domingo, 27 de abril de 2014

Entre la Nada y el Nunca [Dirigiendo...]


           Definitivamente estaba nervioso, no había duda, las manos le empezaban a sudar y le caían goterones por la frente, su gran excusa era el calor que hacía, y es que aun siendo de noche el calor era sofocante, la luna parecía irradiar tanto o más calor que el sol, ¿o era sólo una sensación producida por aquella chica?
Aunque su problema principal era llegar a algún sitio antes de que ‘los otros fluidos’ se apoderasen totalmente de su vejiga. Por fin llegaron a la casa, se parecía a aquella casita rural donde él y sus padres, juntos aún, pasaron las primeras vacaciones que él podía recordar, eso le tranquilizó.

No se tranquilizó hasta que llegaron a la casa, todo el camino lo habían hecho en silencio, seguramente pensando cada uno en sus cosas.
Sylvana estaba preocupada por si estaba su abuelo, y por lo que podía pensar aquel chico cuando viese su casa, -“¿y si se reía? Venía de la ciudad, no era descabellado pensar que quisiera todas las comodidades.”- pero al llegar vio una sonrisa en su cara, una sonrisa de verdad, de esas de felicidad, no era de condescendencia ni por asomo, y ella sabía de lo que hablaba. Más de una vez había tenido que fingir una mueca de felicidad, y es que aunque sus padres pensasen que no se enteraba de nada, las discusiones que mantenían cada sábado por la mañana se oían incluso desde la casa del vecino.

Mientras tanto Manu no pensaba en nada, estaba sumergido en sus recuerdos, y en la cada vez más urgente necesidad de entrar al baño de la casa.

Salió de casa y se fue a por la moto, necesitaba despejarse, cuando intentó arrancarla se acordó de que no funcionaba, estaba tan ensimismada en sus pensamientos…
No sabía qué hacer, pero necesitaba alejarse por unos instantes de su casa, así que cogió el autobús y se bajó en cuanto vio un chino abierto, allí compró un cartón de sangría y un par de tarrinas de helado de chocolate.
-“Sí, estoy deprimida.”- parecía decirle mentalmente a aquel dependiente asiático que la observaba inquisitivamente mientras pagaba, y con esa frase en la mente se quedó dormida en el sofá, sin abrir siquiera nada de lo que había comprado.

A la mañana siguiente todo seguía igual, la habitación no se había movido y todo estaba en su sitio, incluso su consciencia.
Había vuelto en sí y todavía recordaba que el día anterior no había ido a trabajar y, seguramente, cuando apareciese el lunes por las cocheras tendría que soportar la primera bronca de su vida.
“¿Qué hacer hasta entonces?, ¿en el bar estarían sus ‘amigos’?”- No sabía que iba a hacer, pero lo primero era ducharse y desayunar, como si de un día cualquiera se tratase, ya pensaría más adelante.

-“¿Qué he de decir luego, cuando haya que hablar de algo que no sea el baño? Lo mejor será descargar primero y pensar después.”- Una vez dado el primer paso prosiguió con el orden y se puso a pensar, pero nada cruzaba su mente más que la sonrisa de Sylvana, su cara, su cuerpo… -“¡Así es imposible pensar, imposible concentrarse!”-
Quería pero no podía, entonces ella le preguntó que si ya se encontraba mejor. –“¿Qué contesto a eso? ¿Sí o no? Si es que sí tendría que salir para hablar de algo, para dar la cara, ¿pero de qué, por qué? Y si es que no podían darse dos situaciones, que me obligase a abrir la puerta para ver qué era lo que me pasaba exactamente, o que simplemente pensase que estaba siendo arisco aun habiéndome acogido en su casa y se despreocupase. No quiero ninguna de las dos.”-
Tardó tanto en contestar que Sylvana se preocupó aún más, lo suficiente como para que se decidiese a abrir la puerta y entrar. –“¡Pero si estaba el pestillo puesto!”- pensó sorprendido Manu, se quedaron mirando como si alguno de los dos hubiese dicho “Te quiero”, pero evitando haber escuchado aquellas palabras y haberlas pronunciado. Ambos prefirieron pensar en sus cosas en aquel instante, Manu todavía debatiéndose entre el sí y el no como respuesta a la pregunta anterior, y Sylvana preguntándose el porqué de esa entrada tan a la desesperada.

