Hablar, eso era lo que necesitaba, pero no hablar por hablar, necesitaba las palabras justas, las correctas. No podía perder la oportunidad, ahora que estaba tan cerca, por su mierda de vocabulario, tantos insultos e injurias que soltó en el pasado y que le llevaron a joderse la vida, alimentadas por las que pronunciaban sus padres en el transcurso de cualquiera de las 25 discusiones que tenían al día, antes de que se acabase la comunicación por completo entre ellos.
Por
eso se limitó a relatar lo que intentaba llevar a cabo: -“A ver si ahora me sale todo seguido.”- empezó, mientras su cabeza
le decía: -“Buen comienzo, sigue así.”-
además ella hizo amago de reírse, como sin querer interrumpirle, por si se
ponía nervioso y volvía a tartamudear, prosiguió: -“Me llamo Manuel, bueno, Manu, sí, eso… ni siquiera sé como he llegado
hasta aquí, ni porqué, sólo sé que necesitaba alejarme de la ciudad durante un
tiempo, así que cogí el primer tren que vi y…”- se paró en seco, si lo
decía era como echárselo en cara, como hacer ver que estaba enfadado con ella
por esas palabras pronunciadas con anterioridad acerca de la manera más rápida
posible de que desapareciese de aquel lugar, pero no era así, no sabía qué
hacer, qué decir… Decidió seguir adelante dejándoselo todo al azar -“…y no tengo pensado volver de momento.”-
-“¡Ya está!”- pensó mientras respiraba
hondo, tan hondo que parecía que se quedaba sin aire, igual que la primera vez
que habló en público, ese mismo nerviosismo, ese temblor en brazos y piernas
que se acentuaba en las manos, y ese sudor frío recorriéndole el espinazo que
nadie notaba menos él, no como el sudor que brotaba de su frente y caía al
suelo formando un charco, pequeñito pero charco al fin y al cabo, y que su
profesora tuvo que secar con un pañuelo antes de empezar por si se resbalaban
los demás niños.
-“Esa vez sus nervios sí tenían una explicación,
él estaba en 1º de primaria, en la obra de teatro de fin de curso, y tantos
ojos mirándole, tantos juzgando las palabras que iba a pronunciar podían ser
esa razón; ¿pero ahora?, ahora estaba sólo con ella, nadie más podía haberle
escuchado, ningún otro podía juzgar sus palabras, no tenía sentido, a no ser
que…”-
No
tenía sentido nada de lo que pasaba por su cabeza en esos instantes, no conseguía
parar, al contrario, la apretaba aún más contra él, como si fuese a marcharse
en cualquier momento, nada descabellado debido a los botes que daba el maldito
autobús.
Pero
ese momento nunca llegaría, ella quería seguir así para siempre, no quería ni siquiera
abrir los ojos, pero los abrió, no se sabe si porque se estaba quedando sin
aire o porque quería ver la expresión de su cara. Esa decisión fue la peor que
pudo tomar, de reojo vio su moto, esa que dejó a una calle de su apartamento
porque no arrancaba, la que dio comienzo a toda esta historia y la que parecía
que iba a finalizarla.
Tenía
que bajar y no quería.
Entonces
se le ocurrió -“¿y si…?”-
-“¡A mala hora se me ocurrió salir de casa!”-
Iba dando tumbos; no sentía frío, claro que tampoco es que lo hiciese; no
sentía vergüenza por haberse fallado a sí mismo; no sentía, siquiera, un poco
de curiosidad por si todo aquello tenía sentido. Solamente sentía algo que no
había sentido nunca antes, necesidad. Necesidad de estar acompañado, de hacer
algo distinto.
Necesitaba
que ella dijera algo, su sonrisa le hacía sentir un nudo en el estómago, un
nudo que le hacía estar en una posición un tanto extraña; un nudo en la
garganta, éste le impedía pronunciar palabra alguna; y uno en el corazón, que
le hacía desesperarse. Mientras Manu sentía todo esto dentro de sí, intentando
exteriorizarlo de la manera más discreta posible, ella se limitaba a sonreír.
-“¿Qué pasa? ¿No sabe qué decir? ¿Está
sintiendo lo mismo que yo, o siente vergüenza por estar en frente de un
gilipollas que no consigue ni expresarse decentemente? ¡Y encima esa sonrisa!,
¿es sólo una sonrisa condescendiente o tiene un tono jocoso?”- pensaba
mientras sus ojos recorrían todo su cuerpo, desde esos pies tan pequeñitos
hasta ese pelo tan sedoso.
-“¿Qué puedo decir?”- se preguntaba
mientras le observaba –“¿Que le enseño el
pueblo? ¡Pero si es una mierda de pueblo! Tres o cuatro casas y dos calles,
tardaría nada…”- Él, mientras tanto, seguía manteniendo esa extraña
posición.
