miércoles, 16 de abril de 2014

Entre la Nada y el Nunca [Avanzando...]


          Hablar, eso era lo que necesitaba, pero no hablar por hablar, necesitaba las palabras justas, las correctas. No podía perder la oportunidad, ahora que estaba tan cerca, por su mierda de vocabulario, tantos insultos e injurias que soltó en el pasado y que le llevaron a joderse la vida, alimentadas por las que pronunciaban sus padres en el transcurso de cualquiera de las 25 discusiones que tenían al día, antes de que se acabase la comunicación por completo entre ellos.
Por eso se limitó a relatar lo que intentaba llevar a cabo: -“A ver si ahora me sale todo seguido.”- empezó, mientras su cabeza le decía: -“Buen comienzo, sigue así.”- además ella hizo amago de reírse, como sin querer interrumpirle, por si se ponía nervioso y volvía a tartamudear, prosiguió: -“Me llamo Manuel, bueno, Manu, sí, eso… ni siquiera sé como he llegado hasta aquí, ni porqué, sólo sé que necesitaba alejarme de la ciudad durante un tiempo, así que cogí el primer tren que vi y…”- se paró en seco, si lo decía era como echárselo en cara, como hacer ver que estaba enfadado con ella por esas palabras pronunciadas con anterioridad acerca de la manera más rápida posible de que desapareciese de aquel lugar, pero no era así, no sabía qué hacer, qué decir… Decidió seguir adelante dejándoselo todo al azar -“…y no tengo pensado volver de momento.”-
-“¡Ya está!”- pensó mientras respiraba hondo, tan hondo que parecía que se quedaba sin aire, igual que la primera vez que habló en público, ese mismo nerviosismo, ese temblor en brazos y piernas que se acentuaba en las manos, y ese sudor frío recorriéndole el espinazo que nadie notaba menos él, no como el sudor que brotaba de su frente y caía al suelo formando un charco, pequeñito pero charco al fin y al cabo, y que su profesora tuvo que secar con un pañuelo antes de empezar por si se resbalaban los demás niños.
-“Esa vez sus nervios sí tenían una explicación, él estaba en 1º de primaria, en la obra de teatro de fin de curso, y tantos ojos mirándole, tantos juzgando las palabras que iba a pronunciar podían ser esa razón; ¿pero ahora?, ahora estaba sólo con ella, nadie más podía haberle escuchado, ningún otro podía juzgar sus palabras, no tenía sentido, a no ser que…”-

No tenía sentido nada de lo que pasaba por su cabeza en esos instantes, no conseguía parar, al contrario, la apretaba aún más contra él, como si fuese a marcharse en cualquier momento, nada descabellado debido a los botes que daba el maldito autobús.

Pero ese momento nunca llegaría, ella quería seguir así para siempre, no quería ni siquiera abrir los ojos, pero los abrió, no se sabe si porque se estaba quedando sin aire o porque quería ver la expresión de su cara. Esa decisión fue la peor que pudo tomar, de reojo vio su moto, esa que dejó a una calle de su apartamento porque no arrancaba, la que dio comienzo a toda esta historia y la que parecía que iba a finalizarla.
Tenía que bajar y no quería.
Entonces se le ocurrió -“¿y si…?”-

-“¡A mala hora se me ocurrió salir de casa!”- Iba dando tumbos; no sentía frío, claro que tampoco es que lo hiciese; no sentía vergüenza por haberse fallado a sí mismo; no sentía, siquiera, un poco de curiosidad por si todo aquello tenía sentido. Solamente sentía algo que no había sentido nunca antes, necesidad. Necesidad de estar acompañado, de hacer algo distinto.

Necesitaba que ella dijera algo, su sonrisa le hacía sentir un nudo en el estómago, un nudo que le hacía estar en una posición un tanto extraña; un nudo en la garganta, éste le impedía pronunciar palabra alguna; y uno en el corazón, que le hacía desesperarse. Mientras Manu sentía todo esto dentro de sí, intentando exteriorizarlo de la manera más discreta posible, ella se limitaba a sonreír.
-“¿Qué pasa? ¿No sabe qué decir? ¿Está sintiendo lo mismo que yo, o siente vergüenza por estar en frente de un gilipollas que no consigue ni expresarse decentemente? ¡Y encima esa sonrisa!, ¿es sólo una sonrisa condescendiente o tiene un tono jocoso?”- pensaba mientras sus ojos recorrían todo su cuerpo, desde esos pies tan pequeñitos hasta ese pelo tan sedoso.

-“¿Qué puedo decir?”- se preguntaba mientras le observaba –“¿Que le enseño el pueblo? ¡Pero si es una mierda de pueblo! Tres o cuatro casas y dos calles, tardaría nada…”- Él, mientras tanto, seguía manteniendo esa extraña posición.

