Nadie hablaba. Nadie se movía. Nadie estaba aquí.
Todos dormitaban. Todos fingían. Todos esperando a partir.
Me había sentido extraño desde el momento en el que entré en
el avión pero, ahora, ese sentimiento de angustia que hacía que se me
revolviese el estómago, se estaba apoderando rabiosamente de mi persona.
Grité. Me retorcí. Pero no emitía sonido alguno, no me movía
más allá ni dentro de mí.
Me dormí.
No sabría explicar si estuve dormido y en una pesadilla o
desmayado ridículamente en el asiento.
Estas pastillas para sofocar el miedo a volar son lo peor
que he probado en mi vida.
Decidido. No volveré a volar.
Es demasiado para mí.

No hay comentarios:
Publicar un comentario