Una
vez realizada la pregunta simplemente esperó. Esperaba un ‘no’ como respuesta, pero, de repente y sin avisar, se vio en la
puerta de su casa acompañada, como en su sueño. Todo lo demás había
transcurrido de otra manera, pero esa parte… ese momento era exactamente igual,
ella abriendo la puerta, nerviosa, y él esperando detrás. Ahora venía la
pregunta: -“¿Entramos?”-
Ahí
se despertaba siempre, justo ahí, como si el destino no quisiese que lo
experimentara previamente en sus fantasías y así no pudiese prepararse para un
posible encuentro en la realidad.
Así
que allí volvía a estar ella, esperando un claro y conciso ‘no’.
-“¡No!”- se decía –“¡no puedes romper tu rutina y salir impune!”- entonces se tropezó
y cayó encima de un montón de bolsas de basura –“¿cómo he llegado hasta aquí? ¡Si me hubiese quedado en casa tranquilito
nada de esto habría pasado! ¡Soy un mierda! ¡La vida es una mierda!…-
seguía despotricando cuando oyó una voz que le preguntaba por su estado, una
voz que le era familiar…
-“¡La familia! ¡Pues claro! ¡Cómo no se me
había ocurrido antes!”- y es que ese silencio estaba empezando a ser
demasiado incómodo, se estaba viendo obligada a decir algo –“Yo vivo aquí con mis abuelos, mis padres se
fueron a la ciudad y allí se separaron, y se olvidaron de mí…”- iba
trastabillándose con cada palabra según salían de su boca –“¿Por qué le estaba contando todo eso? No tenía sentido, le había
parecido mono, incluso sentía un poco de pena por él, pero no era lo más
correcto.”- pensaba mientras hablaba. Más por inercia que por curiosidad le
preguntó por sus padres.
Había
evitado ese tema desde que se separaron, pero ella le había contado todo acerca
de los suyos, -“¿qué podía hacer?”- ,
no le quedaba más remedio que abrirse, y, además, -“¡qué mejor que hacerlo ante alguien que no te puede juzgar por tus
actos pasados, que escucha tu historia desde un punto de vista más o menos
objetivo!”-
Tras
contarle su triste vida se dio cuenta de que esa preciosa sonrisa, la que
iluminaba su rostro en todo momento, se había ido esfumando según él avanzaba
en su relato, por lo que sólo le quedaba una opción, cambiar de tema lo más
rápido que su cerebro le permitiese y, a ser posible, con un chascarrillo de
por medio.
No
se le ocurría nada gracioso que decir, sus pensamientos no fluían tan rápido
como él deseaba, sus ideas no parecían estar dirigidas a encontrar un chiste
fácil, se dedicaban a fantasear con aquella chica desnuda, así que,
simplemente, preguntó por un baño.
Lo
único que él podía hacer para no dejarla totalmente colgada era entrar, pero
yendo directamente al baño, para así, en ese espacio íntimo, poder encerrarse y
pensar más detenidamente en qué podía decir, qué podía hacer.
-“Si ahora me quedo aquí, en su casa, los dos
sabemos lo que pasara, y eso puede joderlo todo. Pero si salgo y la digo que me
tengo que ir, cualquier excusa será mala y puedo joderla más todavía. Además
está el trabajo, esa es otra…”- todo esto pasaba por la cabeza de nuestro
amigo a tal velocidad que no era capaz siquiera de ordenar sus pensamientos,
así que decidió no pensar, salir, darla un beso e irse disculpándose de la
mejor manera posible: -“Se ha hecho muy
tarde, y mañana tenemos que trabajar…”-
Ella
se quedó quieta, callada, sin saber qué decir, simplemente pensando en lo tarde
que se había hecho, ya eran cerca de las once…
-“¡Vamos! ¡Arriba! ¡Que ya son casi las once,
y a estas horas este barrio empieza a ser peligroso para alguien que anda algo
perjudicado como tú!”- le decía esa voz familiar.
Siguió
su melodía, sin hacer preguntas, ciegamente, confiando en ella de una manera en
que no había confiado en nadie antes, ni en su propia madre, que en paz
descanse, y que le había criado sola, sin ayuda. Podía ser efecto de la cogorza
que llevaba o del reciente cambio que había sufrido su rutina, su vida, pero no
lograba explicárselo, y es que no había explicación posible.
Sylvana
seguía buscando una explicación, un sentido, al torrente de palabras que habían
sido pronunciadas, una tras otra, por aquel chico. Palabras con pausas en
sitios estratégicos, como si de un simple cuento inventado se tratase y el
narrador esperara a la reacción del receptor en cada una de ellas. Pero no
conseguía encontrarle sentido.
