Hasta
aquí todo parece ajustarse a la normalidad, más bien a lo típico, y tópico. Por
ello he de advertir al ávido lector que, al finalizar de leer estas líneas,
todo va a cambiar, todo será espontáneo, más que nada para que no os coja por
sorpresa y os deje desorientados.
Espontáneamente saltó una chispa que
hizo trizas el palacio presidencial, el cual no era ni blanco, ni del típico
color ladrillo, ni siquiera del color de la ‘Casa Rosada’ de Argentina. Era
dorada con tonos verdes botella, toda una obra de arte.
La chispa de la que hablábamos antes no
saltó de los típicos cables pelados que se cortocircuitan, ni de esa típica
bomba que se pone en el pilar maestro, fue causada por la combustión espontánea
del motor de uno de los coches presidenciales, un extravagante Plymouth Prowler
naranja. Como consecuencia el pobre mecánico podría haber sufrido la típica ida
de olla de su superior, pero esta parte de la historia no es típica, por lo que
no fue así, más que nada porque en esos mismos instantes aquel pobre mecánico
estaba ultimando ese coche y no se llegó a dar cuenta de nada.
Fue todo tan espontáneo que incluso el
presidente podía haber muerto, y ese mecánico podría haber sido considerado un
terrorista por algunos y un salvador por otros, pero resulta que el general no
estaba en esos momentos en su despacho, como había estado durante todos y cada
uno de los días anteriores, esta vez, y saltándose la típica rutina, estaba en
casa del escritor de sus discursos, repasando algunos asuntos oficiales, y
otros no tan oficiales…
Los que si cayeron en manos de la
muerte, muy a su pesar, fueron sus asesores, además de sus serviciales
sirvientes, por lo que desde ese momento estaba solo, con el escritor de sus discursos,
lo más importante para un político, pseudo-político en este caso, junto con el
carisma y la desvergüenza.
En estos casos, sin nadie en el
gobierno, lo más típico es que se dé otro golpe de estado, encabezado por aquella
típica chica de barrio, por ejemplo; o un endurecimiento por parte del dictador
de turno, con ayuda de su querido escritor… pero, como ya he dicho, esta parte
de la historia no tiene nada de normal, es más bien una sucesión de actos
inesperados, espontáneos, por eso la última parte, la final, la más importante,
la dejo en manos de vuestra desbordante imaginación, de vuestro inmejorable
criterio, de vuestro indescriptible razonamiento…
Seguro que todos pensáis en estos
momentos que hago esto porque no se me ocurre ningún final decente, y que
preferíais la primera parte, donde sólo tenías que leer y decidir si os lo
pasáis bien o si era mejor no seguir leyendo.
Para todos aquellos que hayan
pensado de esta manera he aquí un final que no hará trabajar demasiado a
vuestras neuronas, a todos los demás les recomiendo que se imaginen uno un poco
más elaborado.
Y es que yo en estos casos me
imagino siempre el típico final de cuento de Disney, porque, ¡para que nos
vamos a engañar!, a todos nos gusta ver como los buenos consiguen lo que
quieren por su cara bonita, por una serie de casualidades que no se darían en
ningún otro instante ni en ningún otro lugar, como si fuera una serie de
acciones espontáneas que siempre acaban con el mismo tópico, el típico ‘…fueron felices y comieron perdices.’
Así que simplemente me cabe decir:
THE END
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