Una vez realizada la pregunta simplemente esperó. Esperaba un ‘no’ como respuesta, pero, de repente y sin avisar, se vio en la puerta de su casa acompañada, como en su sueño. Todo lo demás había transcurrido de otra manera, pero esa parte… ese momento era exactamente igual, ella abriendo la puerta, nerviosa, y él esperando detrás. Ahora venía la pregunta: -“¿Entramos?”-
Ahí se despertaba siempre, justo ahí, como si el destino no quisiese que lo experimentara previamente en sus fantasías y así no pudiese prepararse para un posible encuentro en la realidad.
Así que allí volvía a estar ella, esperando un claro y conciso ‘no’.

-“¡No!”- se decía –“¡no puedes romper tu rutina y salir impune!”- entonces se tropezó y cayó encima de un montón de bolsas de basura –“¿cómo he llegado hasta aquí? ¡Si me hubiese quedado en casa tranquilito nada de esto habría pasado! ¡Soy un mierda! ¡La vida es una mierda!…- seguía despotricando cuando oyó una voz que le preguntaba por su estado, una voz que le era familiar…

-“¡La familia! ¡Pues claro! ¡Cómo no se me había ocurrido antes!”- y es que ese silencio estaba empezando a ser demasiado incómodo, se estaba viendo obligada a decir algo –“Yo vivo aquí con mis abuelos, mis padres se fueron a la ciudad y allí se separaron, y se olvidaron de mí…”- iba trastabillándose con cada palabra según salían de su boca –“¿Por qué le estaba contando todo eso? No tenía sentido, le había parecido mono, incluso sentía un poco de pena por él, pero no era lo más correcto.”- pensaba mientras hablaba. Más por inercia que por curiosidad le preguntó por sus padres.

Había evitado ese tema desde que se separaron, pero ella le había contado todo acerca de los suyos, -“¿qué podía hacer?”- , no le quedaba más remedio que abrirse, y, además, -“¡qué mejor que hacerlo ante alguien que no te puede juzgar por tus actos pasados, que escucha tu historia desde un punto de vista más o menos objetivo!”-
Tras contarle su triste vida se dio cuenta de que esa preciosa sonrisa, la que iluminaba su rostro en todo momento, se había ido esfumando según él avanzaba en su relato, por lo que sólo le quedaba una opción, cambiar de tema lo más rápido que su cerebro le permitiese y, a ser posible, con un chascarrillo de por medio.
No se le ocurría nada gracioso que decir, sus pensamientos no fluían tan rápido como él deseaba, sus ideas no parecían estar dirigidas a encontrar un chiste fácil, se dedicaban a fantasear con aquella chica desnuda, así que, simplemente, preguntó por un baño.

Lo único que él podía hacer para no dejarla totalmente colgada era entrar, pero yendo directamente al baño, para así, en ese espacio íntimo, poder encerrarse y pensar más detenidamente en qué podía decir, qué podía hacer.
-“Si ahora me quedo aquí, en su casa, los dos sabemos lo que pasara, y eso puede joderlo todo. Pero si salgo y la digo que me tengo que ir, cualquier excusa será mala y puedo joderla más todavía. Además está el trabajo, esa es otra…”- todo esto pasaba por la cabeza de nuestro amigo a tal velocidad que no era capaz siquiera de ordenar sus pensamientos, así que decidió no pensar, salir, darla un beso e irse disculpándose de la mejor manera posible: -“Se ha hecho muy tarde, y mañana tenemos que trabajar…”-
Ella se quedó quieta, callada, sin saber qué decir, simplemente pensando en lo tarde que se había hecho, ya eran cerca de las once…

-“¡Vamos! ¡Arriba! ¡Que ya son casi las once, y a estas horas este barrio empieza a ser peligroso para alguien que anda algo perjudicado como tú!”- le decía esa voz familiar.
Siguió su melodía, sin hacer preguntas, ciegamente, confiando en ella de una manera en que no había confiado en nadie antes, ni en su propia madre, que en paz descanse, y que le había criado sola, sin ayuda. Podía ser efecto de la cogorza que llevaba o del reciente cambio que había sufrido su rutina, su vida, pero no lograba explicárselo, y es que no había explicación posible.

Sylvana seguía buscando una explicación, un sentido, al torrente de palabras que habían sido pronunciadas, una tras otra, por aquel chico. Palabras con pausas en sitios estratégicos, como si de un simple cuento inventado se tratase y el narrador esperara a la reacción del receptor en cada una de ellas. Pero no conseguía encontrarle sentido.
Llegó por fin a la petición de un servicio por parte de… Manu, y se empezó a reír, tampoco encontraba una explicación para su risa, pero por lo menos así liberaba tensiones.

