Cuando salí de clase, solo, como siempre, me dirigí a la estación, pensando en mis cosas, pensando en qué podía decir para llamar tu atención, en qué palabras podía plasmar en mi cuaderno para enseñártelas a la mañana siguiente, o cuando quisiera el destino alegrarme el corazón y que, aunque sólo fuese para criticarlo, me dirigieses la palabra otra vez, y me mirases con esos ojos, tan verdes y tan vivos.
En el camino no veía más allá de mis pies y no oía más allá de la música en mis cascos, siguiendo estrictamente el sendero que llevaba a la estación, para no distraerme con posibles encuentros casuales, de esos vacuos y sin sentido, y así llegar con mis pensamientos aún intactos y ordenados.
Pero en cuanto puse un pie en el andén todo ese orden se fue al traste, ahí estabas tú, sentada en el banco, esperando que pasasen los 4 minutos que ponía en el panel digital que iba a tardar el tren en llegar. Pasé a tu lado y te miré tímidamente, me sonreíste y eso hizo que el poco orden que aún conservaba en mi cerebro se esfumase como el humo.
Como ese maldito humo que me hizo toser antes de poder abrir la boca para intentar iniciar algún tipo de conversación, pero que hizo que te rieras y que esa conversación tuviera un tema del que tratar.
El trayecto me pareció más corto que todas las demás veces juntas y casi me salto mi parada, aunque no me habría importado, ya que tus palabras todavía retumban en mi cabeza, esas palabras que decías mientras se empezaban a cerrar las puertas: -“Quedamos mañana, si quieres, a no ser que no llegues a casa hoy”- a lo que siguió esa risa tan tuya, tan estridente, que me gustaba más que cualquiera otra, esa risa que llamaba la atención de todos y que, a mi parecer, tenía ritmo.
Todos estos pensamientos que he conseguido ordenar los voy plasmando en mi cuaderno, para que me digas que soy un nostálgico, un soñador… y así poder ver una sonrisa en tu cara, una expresión de felicidad en tus ojos… poder oír tu risa un poco más cuando te empiece a contar otros recuerdos, recuerdos alegres de mi niñez, el único momento de mi vida, hasta ahora, en que fui feliz de verdad.
Hasta hace pocas semanas sentía que no había hecho nada de provecho, que necesitaba explotar de alguna manera, salir de mi cáscara y gritar al viento que yo he hecho algo importante en esta vida, aunque sólo sea el haberte conocido, el haberte hecho feliz durante unos mínimos instantes de tu vida.
Y ahora estoy aquí tirado, en medio de la nada, ubicado, aproximadamente, a mitad de camino entre mi imaginación y tu sonrisa, con algunas piedras molestándome en la espalda, pero que no tienen mucha importancia mientras consiga inspirarme gracias a ti, y a este cielo estrellado, que me agradaba la vista y me la fastidiaba a la vez, porque escribir con una luz tan tenue era más difícil de lo que me había imaginado.
-----------------------------------------------
De repente sonó mi teléfono, devolviéndome a la realidad, era mi madre, que quería saber dónde estaba y porqué no volvía a casa ya.
Entonces oí un estruendo tal que me impedía seguir escuchando a mi madre, cuando giré la cabeza no vi nada, no porque estuviese oscuro sino porque había una luz que me cegaba por completo, la cual me obligó a desviar la mirada. Mis ojos se posaron en el suelo y, hasta que no se volvieron a acostumbrar a la oscuridad, no conseguí darme cuenta de que aquellas piedras que me estuvieron fastidiando la espalda eran, en realidad, vías de tren.
Es en momentos como éste cuando uno se supone que ve pasar su vida en diapositivas delante de sus ojos, pero a mí sólo se me apareció tu cara, una y otra vez, no sabría explicar porqué, te había conocido hoy pero ya estabas más arraigada en mis recuerdos que cualquier otra persona, que cualquier otro lugar, que cualquier otro hecho digno de ser recordado.
Y ahora que estás aquí, que has leído aquel fragmento de mis pensamientos anotados en una hoja, no dices nada, ¿qué te pasa?, ¿por qué simplemente me acaricias la cara?
Entonces te pones a llorar y no entiendo nada, todo empieza a difuminarse, grito pero ya nadie puede escucharme, todo lo dicho te ha llegado a lo más profundo de tu corazón, o por lo menos eso es lo que consigo descifrar de tus palabras dichas entre llantos con el poco entendimiento que aún me queda.
Mis manos empiezan a perder la poca fuerza que tenían y se desprenden de tu mano, de tu cálida mano…
Ahora empiezo a tener frío e intento levantarme, sin éxito…
Ya no siento nada, mis párpados empiezan a pesar demasiado, pero todavía puedo ver tu cara, esa cara que consiguió adueñarse de mis pensamientos, de mis recuerdos… de mi corazón…
Todavía con la inconsciencia cerniéndose sobre mí siento que tú estás a mi lado, siento tu dolor, tu desesperación… ¿Tanto había calado un pobre chico como yo en ti? ¿Qué había hecho? ¿Cómo? Las preguntas me venían como un torrente, mis fuerzas ya me abandonan por completo y las respuestas no llegan a través de ninguna vía.
Pero, de todas maneras, sé que siempre estarás a mi lado. Tú, sólo tú.

No hay comentarios:
Publicar un comentario