jueves, 20 de marzo de 2014

Entre la Nada y el Nunca [Siguiendo...]


            Mientras todo esto acontecía en ese lado de la ciudad, en el otro, nuestro autobusero intentaba acomodarse a tener un nuevo pasajero durante tantas paradas, su saludo jovial y entusiasta le hacía creer en su existencia para otro tipo de personas, además de para aquel anciano, de tal manera que le desconcertaba y le rompía su conducta rutinaria, seriedad en el conducir y amabilidad en el trato con todos y cada uno de sus pasajeros durante el breve instante en el cual éstos le hacían caso. Y es que ya no se podía quitar de la cabeza ese saludo, que se producía tanto en la ida como en la vuelta, durante todo el trayecto.

Nuestro joven amigo se encontraba tan contento a causa de su nuevo empleo. Todo iba viento en popa, aquel trabajo en una empresa de publicidad emergente le ayudaba a forjarse como diseñador gráfico, y es que aquellos otros empleos de ilustrador de libros de texto y ayudante del restaurador en el museo de historia natural no eran exactamente su vocación, su sueño, pero eso de ser escenógrafo en las películas de Hollywood quedaba todavía bastante lejos.
Esa felicidad se reflejaba en todos sus actos, hasta en los más insignificantes, como ese saludo y la posterior despedida del autobusero. Esta forma de ser llamaba la atención a casi todas las mujeres que trabajaban en la empresa, le hacía ser deseado por un gran número de ellas y, a su vez, ser envidiado, e incluso odiado, por la mayoría de los hombres.
Pero esta actitud de sus compañeros y compañeras no afectaba en absoluto a su dedicación, él seguía con esa sonrisa permanente y ese halo de felicidad, cualidades que desconcertaban a conocidos y a extraños, también a aquellos que todavía se encontraban a medio camino de ser considerados de un tipo u otro.

Sentimientos totalmente contrarios a los que recorrían la mente del otro muchacho, todavía hundido en el asiento, dirigiéndose a ningún sitio. Su conciencia le reconcomía por haber dejado así a su padre, solo, -“¿pero no era eso lo que él había querido?, entonces, ¿por qué preocuparse?”- Aún diciéndose esto una y otra vez no podía sacárselo de la cabeza. Se hundió un poco más en el asiento para ver si al dormir un poco se le aclaraban las ideas.

Esto mismo estuvo intentando conseguir nuestro amigo autobusero y, ahora, por fin, tenía una conclusión: -“Aquel joven era así y hacía esas cosas porque tenía ‘algo’ que le hacía feliz en ese momento, ‘algo nuevo’, pero, en cuanto pasase un tiempo, se volvería igual de rutinario que todos los demás pasajeros, así que bastaba con esperar el tiempo suficiente, el que fuera directamente proporcional a la felicidad que le proporcionase ese ‘algo’.”-
En cuestión de espera él sabía bastante, todavía seguía esperando a que volviese su amada, y a que le tocase la lotería.
-“Pero, ¿y si no era así?, ¿y si seguía igual de feliz durante más tiempo del establecido? Eso querría decir que hay ‘algo’ ahí fuera para cada uno que hace que la vida tenga sentido y sea diferente cada hora de cada día, entonces… ¿habría que salir a buscarlo o con esperar sentado valía?”-
El saludo jovial y entusiasta de aquel joven que copaba sus pensamientos le sacó de ellos, pero le hizo entrar en una profunda reflexión que no cesó hasta el día siguiente.

El día amaneció soleado y caluroso como pocos, así que nuestro amigo decidió andar unas cuantas calles, saltarse unas cuantas paradas, para notar el cosquilleo de los rayos del sol en su cara. Cinco paradas más adelante se encontró con una compañera, que tendría, calculando a ojo, su misma edad, intentando arrancar su moto. Fue hacia ella y la saludó, ella se sobresaltó de tal manera que casi le suelta un guantazo, al volver la cabeza vio la cara del chico nuevo, de ese chico con el que había soñado un par de veces desde su llegada a la empresa.
Al ver que ella se ruborizaba de una manera un tanto embarazosa no tuvo más remedio que soltar una de esas bromas malas que se suelen decir para salir del paso: -“Se ve que a tu moto, con el calor, tampoco le apetece mucho trabajar…”-  Risa nerviosa y complaciente de ambos, seguida de un par de besos de cortesía y una preocupación desinteresada por el estado del otro. En esas estaban cuando vieron un autobús, al que se subieron para poder llegar a tiempo al trabajo, no era el autobús de nuestro amigo, pero era un autobús al fin y al cabo.

