jueves, 14 de enero de 2016

LA BOLSA VIAJERA, EL ANCIANO ESPÍA, LA PALOMA SIN CABEZA Y LA CALAVERA DE AZÚCAR

El título puede que lo diga todo, pero en realidad cualquiera de esas palabras no dicen nada sin algo detrás que las acompañe. Hay que vaciarse de realidades para llegar a llenarse de historias. Y no digo que esta historia no sea real, ni ésta ni ninguna otra, sólo que cómo se desarrolle varía cada vez que se escribe.

Todo puede empezar en un día de otoño que parece de verano, por llevar la contraria.
Seguir con la descripción de un paisaje colorido, cual acuarela en medio de una monótona ciudad gris.
Llegar entonces al lugar de los hechos, una alfombra verde y ocre salpicada por personajillos insignificantes para estas letras pero demasiado importantes para los espacios que deja la imaginación como para saltárselos sin más: parejas disfrutando del cálido sol que entrecierra sus ojos, gritos indescriptibles provenientes de lugares lejanos, incluso esos famosos runners que sueñan con convertirse en runners famosos, o en runners, tal y como “corren”...
Es ahora cuando podéis comenzar a leer de verdad, o seguir imaginando, el marco ya está listo y preparado para cualquier divagación.


Una bolsa aparece por el pedregoso camino como buscando una dirección, siguiendo una ruta con sentido, una simple bolsa de plástico que parece que se ha complicado la vida.

Por un camino perpendicular pasea un viejo sombrero con su correspondiente anciano sosteniéndole sobre su cabeza cana, la cual se completa con unas gafas de sol de aviador de la Segunda Guerra Mundial y un bigote peinado a primera hora de la mañana. El traje apolillado y los zapatos lustrosos añaden lo necesario para pasar desapercibido ante miradas indiscretas. Mientras que sus pequeños ojos negros escudriñan la trayectoria tan aparentemente perfecta que va realizando aquella bolsa más allá de sus gafas de aviador.

Observando todo esto, o no, quién sabe, las palomas siempre me han parecido de lo más misterioso del reino animal, encontramos una rama más frágil de lo recomendado con una paloma más grande de lo normal, como si acabase de volver de una cena de Navidad, con cabeza, todavía.

La bolsa sigue avanzando, titubeante, eligiendo si bifurcarse en aquel cruce o no, volviendo hacia atrás un momento y, apoyada en sus asas, como observando las pocas nubes que se mueven lentamente, a su ritmo, espera un nuevo golpe de viento que la ayude a avanzar. En esos momentos de incertidumbre piensa en todos los viajes que ha ido realizando desde su fábrica de reciclado en Rotterdam hasta lo que espera que sea el final de su búsqueda aquí, ahora, pasando por mil y un ráfagas de aire, por cientos de manos y decenas de casas hasta ser libre.

Tantos vericuetos apabullan la cansada comprensión del anciano. Agachando la cabeza, con una mano cogiendo su traje y la otra tratando de aferrarse a su querido sombrero, para que el repentino vendaval que se ha levantado no se lo lleve, empieza a seguir a la bolsa, que iba cada vez más aprisa, y es que su olfato de viejo sabueso le decía que ahí pasaba algo.

La paloma también sentía aquella inesperada perturbación en la fuerza del viento, dado que la rama que sorprendentemente aguantaba su peso se balanceaba violentamente. Iniciaba entonces la acción de vuelo ruidoso que tanto caracteriza a las palomas, un batir de alas exagerado, un movimiento de cabeza inverosímil y un impulso de sus patas muy poco artístico, pero eficaz al fin y al cabo.

Con una sonrisa literalmente pintada, junto a un paisaje rural con sus vacas y sus gallinas, la bolsa gozaba de aquel viaje, hasta que se enganchó en una rama de un árbol centenario, solitario, con una gran cantidad de hojas amarillentas y frutos maduros a sus pies, fue entonces cuando se dio cuenta de que había llegado al final de su trayecto, la razón de su existencia, su origen y su horizonte vital.

Sin un lugar desde donde observar sin ser visto, el anciano espía no podía más que quedarse lo más quieto posible, cual niño de seis años jugando al escondite inglés, contemplando la danza que empezaba a tener lugar entre las ramas de aquel viejo árbol y la bolsa que perseguía, un baile que nacía con la bolsa queriendo acercarse al tronco mientras que las ramas intentaban librarse de ella, continuaba con un movimiento envolvente de la bolsa en torno a una de las ramas principales y acababa con un reptar casi intencionado en dirección al corazón del castaño centenario, ese 'casi' desconcertó al espía, porque de 'casi' pasó a ser un avance con total sentido e intención.

Al fin la paloma comienza a volar, sintiéndose invencible no tiene en cuenta que su propio peso puede más que sus alas, cayendo en una espiral de descontrol perpetrada por la gravedad.

Envuelta en una sensación de éxtasis impropia de una bolsa de plástico reciclada, se funde con su creador, el castaño centenario, volviendo al hogar tras haber pasado un sin fin de peripecias, con unas ganas infinitas de compartirlas, pero sin forma de hacerlo, la última anécdota que dejar en el limbo de las bolsas recicladas.

Desde el punto de vista del espía jubilado lo único que se puede apreciar tras la inimaginable fundición es un fogonazo de luz solar proveniente del tronco del castaño, una luz que le revelaba también a él su origen y su final. Nada de diapositivas mostrando lo vivido y lo olvidado, sólo una imagen fija, música de feria y un tiovivo y una noria en el puerto tras un inmenso algodón de azúcar, cuyo sabor iba recorriendo sus papilas gustativas hasta su último aliento. La infantilización de la muerte como legado de irreverencia ante todo lo relevante en lo que le obligaron a ocupar su mente desde aquel instante.

Demasiado cerca del suelo la paloma reaccionaba intentando frenar su inevitable caída, distraída por una luz de intensidad explosiva torcía el cuello en el momento justo del impacto. El sonido del barro contra el suelo hubiese alertado a cualquiera si alguien anduviera por allí cerca, pero la milagrosa transformación no fue vista por nadie, y menos aún la posterior cercenación de su cabeza.

¿Y si no había nadie para contemplar todos y cada uno de estos acontecimientos que aquí se relatan, cómo es que la historia puede ser contada con tal convicción?
Porque no es alguien por quien hay que preguntar, sino algo, la calavera de azúcar y sus historias para conmemorar la alegría del último viaje y la transición entre este mundo y el otro.

 

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