Victoria estaba sentada frente a la ventana de su cuarto, que todavía
seguía albergando carreras de gotas de agua, reflejadas sobre su
escritorio por el resplandeciente sol que empezaba a llenar la
habitación, fijándose en todos los colores y en ninguno del arco
iris que ponía la guinda a la hoja en blanco que llevaba toda la
noche descansando ante sus ojos, no podía más que volver a
teletransportarse al vacío de su mente que le llevaba por los
laberintos más retorcidos hacia la nada. Y es que no había en qué
pensar sin desconcentrarse, siempre había aspectos nuevos de la vida
que observar, pero sin el tiempo suficiente como para empezar a
comprenderlos. Desde el vuelo de una mosca hasta el cosquilleo del
rayo de sol que tímidamente se cuela entre las nubes. Todo,
insignificante.
Se le ocurrió ponerle voz a aquellas gotas, imaginar qué
conversación podrían tener ante el conocimiento absoluto de que una
vez llegadas al final de la ventana, se deslizarían durante unos
pocos metros más por el alféizar y acabarían evaporándose para
volver a caer otra vez. No podía ser muy interesante, emocionante
sí, pero, ¿interesante?, demasiado predecible.
Siguió pensando en posibles historias para llenar de palabras aquel
papel que no se despegaba del escritorio, literalmente. Hasta
entonces no se había dado cuenta de que ese leve soplo de viento que
se deslizaba entre su pelo no ejercía movimiento alguno sobre el
folio, probó a dibujar en él, pero ni el bolígrafo respondía a
sus intentos de escritura, la tinta se dijo, ni el lápiz que cogió
a continuación estaba por la labor.
Desesperadamente se intentó separar del escritorio para levantarse,
pero la fuerza que imprimió al realizar esta acción no produjo
respuesta alguna por parte de la silla en la que se encontraba
sentada. Tuvo que deslizarse por entre los dos.
Una vez repuesta del susto inicial miró a su alrededor, no había
nada raro, o más bien, era todo muy normal, se conocía cada rincón
de esa habitación como si no hubiese hecho otra cosa que estar en
ella durante toda su vida. Tenía recuerdos de otros lugares, de
salir con amigas a tomar algo, de compras, a correr, a dar una vuelta
en coche… pero parecían esporádicos y rutinarios, como si todo
estuviese programado de antemano y nunca hubiese hecho algo por su
cuenta.
Decidió salir de la habitación en busca de una explicación. Ya en
el pasillo se dirigió hacia las habitaciones de sus amigas, la
primera estaba vacía e impoluta, la segunda igual de vacía pero
todo revuelta, por fin, en la tercera las vio a todas juntas: Anne
con cara de circunstancias, Iris con el rostro desencajado y Helen en
estado de shock.
Anne le explicó que se había levantado con los golpes y ruidos que
provenían de la habitación de Iris, la encontró con toda la ropa
por el suelo, intentando romper el espejo con uno de sus tacones,
cuando pudo calmarla un poco la llevo a su habitación. En medio del
pasillo se encontraron con Helen, quieta, blanca, en bata, también
se había despertado por el ruido que hacía Iris, pero su reacción
al verse incapaz de encontrarse el pulso fue de terror total.
Ninguna tenía pulso, pero todas las emociones que sentían eran muy
reales.
Consensuaron salir a la calle a pedir ayuda tras decidir que el
nerviosismo les impedía buscárselo con claridad. Una vez en la
planta baja todo parecía de lo más normal, estaba todo en su sitio
y no se observaba ninguna anomalía evidente. Sin embargo, al abrir
la puerta y salir afuera se dieron de bruces con que la realidad era
mucho más extensa de lo que ellas creían.
Estaban dentro de otra habitación más grande, donde cada objeto
tenía un tamaño desproporcionado. Tras unos minutos empezaron a
reponerse, todo a su alrededor les era conocido: allí estaba la
tienda de ropa, entre trozos de tela gigantes; el coche estaba
volcado junto a un par de aros de plata que les impedían el paso…
pero esta vez veían todo demasiado rosa: su casa, su ropa, sus
habitaciones… la vida era rosa. Aunque ahora mismo sus mentes
estaban totalmente nubladas y veían todo negro.
No sabían qué hacer, qué pensar, qué decir. Gritaron
desesperadas, se hacían preguntas en alto, se miraban unas a otras
en busca de una respuesta a una duda que siempre ha estado ahí:
“¿Quiénes somos?¿De dónde venimos?¿A dónde vamos?” Entre
tanta confusión otras compañeras fueron saliendo de sus
escondrijos, reuniéndose alrededor de ellas cuatro, como si las
hubiesen estado esperando desde el principio de los tiempos.
Tras contemplar con horror las huellas que el paso de los años en
las manos de atroces seres habían ido dejando sobre la mayoría de
ellas, desde ojos arrancados hasta intercambios de torsos y cabezas,
Victoria condujo a las marionetas para que se despojaran de aquellos
hilos que planificaban su vida, incitó a los osos de peluche a dejar
de reprimir su naturaleza y junto a sus compañeras, a lomos de My
Little Ponies, encabezaron la masacre contra la tiranía de aquellos
seres gigantes que no las tenían en cuenta.
Todo apocalipsis acaba llegando, por muy pequeño que sea.
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