Su recurso parecía haber hecho efecto, ese chascarrillo, aun sin serlo, terminó con la tensión que se mascaba en el aire, su sonrisa volvía a aparecer, y sólo con eso él se sentía feliz.
Entonces se dio cuenta de que sí, de que había pasado, aquello que más temía estaba ocurriendo, y lo peor de todo era que no parecía haber remedio alguno…

Ella pensaba que su vida ya no tenía remedio, su historia era así y seguiría siéndolo: conocer a alguien, llevarse bien con él, incluso conseguir llevárselo a la cama, pero, al final, siempre se despedían con una excusa barata.
-“¿¡Qué era tarde!? ¡Pero si era viernes!”- se decía mientras recordaba a todos los hombres que la habían soltado una excusa parecida, esa excusa que se dice sin pensar y que nunca tiene sentido.
Se dio cuenta de que todos los hombres con los que había estado hacían lo mismo, -“¿era un comportamiento general, o simplemente tendría ella tan mala suerte?”- Era una incógnita que debía averiguar más adelante, consultando con una amiga, o no, ya que creía tener una respuesta clara.

-“¿¡Qué si había aclarado su ideas ya, después de un simple vaso de agua!? ¡Si no tenía siquiera claro dónde se encontraba!”- Cerró los ojos por unos instantes y empezó a marearse, por lo que decidió abrirlos y, en cuanto consiguió enfocar decentemente, vio su mesa, esa que utilizaba para todos sus menesteres, para comer, para leer, para dejar su ropa interior…
Recorrió con la mirada el resto de su preciosa casa y se tumbó en la cama, sin más, esperando a que aquellos mareos cesasen y que, al día siguiente, todo volviese a la normalidad, como si de un mal sueño se hubiese tratado.

Podía tratarse de un sueño o de una pesadilla, cada vez se sentía más cerca de ella, más unido a su historia, y a su sonrisa. Por una parte quería que esa sensación se mantuviese igual para siempre, pero por otra, no podría sobrevivir a tan tremendo golpe si la caída se produjese, y no quería que ella sufriese un daño similar al que parecía haber conseguido vencer tiempo atrás.
Ahora sólo quería salir de esa estación, y de aquella situación, lo antes posible. Además, quedarse ahí parado, viendo como se reía de él, estaba empezando a resultar algo embarazoso, y la imagen de un baño, que antes sólo existía como vía de escape, empezaba a apoderarse de su vejiga. –“¿Será por los nervios?”-

-“¡Putos nervios! ¡Puta tensión!”- no conseguía parar de reírse, de soltar esa pequeña carcajada una vez terminada la gran risotada, y volver a empezar. De alguna manera tenía que salir de esa situación y, al ver que Manu se retorcía más exageradamente y extravagantemente a cada segundo que pasaba, se acordó del baño, pero en la estación no había servicio alguno, sólo quedaba su casa, únicamente deseaba que no estuviese su abuelo…

Su abuelo estaba en casa cuando llegó, no vivía muy cerca de la ciudad así que se sorprendió bastante al verlo, fue a abrazarle ya que hacía tiempo que no le veía, últimamente se quedaba en casa cuidando de la abuela. La mala cara que traía no presagiaba nada bueno, y el abrazo inicial de cariño se convirtió en abrazo de consolación.
La situación le hizo olvidarse de todos sus problemas de un plumazo, ya se preocuparía de esa chica del trabajo en otro momento, su abuela estaba mal, siempre lo había estado, pero ahora parecía haber llegado lo peor.
Lo más sensato era ir al hospital, pero su madre se negaba, no quería creerlo, no quería despedirse de su madre porque decía que todavía podía despertar, que no era su hora…

Abrió los ojos, enfocó y vio la hora. No era la hora que él quería que fuese, seguía siendo el mismo día, ese día en el que toda su vida había dado un vuelco, en el que se había desmoronado su rutina, en el que se le habrían nuevos horizontes, nuevas vías de escapada, nuevos caminos por donde poder dirigir su vida…
Esto le dio que pensar: -“¿Y si yo hubiese vivido en otro lugar? Seguramente mi historia hubiese sido muy diferente, no haría falta siquiera que hubiese vivido de otra manera, ni haber hecho cosas que nunca hubiese imaginado hacer, solamente hubiese hecho falta estar en un ambiente diferente, sólo eso…”- se decía mientras sus parpados echaban el cierre lentamente. –“Mañana será otro día.”- fueron las últimas palabras que pasaron por su mente antes de dormirse definitivamente.

No hay comentarios:

Publicar un comentario