Nuestro amigo el autobusero se sentía extrañamente liberado, y es que por una vez no estaba siguiendo su rutina, en vez de irse a casa después de un duro día de trabajo sus pasos le dirigieron a un bar, un bar donde se encontraban todos vestidos igual que él, hecho en el que ni se fijó, simplemente se sentó en la barra y pidió una cerveza, como la piden en las películas esos actores atractivos, con una voz modulada y sintiéndose seguro: -“¡Camarero! ¡Una cerveza fría! Y algo de picar.”- ya que nunca antes había pedido nada de verdad en un bar, sólo entraba si tenía una necesidad imperiosa de ir al baño, y pidiendo un simple vaso de agua para no llamar mucho la atención, a pesar de lo cual los camareros siempre le miraban mal, si le veían. Pero esta vez se hizo notar y al poco tiempo su pedido se encontraba enfrente de él.
Cogió
la jarra de cerveza y dejó que el borde tocase sus labios, sintiendo un
escalofrío recorriéndole la espalda, permitió que aquel líquido se deslizase
por su garganta hasta la última gota, como si de agua se tratase, aliviándole
la sed e incrementando su sensación de libertad. Mientras tanto su mente
trabajaba intentando encontrar una explicación a la desaparición de aquel joven
de su autobús.
En
el trabajo todo el día se mantuvo esa calma tensa que te consigue poner los
pelos de punta, incluso al término del horario laboral no se movió ni un alma,
parecía como si todos estuviesen esperando a que él, o ella, quién sabe, se
levantase, para ver si se iban juntos o si todo había sido un simple espejismo.
Un
simple espejismo, un sueño demasiado bonito para ser verdad, eso era lo que
había sido todo aquello. Entonces, no sabía si por ayudarla o simplemente por
joder a todos los demás, dijo: -“Lo mejor
será irse como si nada, mañana seguro que estos cabrones se han olvidado de
todo.”- A lo que ella sólo supo responder con una sonrisa.
Una
sonrisa, eso es lo que creyó distinguir en la cara de aquella chica que le
observaba desde el final del andén, pero no una sonrisa que denotase felicidad,
ni unas ganas ahogadas de reírse de que él, el gilipollas que miraba un letrero
roto, estuviese intentando descifrar un nombre tan fácil, y tan obvio, como ‘LA ROTA’, esa sonrisa que adornaba su
cara era tierna, como si estuviese viendo a un cachorro perdido en medio de la
carretera.
Perdido
en la autopista de sus pensamientos, y mientras el líquido que ocupaba su jarra
empezaba a ser fruto de su imaginación, no se percató de que sus compañeros
hablaban de él como si no le hubiesen visto nunca. Cuando sus labios se
humedecieron por última vez pidió otra, en la espera empezó a oír una serie de
murmullos que le sacaron de su mundo, se acercó al lugar de donde estos
procedían y, sin mediar palabra, se sentó en el único asiento que había libre
en aquella mesa. Pasaron un rato observándose unos a otros, esperando a que
alguno empezase una especie de conversación, por el contrario, se hizo un
silencio terriblemente incómodo.
Ese
silencio sepulcral les puso la piel de gallina a ambos y, por un acto reflejo o
porque lo estaba deseando desde hacia tiempo, cogió fuertemente su brazo y se acercó
a él de tal manera que hasta nuestro amigo se sorprendió y aligeró el paso.
Al
salir les sobrevino una brisa cálida, ese soplo de aire que ni siquiera
refresca pero que disminuye la sensación de calor no se sabe porqué, el cual
les sacó inmediatamente de esa sensación de frío y angustia que les recorría
todo el cuerpo. Aun así ella seguía pegada a nuestro joven amigo, quien decidió
arrimarse todavía más para que ella no levantase de pronto la mirada y
enrojeciese, y entonces todo pudiese haber acabado aun no habiendo empezado.
Ella
tampoco deseaba ese final así que cerró los ojos y se dejó guiar. Siguió con
esa confianza ciega hasta que se detuvieron, entonces, y sólo entonces, empezó
a abrir sus ojos, con miedo, primero uno, lo más lento que pudo, como si se
tratase de una cría recién nacida que teme saber qué es lo que le rodea. Ese
mismo temor reflejaban sus ojos cuando consiguió abrir ambos y su mirada se
cruzó con la de él, miedo a conocerse y a lo desconocido.
