza, ahora comprenderás que nadie se ha dejado estos papeles aquí por casualidad, que no era una historia cualquiera escrita por un don nadie por puro placer, que no son exclusivamente para regocijo y diversión tuya, mi inestimable lector, y, en el mismo instante en el que poses tus ojos sobre estas últimas líneas, llegarás a entender el origen de ese malestar que te atormenta desde hace un tiempo y que no tiene explicación médica alguna.
He de repetir sus últimas palabras, las mismas que pronunció antes de desaparecer para siempre, esas que me hicieron darme cuenta de que era mi turno, mi hora del relevo, y que ahora serán mi liberación, gracias a ti.
Es cosa del destino, no me guardes rencor:
-“Aquí nada empieza y nada acaba, más bien es todo un bucle. No hay principio del fin ni fin del principio.”-

                       
                                                    

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