-‘¿Puedo
quedarme con sus juguetes?’- preguntó Johnson al sargento mientras todos
los demás intentábamos salir de allí.
-‘¿¡Qué
quiere hacer qué!?’- respondió el sargento con la vena de la nuca hinchada,
cómo siempre que estaba a punto de echar una bronca o, simplemente, daba unas
órdenes.
-‘Quedarme
con la bandera, la pistola…’- se acojonó según iba pensando en lo que iba a decir, pero prosiguió, al ver
que el sargento esperaba impaciente oír aquellas palabras -‘… y el diente de oro… señor…’
-‘¡Vaya
y cójalos, hijo! Si son los dientes de un puto amarillo, ¿¡a quién le importan!’?-
acto seguido soltó una carcajada que nos heló la sangre a todos.
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