-“Cruzar la mirada con una desconocida no es
lo peor que me podría haber pasado en este inhóspito lugar.”- pensaba
nuestro amigo, aún inmóvil delante de aquel cartel. Ella no se movía, no tenía
porqué, era él quien debía acercarse y, en su caso, como siempre le había
pasado, a resignarse viéndola marchar.
Decidió
moverse, preparado para no volver a verla nunca más. Según se acercaba mejor
veía sus facciones: esa melena negra, no muy larga, pero sí lo suficiente como
para que se moviese de forma cinematográfica con el viento; esos ojos verdes, brillantes,
y abiertos de tal manera que parecían expresar sorpresa, o miedo; esa cara, que
parecía tener una piel tan suave como el terciopelo; y qué decir del resto del
cuerpo, curva infinita tras curva infinita, no se podía expresar con palabras.
Una vez que estuvo lo suficientemente cerca
como para hablar sin necesidad de gritar no conseguía expresar ningún tipo de
ruido, la veía tan frágil, no quería entrometerse en la vida de algo tan
admirable, no podía llevar a pique aquella belleza de una manera tan repentina.
Entonces
fue ella quien movió sus labios, esos labios que, en cuanto hizo un simple
ademán por abrirlos, empezaron a tentar de una manera sobrenatural a nuestro
amigo, parecía que ese momento no iba a acabar nunca, que no iba a hablar, que
sólo movería sus labios para incitarle a decir o hacer cualquier cosa. Ella se
limitó a decir “Hola” y sonreír,
esperando respuesta.
Esperando
respuesta a una pregunta que nadie había hecho empezó a saborear su segunda
cerveza, siguió bebiendo hasta que no le quedó nada en la jarra, fue entonces
cuando uno de aquellos clones, vestidos de la misma manera, masticando sin
cesar esos frutos secos con sal que siempre ponen en los bares para darte sed,
y con aquel círculo alrededor del sobaco…, en definitiva, todos ellos hombres
adultos que hasta entonces no había hecho más que observar, y hacer ruido al
masticar, llamó al camarero y pidió otra ronda de lo que estuviese tomando cada
cual. Una vez estuvo el pedido en la mesa, y la sonrisa en la cara de todos y
cada uno de aquellos hombres, el mismo, u otro diferente, no podía atestiguarlo
con seguridad, preguntó a nuestro autobusero si se conocían de algo, que su
cara le resultaba muy familiar.
-“¡Pues claro que nos conocemos!”- soltó
con desdén nuestro autobusero, a quien parecía que la última jarra le había
afectado bastante, lo que cabría esperar de alguien que no había bebido nunca
antes. –“Tú eres el de la línea 5; el de
tu derecha el de la 24; este que está aquí a mi lado es el de la 7, ¿o era de
la 8?, de dos a seis; el de mi otro flanco es su compañero de cuatro a once; y
el que me queda es el de los fines de semana de mi misma línea. Por cierto,
¿qué haces aquí?, ¿hoy no te toca a ti?”- recitó de corrido, sin parar para
respirar, como queriendo hacer ver que se podía acordar de todo aun yendo algo
perjudicado.
-“Perjudicial para nuestro futuro en esa
empresa.”- pensaba nuestro joven amigo, no podía besarla aunque lo
estuviera deseando en ese momento más que nada en el mundo.
Un
ruido les sacó de ese idilio, era el autobús que se acercaba, cuando se
subieron nuestro joven amigo se percató de que el autobusero no era aquel
afable gordito que le sonreía desde su asiento todos los días, ¿habrían cogido
el anterior o el siguiente?
¡Qué
más daba, ahora tenía asuntos más importantes de los que preocuparse!, por
ejemplo, ¿qué debía hacer?
