sábado, 30 de agosto de 2014

Sólo Ida

Demasiados asientos vacíos para un vuelo low-cost. Demasiadas miradas perdidas entre los pasajeros. Demasiadas sonrisas forzadas al explicar el funcionamiento de las medidas de seguridad entre las azafatas. Demasiado inaudible el tono del piloto al dar la bienvenida al vuelo por los altavoces. Demasiado mecanizado todo.

Nadie hablaba. Nadie se movía. Nadie estaba aquí.

Todos dormitaban. Todos fingían. Todos esperando a partir.

Me había sentido extraño desde el momento en el que entré en el avión pero, ahora, ese sentimiento de angustia que hacía que se me revolviese el estómago, se estaba apoderando rabiosamente de mi persona.

Grité. Me retorcí. Pero no emitía sonido alguno, no me movía más allá ni dentro de mí.

Me dormí.

No sabría explicar si estuve dormido y en una pesadilla o desmayado ridículamente en el asiento.

Estas pastillas para sofocar el miedo a volar son lo peor que he probado en mi vida.

Decidido. No volveré a volar.

Es demasiado para mí.


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