Llegó
por fin a la petición de un servicio por parte de… Manu, y se empezó a reír,
tampoco encontraba una explicación para su risa, pero por lo menos así liberaba
tensiones.
Su
recurso parecía haber hecho efecto, ese chascarrillo, aun sin serlo, terminó
con la tensión que se mascaba en el aire, su sonrisa volvía a aparecer, y sólo
con eso él se sentía feliz.
Entonces
se dio cuenta de que sí, de que había pasado, aquello que más temía estaba
ocurriendo, y lo peor de todo era que no parecía haber remedio alguno…
Ella
pensaba que su vida ya no tenía remedio, su historia era así y seguiría
siéndolo: conocer a alguien, llevarse bien con él, incluso conseguir llevárselo
a la cama, pero, al final, siempre se despedían con una excusa barata.
-“¿¡Qué era tarde!? ¡Pero si era viernes!”-
se decía mientras recordaba a todos los hombres que la habían soltado una
excusa parecida, esa excusa que se dice sin pensar y que nunca tiene sentido.
Se
dio cuenta de que todos los hombres con los que había estado hacían lo mismo, -“¿era un comportamiento general, o
simplemente tendría ella tan mala suerte?”- Era una incógnita que debía
averiguar más adelante, consultando con una amiga, o no, ya que creía tener una
respuesta clara.
-“¿¡Qué si había aclarado su ideas ya,
después de un simple vaso de agua!? ¡Si no tenía siquiera claro dónde se
encontraba!”- Cerró los ojos por unos instantes y empezó a marearse, por lo
que decidió abrirlos y, en cuanto consiguió enfocar decentemente, vio su mesa,
esa que utilizaba para todos sus menesteres, para comer, para leer, para dejar
su ropa interior…
Recorrió
con la mirada el resto de su preciosa casa y se tumbó en la cama, sin más,
esperando a que aquellos mareos cesasen y que, al día siguiente, todo volviese
a la normalidad, como si de un mal sueño se hubiese tratado.
Podía
tratarse de un sueño o de una pesadilla, cada vez se sentía más cerca de ella,
más unido a su historia, y a su sonrisa. Por una parte quería que esa sensación
se mantuviese igual para siempre, pero por otra, no podría sobrevivir a tan
tremendo golpe si la caída se produjese, y no quería que ella sufriese un daño
similar al que parecía haber conseguido vencer tiempo atrás.
Ahora
sólo quería salir de esa estación, y de aquella situación, lo antes posible.
Además, quedarse ahí parado, viendo como se reía de él, estaba empezando a
resultar algo embarazoso, y la imagen de un baño, que antes sólo existía como
vía de escape, empezaba a apoderarse de su vejiga. –“¿Será por los nervios?”-
-“¡Putos nervios! ¡Puta tensión!”- no
conseguía parar de reírse, de soltar esa pequeña carcajada una vez terminada la
gran risotada, y volver a empezar. De alguna manera tenía que salir de esa
situación y, al ver que Manu se retorcía más exageradamente y extravagantemente
a cada segundo que pasaba, se acordó del baño, pero en la estación no había
servicio alguno, sólo quedaba su casa, únicamente deseaba que no estuviese su
abuelo…
Su
abuelo estaba en casa cuando llegó, no vivía muy cerca de la ciudad así que se
sorprendió bastante al verlo, fue a abrazarle ya que hacía tiempo que no le
veía, últimamente se quedaba en casa cuidando de la abuela. La mala cara que
traía no presagiaba nada bueno, y el abrazo inicial de cariño se convirtió en
abrazo de consolación.
La
situación le hizo olvidarse de todos sus problemas de un plumazo, ya se
preocuparía de esa chica del trabajo en otro momento, su abuela estaba mal,
siempre lo había estado, pero ahora parecía haber llegado lo peor.
Lo
más sensato era ir al hospital, pero su madre se negaba, no quería creerlo, no
quería despedirse de su madre porque decía que todavía podía despertar, que no
era su hora…
Abrió
los ojos, enfocó y vio la hora. No era la hora que él quería que fuese, seguía
siendo el mismo día, ese día en el que toda su vida había dado un vuelco, en el
que se había desmoronado su rutina, en el que se le habrían nuevos horizontes,
nuevas vías de escapada, nuevos caminos por donde poder dirigir su vida…
Esto
le dio que pensar: -“¿Y si yo hubiese
vivido en otro lugar? Seguramente mi historia hubiese sido muy diferente, no
haría falta siquiera que hubiese vivido de otra manera, ni haber hecho cosas
que nunca hubiese imaginado hacer, solamente hubiese hecho falta estar en un
ambiente diferente, sólo eso…”- se decía mientras sus parpados echaban el
cierre lentamente. –“Mañana será otro día.”-
fueron las últimas palabras que pasaron por su mente antes de dormirse
definitivamente.
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