El título puede que lo
diga todo, pero en realidad cualquiera de esas palabras no dicen nada
sin algo detrás que las acompañe. Hay que vaciarse de realidades
para llegar a llenarse de historias. Y no digo que esta historia no
sea real, ni ésta ni ninguna otra, sólo que cómo se desarrolle
varía cada vez que se escribe.
Todo puede empezar en un
día de otoño que parece de verano, por llevar la contraria.
Seguir con la descripción
de un paisaje colorido, cual acuarela en medio de una monótona
ciudad gris.
Llegar entonces al lugar
de los hechos, una alfombra verde y ocre salpicada por personajillos
insignificantes para estas letras pero demasiado importantes para los
espacios que deja la imaginación como para saltárselos sin más:
parejas disfrutando del cálido sol que entrecierra sus ojos, gritos
indescriptibles provenientes de lugares lejanos, incluso esos famosos
runners que sueñan con convertirse en runners famosos, o en runners,
tal y como “corren”...
Es ahora cuando podéis
comenzar a leer de verdad, o seguir imaginando, el marco ya está
listo y preparado para cualquier divagación.
Una bolsa aparece por el
pedregoso camino como buscando una dirección, siguiendo una ruta con
sentido, una simple bolsa de plástico que parece que se ha
complicado la vida.
Por un camino
perpendicular pasea un viejo sombrero con su correspondiente anciano
sosteniéndole sobre su cabeza cana, la cual se completa con unas
gafas de sol de aviador de la Segunda Guerra Mundial y un bigote
peinado a primera hora de la mañana. El traje apolillado y los
zapatos lustrosos añaden lo necesario para pasar desapercibido ante
miradas indiscretas. Mientras que sus pequeños ojos negros
escudriñan la trayectoria tan aparentemente perfecta que va
realizando aquella bolsa más allá de sus gafas de aviador.
Observando todo esto, o
no, quién sabe, las palomas siempre me han parecido de lo más
misterioso del reino animal, encontramos una rama más frágil de lo
recomendado con una paloma más grande de lo normal, como si acabase
de volver de una cena de Navidad, con cabeza, todavía.
La bolsa sigue avanzando,
titubeante, eligiendo si bifurcarse en aquel cruce o no, volviendo
hacia atrás un momento y, apoyada en sus asas, como observando las
pocas nubes que se mueven lentamente, a su ritmo, espera un nuevo
golpe de viento que la ayude a avanzar. En esos momentos de
incertidumbre piensa en todos los viajes que ha ido realizando desde
su fábrica de reciclado en Rotterdam hasta lo que espera que sea el
final de su búsqueda aquí, ahora, pasando por mil y un ráfagas de
aire, por cientos de manos y decenas de casas hasta ser libre.
Tantos vericuetos
apabullan la cansada comprensión del anciano. Agachando la cabeza,
con una mano cogiendo su traje y la otra tratando de aferrarse a su
querido sombrero, para que el repentino vendaval que se ha levantado
no se lo lleve, empieza a seguir a la bolsa, que iba cada vez más
aprisa, y es que su olfato de viejo sabueso le decía que ahí pasaba
algo.
La paloma también sentía
aquella inesperada perturbación en la fuerza del viento, dado que la
rama que sorprendentemente aguantaba su peso se balanceaba
violentamente. Iniciaba entonces la acción de vuelo ruidoso que
tanto caracteriza a las palomas, un batir de alas exagerado, un
movimiento de cabeza inverosímil y un impulso de sus patas muy poco
artístico, pero eficaz al fin y al cabo.
Con una sonrisa
literalmente pintada, junto a un paisaje rural con sus vacas y sus
gallinas, la bolsa gozaba de aquel viaje, hasta que se enganchó en
una rama de un árbol centenario, solitario, con una gran cantidad de
hojas amarillentas y frutos maduros a sus pies, fue entonces cuando
se dio cuenta de que había llegado al final de su trayecto, la razón
de su existencia, su origen y su horizonte vital.
Sin un lugar desde donde
observar sin ser visto, el anciano espía no podía más que quedarse
lo más quieto posible, cual niño de seis años jugando al escondite
inglés, contemplando la danza que empezaba a tener lugar entre las
ramas de aquel viejo árbol y la bolsa que perseguía, un baile que
nacía con la bolsa queriendo acercarse al tronco mientras que las
ramas intentaban librarse de ella, continuaba con un movimiento
envolvente de la bolsa en torno a una de las ramas principales y
acababa con un reptar casi intencionado en dirección al corazón del
castaño centenario, ese 'casi' desconcertó al espía, porque de
'casi' pasó a ser un avance con total sentido e intención.
Al fin la paloma comienza
a volar, sintiéndose invencible no tiene en cuenta que su propio
peso puede más que sus alas, cayendo en una espiral de descontrol
perpetrada por la gravedad.
Envuelta en una sensación
de éxtasis impropia de una bolsa de plástico reciclada, se funde
con su creador, el castaño centenario, volviendo al hogar tras haber
pasado un sin fin de peripecias, con unas ganas infinitas de
compartirlas, pero sin forma de hacerlo, la última anécdota que
dejar en el limbo de las bolsas recicladas.
Desde el punto de vista
del espía jubilado lo único que se puede apreciar tras la
inimaginable fundición es un fogonazo de luz solar proveniente del
tronco del castaño, una luz que le revelaba también a él su origen
y su final. Nada de diapositivas mostrando lo vivido y lo olvidado,
sólo una imagen fija, música de feria y un tiovivo y una noria en
el puerto tras un inmenso algodón de azúcar, cuyo sabor iba
recorriendo sus papilas gustativas hasta su último aliento. La
infantilización de la muerte como legado de irreverencia ante todo
lo relevante en lo que le obligaron a ocupar su mente desde aquel
instante.
Demasiado cerca del suelo
la paloma reaccionaba intentando frenar su inevitable caída,
distraída por una luz de intensidad explosiva torcía el cuello en
el momento justo del impacto. El sonido del barro contra el suelo
hubiese alertado a cualquiera si alguien anduviera por allí cerca,
pero la milagrosa transformación no fue vista por nadie, y menos aún
la posterior cercenación de su cabeza.
¿Y si no había nadie
para contemplar todos y cada uno de estos acontecimientos que aquí
se relatan, cómo es que la historia puede ser contada con tal
convicción?
Porque no es alguien por
quien hay que preguntar, sino algo, la calavera de azúcar y sus
historias para conmemorar la alegría del último viaje y la
transición entre este mundo y el otro.

No hay comentarios:
Publicar un comentario