La vida de esta chica no era ni extravagante ni tremebunda, no tenía siquiera un mínimo de interés para el resto del mundo, pero aun así tenía ‘algo’, ese ‘algo’ que convierte una vida vacía en una historia decente.
Había sido una buena estudiante desde pequeñita y lo seguía demostrando todavía en su último año de Telecomunicaciones, carrera a la que asistía en el turno de noche, como hizo durante el Bachillerato, debido al deseo expreso de sus padres de que su única hija siguiera adelante con el negocio familiar, una peluquería.
Así que ella trabajaba en la peluquería por las tardes y asistía a clase por las noches, dejando las mañanas libres para estudiar y, en casos excepcionales, atender la peluquería, ayudando a sus padres a no perder a los viejos clientes, viejos en ambos sentidos de la palabra. Aunque, ahora, con las prácticas en la empresa, la peluquería estaba quedando en segundo plano, hecho que cabreaba mucho a su padre, el cual decidió ignorarla sin más. Era su madre la que tenía que apoyarla, pero lo hacía sólo a veces, ya que en el caso de que su hija trabajase en otro sitio tendrían que vender la peluquería, ese pequeño trozo de historia familiar, ese local que tan gratos recuerdos albergaba en su interior…
-“¡Es el sitio donde nos conocimos!”- clamaba su madre –“¡y donde se conocieron tus abuelos!”- puntualizaba su padre.
-“¿Acaso querían seguir con esa horrible (vamos a llamarla tradición familiar) generación tras generación?”- se preguntaba para sus adentros, con tanta convicción que parecía que iba a formularla con sólo pasarse ésta por su mente, pero con el inconveniente de que era ella misma la que se lo impedía, por temor a una respuesta rotundamente afirmativa y, por lo tanto, a que sus sueños, ese deseo de vivir una vida totalmente diferente a la de sus padres, esas ansías de poder elegir su siguiente paso… se esfumasen -“¿simplemente esperar a que aparezca alguien, sin esforzarse, sin arriesgarse?”- era otra pregunta que se hacía frecuentemente y, a la cual, igual que a la anterior, prefería no obtener respuesta. Hasta ese momento, pensó que en él podía encontrarla, parecía tan feliz…

En esas estaban cuando entraron en el edificio, fue entonces cuando sintieron esas miradas frías, llenas de odio y envidia, que les borraron a ambos la sonrisa de sus caras y el sentimiento de felicidad de sus mentes, sustituyéndolos por una mezcla de vergüenza y confusión.

Con ese mismo sentimiento de confusión se acababa de levantar, estrepitosamente, nuestro amigo de menor edad, debido al sueño que había tenido, imágenes intermitentes de su madre y recuerdos de su niñez, cuando todavía eran una familia. –“Pero fue ella la que se marchó a América, dejándole ahí, solo con su padre, cuando éste estaba en el inicio de su enfermedad, simples jaquecas que más tarde derivaron en ese maldito tumor cerebral.”-
Se hallaba confuso, no sabía que debía hacer, llamar a su madre, intentar retomar el contacto, o seguir con su vida, solo…
-“¿Pero dónde?, ¿dónde se dirigía aquel tren?”- Prestó un poco de atención a la voz de megafonía, a esa voz que no llegaba a comprender, pero que vocalizó bastante bien aquellas últimas palabras, como si se dirigiese a él: -“Fin de trayecto.”-

En aquel sentimiento de confusión también estaba metida la mente de nuestro amigo el autobusero mientras seguía su ruta. Ahora que se había empezado a hacer preguntas acerca de si su actitud pasiva ante la vida era una forma correcta de afrontarla, justo en ese instante, aquel joven desaparece de su rutina. Le estaba provocando un estado de turbación tal que casi se olvida de que estaba llegando al final de su trayecto.

 -“Fin del trayecto.”- eran las palabras que resonaban en la cabeza de nuestro joven amigo mientras seguía ahí parado, en el umbral de la puerta, con todas esas miradas acusadoras dirigidas a él, y a su compañera. Fin de ese camino dorado, tanto que parecía un sueño, y que ahora se convertiría en pesadilla, o peor aún, se desvanecería por completo en el aire, como si volviese a tener que levantarse de la cama para cumplir aquellos tortuosos horarios en sendos trabajos faltos de interés.
-“¿Pero, por qué?, ¡no hemos hecho nada!, ¿o es que acaso un par de compañeros de trabajo no pueden llegar, juntos y felices, a sus puestos?”- se decía mientras todos los ojos mantenían el blanco fijado en ellos.
Entonces cogió la mano de su compañera y atravesó la oficina, sin mirar a los lados y olvidándose de todas esas miradas que se le clavaban en la nuca. En cuanto cada uno estuvo sentado en su sitio todos volvieron al trabajo, como si nada de lo ocurrido con anterioridad hubiese tenido lugar. -“Que extraño…”- pensó nuestro amigo.

Ella se sentía rara, como si en ese corto trayecto, en el que iba mirando a todos a los ojos y veía esa mezcla de sorpresa y furia en sus caras, se hubiese evadido de su cuerpo, no sintió nada entonces y, ahora, una vez que estaba resguardada en su escritorio, en frente de su ordenador y rodeada de sus recuerdos, todas esas sensaciones acumuladas cayeron como un torrente sobre ella: vergüenza, soberbia, confusión, dolor, mareo, felicidad, éxtasis… amor. –“Que extraño…”- pensaba mientras se ruborizaba al darse cuenta de que él la miraba.

Lo más extraño de todo el viaje era ese sitio, una parada en medio de una gran explanada, por no decir en medio de la nada, y un cartel que debía contener el nombre de aquel… ¿sitio?, partido por la mitad, en el cual sólo se llegaban a distinguir un conjunto de letras que no eran de gran ayuda: ‘LA |’, ese palo final podía ser cualquier cosa, aunque una vez te acercabas a él se podían distinguir un par de protuberancias en la parte superior, con lo cual la búsqueda se reducía a una ‘P’, una ‘R’ y una ‘F’.
Sumido como estaba en sus pensamientos no se dio cuenta de que una chica le observaba desde el final del andén, la cual seguramente estaría pensando algo así como: -“¡Qué tío tan raro!”- Y es que mirar de cerca un cartel roto, como si fueses a reconstruirlo a partir de la nada, es para pensar: “Qué extraño…”

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