Me senté en un banco cercano a su casa, desde donde podía contemplar la ventana de su habitación, y permanecí allí un par de horas.
Sabía que tan sólo yo era el
poseedor del alfabeto de los pájaros que hieren las ventanas. Y eso dolía tanto
como el recuerdo. La dictadura de la música compartida, de los olores, de las
miradas. El terrorismo de la memoria.
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