Tan desesperada estaba su madre cuando se dio cuenta, al día siguiente, de que la noticia era verdad, que se derrumbó y preciso de atención médica urgente. Ni su padre, ni su abuelo, ni él sabían qué hacer, qué decir.
El silencio cubría toda la casa como un manto de seda, nuestro joven amigo no podía soportarlo, tampoco sabía cómo consolar a su madre, así que se levantó de la silla donde estaba sentado, reflexionando, al igual que sus progenitores, y se dirigió a la salida. Nadie dijo nada.
Necesitaba aire, necesitaba ruido, -“¡qué mejor que un centro comercial!”- pensó, sin más dilación condujo sus pasos hacia el más próximo.

Lo más cerca a la normalidad que podía percibir en el ambiente era el orden que reinaba en su casa, sus pensamientos iban por derroteros totalmente distintos a los que seguirían cualquier otro fin de semana, y sus recuerdos aún estaban un tanto borrosos.
Todos los demás días seguiría su rutina, ir al videoclub, coger un par de películas de terror, una comedia y un drama romántico, así tendría las tardes ocupadas; y por las mañanas simplemente dormir, e intentar terminar aquel puzzle de 5000 piezas sobre un paisaje nevado, una avalancha producida en la ladera de una montaña, con los abetos más cercanos a la cima doblados por la fuerza de la nieve, algunos rotos incluso, y los abetos que se encontraban cerca del valle esperando el fatal desenlace de su desplome, producido por el poder de la naturaleza, todo ello aderezado con un precioso atardecer anaranjado en el horizonte.
Le encantaba ese puzzle, le hacía pensar en que la vida de un ser humano era como la de aquellos abetos, naciendo libres, creciendo con una visión extraordinaria sobre su futuro, dándose cuenta más adelante de que esa espectacularidad se va a quedar allí, lejos, en el horizonte, para siempre, y, al final, convirtiendo en rutina esas preciosas vistas, esos preciosos sueños que siempre se quedan en el otro lado, en la lejanía de ese cielo purpúreo, rosado, anaranjado, amarillento e incluso azulado, haciendo que se anhele el final, para poder ir allá donde se encuentran sus deseos.
Esto le carcomía la cabeza todos los fines de semana, quería ver acabada aquella obra, pero durante los días de trabajo no se lo podía permitir, como buen trabajador que era seguía la máxima: “Los problemas han de dejarse en casa.”
Pero esta vez todo había cambiado, sus pensamientos eran otros, sus acciones habían sido otras, sus sueños eran otros…
Su vida, su rutina, era distinta.

Se sentía distinto, ¿pero distinto a qué?, ¿a todo lo que había sentido previamente?, ¿al dolor, la amargura y la indiferencia que antes le rodeaba?
Siempre quiso tener sentimientos distintos, diferentes a toda esa mierda que le atormentaba desde que sus padres se separaron, y que se acentuaron con la enfermedad de su padre. Pero en esos cambios que esperaba en su vida había una cosa que deseaba mantener siempre, la soledad.
Para él todos aquellos sentimientos, viles y confusos, se debían a la pérdida de la compañía, por eso lo mejor era no poder perder nada ni a nadie, estar solo.

-“Estar sola, ese es mi destino.”- Se levantó con ese pensamiento y siguió con él mientras cogía el autobús que iba a casa de su hermana, necesitaba cariño y sabía que allí era el único sitio en el cual podía sentirse amada.
Cuando llegó y llamó nadie contestó, seguía sola…
-“Siempre estaré sola.”- afirmó rotundamente mientras daba media vuelta.

