Pulsé el botón del portero automático, al cabo de unos segundos el altavoz cobró vida con una crepitación y una mujer preguntó en qué podía ayudarme. Le di mi nombre. Me preguntó si tenía hora. Admití que no. Me dijo que el señor estaba ocupado. Contesté que me sentaría en la escalinata y esperaría, y tal vez abriría una cerveza para matar el tiempo, pero no me atenía a las consecuencias si me entraban ganas de echar una meada.
Me dejaron entrar. El encanto,
por poco que sea, abre muchas puertas.
Me senté en uno de los
sillones. Era incómodo, tal como sólo pueden serlo los muebles muy caros. Al
cabo de dos minutos me dolía la base de la columna. Al cabo de cinco, me dolía
también el resto de la columna, y otras partes de mi cuerpo se quejaban por
solidaridad. Me planteaba ya tumbarme en el suelo cuando se abrió la puerta y
me dejaron entrar.
Sentí curiosidad por saber con
quién hablaba por teléfono hacía un momento. Quizá no guardaba relación alguna
conmigo, en cuyo caso tendría que afrontar la posibilidad de que el mundo no
girase en torno a mí. No sabía si ya estaba preparado para dar ese paso.
Les sonreí. Ya éramos todos
amigos. Quizá no me invitasen a ir de viaje con ellos. Podíamos beber, reír,
recordar la tirantez de nuestro primer encuentro y darnos cuenta de lo
estupendos que éramos.
No me devolvieron la sonrisa. Al parecer el viaje se
había cancelado.
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