martes, 29 de marzo de 2016

Pequeño Despertar

Victoria estaba sentada frente a la ventana de su cuarto, que todavía seguía albergando carreras de gotas de agua, reflejadas sobre su escritorio por el resplandeciente sol que empezaba a llenar la habitación, fijándose en todos los colores y en ninguno del arco iris que ponía la guinda a la hoja en blanco que llevaba toda la noche descansando ante sus ojos, no podía más que volver a teletransportarse al vacío de su mente que le llevaba por los laberintos más retorcidos hacia la nada. Y es que no había en qué pensar sin desconcentrarse, siempre había aspectos nuevos de la vida que observar, pero sin el tiempo suficiente como para empezar a comprenderlos. Desde el vuelo de una mosca hasta el cosquilleo del rayo de sol que tímidamente se cuela entre las nubes. Todo, insignificante.

Se le ocurrió ponerle voz a aquellas gotas, imaginar qué conversación podrían tener ante el conocimiento absoluto de que una vez llegadas al final de la ventana, se deslizarían durante unos pocos metros más por el alféizar y acabarían evaporándose para volver a caer otra vez. No podía ser muy interesante, emocionante sí, pero, ¿interesante?, demasiado predecible.

Siguió pensando en posibles historias para llenar de palabras aquel papel que no se despegaba del escritorio, literalmente. Hasta entonces no se había dado cuenta de que ese leve soplo de viento que se deslizaba entre su pelo no ejercía movimiento alguno sobre el folio, probó a dibujar en él, pero ni el bolígrafo respondía a sus intentos de escritura, la tinta se dijo, ni el lápiz que cogió a continuación estaba por la labor.

Desesperadamente se intentó separar del escritorio para levantarse, pero la fuerza que imprimió al realizar esta acción no produjo respuesta alguna por parte de la silla en la que se encontraba sentada. Tuvo que deslizarse por entre los dos.

Una vez repuesta del susto inicial miró a su alrededor, no había nada raro, o más bien, era todo muy normal, se conocía cada rincón de esa habitación como si no hubiese hecho otra cosa que estar en ella durante toda su vida. Tenía recuerdos de otros lugares, de salir con amigas a tomar algo, de compras, a correr, a dar una vuelta en coche… pero parecían esporádicos y rutinarios, como si todo estuviese programado de antemano y nunca hubiese hecho algo por su cuenta.

Decidió salir de la habitación en busca de una explicación. Ya en el pasillo se dirigió hacia las habitaciones de sus amigas, la primera estaba vacía e impoluta, la segunda igual de vacía pero todo revuelta, por fin, en la tercera las vio a todas juntas: Anne con cara de circunstancias, Iris con el rostro desencajado y Helen en estado de shock.

Anne le explicó que se había levantado con los golpes y ruidos que provenían de la habitación de Iris, la encontró con toda la ropa por el suelo, intentando romper el espejo con uno de sus tacones, cuando pudo calmarla un poco la llevo a su habitación. En medio del pasillo se encontraron con Helen, quieta, blanca, en bata, también se había despertado por el ruido que hacía Iris, pero su reacción al verse incapaz de encontrarse el pulso fue de terror total.

Ninguna tenía pulso, pero todas las emociones que sentían eran muy reales.

Consensuaron salir a la calle a pedir ayuda tras decidir que el nerviosismo les impedía buscárselo con claridad. Una vez en la planta baja todo parecía de lo más normal, estaba todo en su sitio y no se observaba ninguna anomalía evidente. Sin embargo, al abrir la puerta y salir afuera se dieron de bruces con que la realidad era mucho más extensa de lo que ellas creían.

Estaban dentro de otra habitación más grande, donde cada objeto tenía un tamaño desproporcionado. Tras unos minutos empezaron a reponerse, todo a su alrededor les era conocido: allí estaba la tienda de ropa, entre trozos de tela gigantes; el coche estaba volcado junto a un par de aros de plata que les impedían el paso… pero esta vez veían todo demasiado rosa: su casa, su ropa, sus habitaciones… la vida era rosa. Aunque ahora mismo sus mentes estaban totalmente nubladas y veían todo negro.

No sabían qué hacer, qué pensar, qué decir. Gritaron desesperadas, se hacían preguntas en alto, se miraban unas a otras en busca de una respuesta a una duda que siempre ha estado ahí: “¿Quiénes somos?¿De dónde venimos?¿A dónde vamos?” Entre tanta confusión otras compañeras fueron saliendo de sus escondrijos, reuniéndose alrededor de ellas cuatro, como si las hubiesen estado esperando desde el principio de los tiempos.

Tras contemplar con horror las huellas que el paso de los años en las manos de atroces seres habían ido dejando sobre la mayoría de ellas, desde ojos arrancados hasta intercambios de torsos y cabezas, Victoria condujo a las marionetas para que se despojaran de aquellos hilos que planificaban su vida, incitó a los osos de peluche a dejar de reprimir su naturaleza y junto a sus compañeras, a lomos de My Little Ponies, encabezaron la masacre contra la tiranía de aquellos seres gigantes que no las tenían en cuenta.

Todo apocalipsis acaba llegando, por muy pequeño que sea.

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