Una vuelta, nuestro autobusero salió solamente a eso, a despejarse, pero acabó en el parque donde todo había comenzado, ese parque que tantos recuerdos le traía.
Allí vio a aquella chica, de la que todavía estaba enamorado y que nunca más volvió a ver, por primera vez, en ese banco se sentaba a ver pasar a la gente mientras hacía que leía un libro: -“Utopía, de Tomás Moro, qué recuerdos… Esos sueños de un lugar mejor, un país donde la ley es estricta pero justa, donde todos los hombres y mujeres saben lo que tienen que hacer, y lo hacen, donde nadie se aventuraba más allá de lo esperado, porque, ¿para qué iban a hacer tal cosa si dentro de sus fronteras tenían todo lo que necesitaban para vivir?, incluso el oro y las joyas simplemente servían para diferenciar a los esclavos de los hombres libres, y es que tanto materialismo acaba por envilecer a los más nobles. Allí se regían por el pragmatismo, lo que sirve se usa, lo que no, se guarda, tanto para futuras catástrofes como para negociar con aquellos pueblos atrasados. La democracia funcionaba en aquel lugar...”- Además, en ese país nadie le llamaría ‘bicho raro’, ni se burlarían de él por trabajar lo máximo que podía, allí sería uno más, estaría integrado, un sueño que nunca pudo cumplir. Era su sitio, y era el sitio donde vivió feliz.
Ahora todo estaba sucio, el césped ya no era verde, las farolas estaban rotas, y la arena… la arena era pura gravilla mezclada con cristales rotos. Miró hacia donde habían estado los columpios y sólo quedaban los hierros que los soportaban, todo oxidado y sin color; pasó a posar su vista en el tobogán y sólo vio un trozo de latón desgastado.
Todo había cambiado, -“¿tanto tiempo ha pasado?”-

El tiempo parecía no pasar, seguían estando uno enfrente del otro, sin decir nada, sin pestañear siquiera. Parecía que no hacían nada, y que no pensaban hacerlo, pero esto era sólo lo que parecía exteriormente, porque por dentro cada uno de ellos tenía su mente en ebullición, tan ocupadas que no tenían tiempo ni de ordenar sus pensamientos.
Sólo el silbido agudo de la tetera les pudo salvar de seguir así eternamente. Sylvana se fue a la cocina como un rayo, Manu, aún estupefacto, tardó unos cuantos segundos más en ponerse en marcha.
Llegaron a la cocina, Manu se sentó mientras Sylvana servía el té, mientras llevaba las tazas hacia la mesa, Manu se levantó a subir la persiana de la única ventana que había, y un rayo de sol iluminó la mesa como si de un foco se tratase.
-“¿¡Sol!?”- se sorprendió Manu –“¿cuánto tiempo llevo aquí?”-

Similar pregunta rondaba la cabeza de nuestro joven amigo cuando pasó por segunda vez por aquella tienda de juguetes.
“¿He recorrido ya todo el centro comercial? Demasiado rápido…”- se decía mientras sus ojos recorrían todos y cada uno de los juguetes de la tienda. Cada uno le recordaba una parte de su infancia, estaban desde esos peluches de cuando era bebé hasta los últimos videojuegos de su juventud (de los cuales todavía conservaba algunos), pasando por los coches eléctricos, los Lego, los Playmobil, los Meccano y demás marcas comerciales. -“¿Cómo se me han podido pasar todos estos detalles antes?”-

-“¿Cómo no me he fijado antes?”- se preguntaba nuestro amigo autobusero al ver que, justo enfrente suyo, se encontraba aquel viejecito que le daba conversación todos los días, a las misma horas y durante el mismo periodo de tiempo.
Le invitó a sentarse a su lado y este aceptó, se pusieron a hablar de lo mismo que hablaban en el autobús, pero esta vez la conversación sobre lo que veían acabó pronto, el paisaje no cambiaba y a su alrededor todo se veía igual, un simple parque viejo y olvidado.

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