-“¿Qué hago?”- se preguntaba a su vez
nuestra nueva amiga –“si me insinúo mucho
y me rechaza me destrozará; pero si no
hago nada y resulta que él si quiere algo pareceré demasiado indecisa. De todas
maneras pareceré estúpida”-
-“¡Estúpido!”- se dijo nuestro amigo
autobusero –“¿qué cojones me ha pasado?”-
Se fue a casa a esperar una reprimenda de su jefe, no había sido un buen día,
aunque, viéndolo de otra manera, al menos ahora conocía a alguien con quién
tenía una anécdota que compartir, eso que llaman amigos.
Y
es que éstos, aunque se quedaron sin palabras tras la retahíla de palabras y
números que les había soltado aquel gracioso gordito, que parecía ser ‘ese’ compañero de trabajo, le dijeron
que no era fin de semana todavía, que no era el turno de ninguno de ellos pero
sí el suyo o, por lo menos, lo había sido.
Además,
ahora ya sabían quién era ‘ese’
autobusero del que tanto hablaban, el que no tenía horas libres, excepto las
exigidas por la ley; el que nunca antes había pasado por un bar sin beber algo
más que agua; el que nunca antes se había relacionado con sus iguales; el que
parecía disfrutar con su trabajo, como si hubiese querido serlo desde su más
tierna infancia… ¡y qué más divertidas sorpresas podría esconder ‘El Autobusero’! Habían conocido a un
famoso, a uno del que, además, podían saber más preguntándole a la cara, sin
tapujos, estaban viviendo un sueño.
Parecía
estar viviendo un sueño, aquella chica, parada enfrente de él, esperando una
respuesta. De repente le vino todo junto a la cabeza: -“Hola… ¿nombre?… parada no tuyo… bueno el tuyo también… si quieres
claro… Yo… yo estaba parado porque… porque estoy perdido… me preguntaba si…
quería saber…”- tartamudeaba a cada palabra que salía de su boca, no sabía
si por su mirada, si por su sonrisa, o por todo ella, lo que si sabía es que no
le había pasado nunca antes algo similar.
Ella
se rió y, al ver que no iba a seguir con sus intentos de comunicarse, dijo: -“Esto se llama ‘LA ROTA’ y yo soy Sylvana, estás a cuatro horas de Madrid y, si lo
que quieres es volver, o esperas a mañana a otro tren o te vas en 10 minutos en
autobús, claro que tardarías bastante más e irías más incómodo.”– a esto le
siguió una sonrisa, la cual minó aún más las defensas que todavía le podían
quedar a nuestro amigo, dejándole sin saber que decir.
Sylvana
tampoco sabía por qué había dicho lo que había dicho, parecía que le estaba
echando, sin razón alguna, aunque a lo mejor era su instinto, su conciencia, la
que le decía: -“Chica de pueblo-Chico de
ciudad, acabará mal.”-
-“Acabará mal.”- pensaba nuestro joven
amigo mientras acercaba sus labios a los de ella, intentando, a su vez, no ser
lanzado por alguno de esos botes que daba el autobús cuando pasaba por alguno
de los miles de baches que había en esa jodida carretera, y no alejarse ni
acercarse en el momento puntual. –“Pero
hay que intentarlo.”- siguió pensando hasta el instante justo en el que
ambos sintieron el calor del otro, durante esos segundos ninguno era capaz de
pensar en nada.
No
conseguía poner sus pensamientos en orden, -“¿cómo
había podido romper su rutina de esa manera?, ¿qué consecuencias tendría?”-
para obtener una respuesta simplemente tenía que esperar. –“Después del fin de semana ya se sabrá,”- pensaba- “ahora tengo que poner todo en orden para
llegar a mañana igual que siempre”- Pero esa no era su rutina de los
viernes, -“¿qué hacer al respecto?”-
fácil, volver con sus ‘amigos’ para
hablar.
Me está gustando bastante ^^ Pero una pequeña sugerencia: hay veces en las que me pierdo un poco con los personajes, sé que lo que intentas es enlazar cada historia, pero a veces es tan sutil ese cambio que ni me percato... Si puedes dejarlo un poquito más claro, como tú veas!
ResponderEliminarEs lo que me temía, pero no sabía cómo enlazarlo sin perder fluidez así que simplemente puse líneas en blanco; si hay alguna sugerencia, yo encantado...
EliminarY más de que leáis y opinéis.
Gracias, ¡un abrazo!