-“Aquí nada empieza y
nada acaba, más bien es todo un bucle. No hay principio del fin ni fin del
principio.”-
Cada día era pura rutina para aquel
conductor de autobús de línea: a las 5 de la mañana se levantaba, siempre a ‘en punto’, no admitía ni un segundo de
retraso ni uno de adelanto; en cuanto sonaban las señales horarias en el
radio-despertador que había en la mesilla de noche se levantaba para, acto
seguido, dirigirse al baño, tres pasos, comenzando por el pie izquierdo, -“¡para qué creer en esa tontería de las
supersticiones, esas son cosas de maniáticos que necesitan tener el control
sobre cada paso que dan!”- pensaba, el a partir de ahora llamado, nuestro
amigo el autobusero, mientras daba su segundo paso con la derecha; y se iba
riendo de aquellos pobres desgraciados en el momento en el que posaba la punta
del dedo gordo del pie izquierdo en el umbral de la puerta del baño, ni un
centímetro de más ni uno de menos.
Una vez dentro del baño llevaba a
cabo un movimiento rotatorio de 90º para encontrarse de frente con el plato de
la ducha y, con los dos pies juntos y posados en su totalidad en el suelo, flexionaba
su pierna izquierda hasta que la rodilla estuviera perpendicular al tronco,
entonces, y sólo entonces, dejaba caer su pie sobre la ducha, impactando con
suavidad pero con firmeza en aquellos azulejos, resbaladizos a causa del agua,
que tanto odiaba cuando se estaba duchando, pero que tanto le gustaban cuando
se encontraban secos en su totalidad, para demostrarse a sí mismo, y a aquellos
azulejos, que era él quién mandaba en el cuarto de baño.
Cuando encontraba el punto donde
podía mantener el equilibrio suficiente como para poder ducharse sin riesgo a
sufrir caída alguna procedía a la misma, ésta duraba 20 minutos exactos,
empezando por la cabeza y acabando en la punta de aquel dedo que le había dado
acceso al cuarto de baño, no entraré en más detalles por aprecio al lector.
A continuación, y una vez se hubiese
acicalado debidamente, cogía el brick de leche y el sobre de café instantáneo,
se sentaba a desayunar una vez que sonaban las señales horarias de ‘y media’ en aquel radio-despertador,
normalmente la taza de café, blanca y con el escudo del Madrid en el frontal,
iba acompañada de uno o dos pares de galletas María, digo normalmente porque en
este punto era en el único en el que nuestro amigo autobusero se permitía un poco
de libertad.
Recogía y limpiaba toda la casa con
el mismo ritmo cada día, lo cual significaba que siempre le quedaban dos
minutos para lavarse los dientes metódicamente, y esperar otro para poder salir
de su casa a ‘menos cuarto’.
Todos
los días salía a la misma hora y seguía estos mismos pasos, no dejaba nada al
azar, ni las tres vueltas que daba a la llave al cerrar la puerta de su casa (aunque
sólo se necesitasen dos para cerrarlo correctamente), ni los 3 toques en la
barandilla por piso que bajaba, ni tan siquiera los 2509 pasos que tenía que
dar desde la puerta de su portal para llegar a la estación de autobuses, donde
se encontraba su forma de vida, a las 6 en punto y, como puedes imaginar, sin
un minuto de más ni uno de menos.
¿Y
por qué las denomino ‘su’ casa y ‘su’ autobús si tenemos en cuenta que
una de ellas es del banco y la otra de la empresa?
¡Porque
no vamos a ponernos ahora tiquismiquis con algo que le pasa a medio país, y
menos por un piso de 50 metros cuadrados en las afueras, sin aire acondicionado
y sin ascensor para llegar a ese octavo piso, ni con ese autobús destartalado,
por mucho cariño que ponga en su cuidado su residente temporal!
Mientras
todo esto pasaba en la vida de nuestro amigo el autobusero, en el extrarradio
del otro lado de la ciudad, dependiendo del día, un chico podía estar volviendo
de una fiesta en algún local o de un simple botellón, montado en un autobús
nocturno. En el mismo en el que un joven de 23 años, mileurista y viviendo todavía en casa de sus padres, volvía de un
duro día de trabajo en ese segundo empleo que no le dejaba tiempo para salir,
pero cuya remuneración mantenía vivas las ilusiones de alzar el vuelo y salir
del nido, por fin, en un par de años.
Volviendo
a nuestro amigo el autobusero, y a su rutina de cada día, decir que, desde que
empezaba su turno hasta que terminaba se dedicaba en cuerpo y alma a su
trabajo, sin concederse ninguna distracción pero atendiendo a cada pasajero
como si fuera el único, y hablando con aquel entrañable anciano durante 14
paradas, a las 9 y a las 16 horas, tan exactas que parecía haberlas planificado
nuestro amigo.
Por
casualidades del destino, o por azares de la vida, aquel joven mileurista consiguió un trabajo en ese
otro extremo de la ciudad, bien pagado y con bastantes expectativas de poder ir
a mejor, lo único malo era la situación, hora y media en tren y entre cuarto de
hora y 30 minutos en autobús, ya puedes imaginar en qué autobús…
Y
es que él quería independizarse, pero esa palabra conllevaba demasiados
obstáculos a superar. No consiste solamente en irte de casa de tus padres y
vivir en un cuchitril (como normalmente se hace) más bien es, como muy correctamente
dice la propia palabra, no depender de ellos. Y eso no es lo más complicado,
intentaré explicarlo brevemente: el transporte has de pagártelo de tu bolsillo,
ya sea público ya sea privado, y este último, entre el dinero que cuesta
conseguirlo y mantenerlo luego… mejor ir en bici; luego está lo de la casa, no
es sólo irte, sino no volver cada día a que te limpien la ropa, te la planchen,
etc.; ni volver a por la comida de tu madre, una o dos veces a la semana vale,
¿¡pero 30!?, ¡qué no hay tantas comidas!; y luego están los que viven en otra
casa pero que parece que están de vacaciones permanentes, como si estuvieran
tirados en esos cruceros en los que te ponen una pulserita y te crees el rey
del mundo porque te sale todo ‘gratis’,
valientes gilipollas…
Seguramente
me habré dejado bastantes temas que tocar, pero creo haber tratado los
suficientes como para que puedas hacerte una idea del significado ‘real’ de independizarse.
El
caso es que nuestro nuevo y joven amigo aceptó el trabajo, como era de esperar,
y lo convirtió en su única ocupación, pudiendo así ver un poco más a sus amigos
y haciendo felices a sus padres, ya que ahora, con este nuevo empleo, por lo
menos le veían entrar en casa a unas horas más o menos decentes, y no tenían
que ajustarse tanto el cinturón para llegar a fin de mes.
No
se podía decir lo mismo de aquel adolescente que iba dando tumbos durante el
camino de vuelta a casa, siempre buscaba un momento para pasar por allí, pero
no lo hacía con tanta frecuencia como su conciencia le indicaba que lo hiciera.
Y es que su padre ya casi no se acordaba de él, como de tantas otras cosas, y
cada día que pasaba su memoria decaía un poco más. No era por la bebida, tampoco
por la melancolía y nostalgia que se habían adueñado de su corazón, era por las
medicinas, esas drogas que le hacía tomarse el médico para que pudiera seguir
viviendo, por lo menos, un año más.
Sobrevivir
a un tumor cerebral puede considerarse un acto divino, siempre y cuando
recuperes las facultades básicas, pero también puede llegar a ser una putada si
cada año te dicen que te quedan solamente doce meses más de vida y, en el
camino, vas olvidándote de todo y empezando a recordar cosas que nunca pasaron.
Además el sufrimiento va en aumento día tras día, sin poder evitarlo de ninguna
manera.
Su
padre no quería verle ni en pintura, por eso cada vez que notaba su presencia,
y aunque durante estas apariciones esporádicas por casa se encargaba de él
mejor que cualquier enfermera que le mandaba el estado, le echaba la bronca, no
por no pasar más a menudo, sino por seguir acordándose de él.
Según
su padre, tenía que seguir adelante con su vida y olvidarse de su persona, y de
todo lo que le recordase a él, para así no hundirse una vez que se acabase
todo, para poder dejar el sufrimiento a un lado más fácilmente, sin conservar ningún
recuerdo de ese pasado turbio y, por lo tanto, sin remordimiento alguno, para
que él, un día, cuanto antes, pudiese vislumbrar aquel futuro claro y sin
preocupaciones que tanto ansiaba su padre.
Al
cabo de unas pocas semanas llegó el momento, todo ocurrió muy rápido, una
noche, de las pocas en las que dormía en casa, su padre empezó a llamarle insistentemente
pidiéndole un vaso de agua, cuando éste estuvo allí, de pie, a su lado, con el
vaso en la mano, su padre le cogió la otra con fuerza y, simplemente, dejó de
respirar, sin esperpénticas muecas ni movimientos exagerados, pero produciendo
el mismo efecto, la caída del vaso de la mano del chico y su posterior rotura
contra el suelo, derramando todo su contenido.
Liberó
la otra mano de la de su padre antes de que se produjera el rigor mortis y tuviese que llevar a cabo
la separación a la fuerza, en cuanto esto tuvo lugar nuestro amigo notó que
había un trozo de papel arrugado dentro de su mano. Abrió y cerró tan rápido
éste que parecía difícil que pudiese haber leído algo, aun así hizo solamente
una cosa, coger sus cosas e irse, no sin antes pasar por comisaría para
informar de la muerte de su padre, lo que no esperaba era tener que aguantar
todas aquellas preguntas estúpidas, que parecen ser lo habitual en situaciones
como ésta: qué si sabía de alguien que quisiera matarle, qué si no habría sido
él (esta pregunta venía acompañada de una sonrisa de aquel gilipollas que
quería hacerse el gracioso porque no soportaba los momentos tensos), qué si
había considerado la posibilidad de…, qué si…, qué si…
Una
vez realizado este absurdo trámite cogió el primer tren que pasaba por la
estación y se hundió en el asiento.
Me ha gustado esa confluencia de las historias... Like! ;)
ResponderEliminar¡Gracias por leer! No sabía si iba a ser muy lioso...
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