Algunos lloran abrazándose a sus seres
queridos, otros, los menos, vagan absortos de acá para allá, esperando.
El día era el indicado, el sol resplandecía
fulgurante en lo alto de aquel cielo azul, decorado por algunas nubes que
parecían jugar al pilla-pilla, como nunca antes lo había visto; ¿y la hora?,
faltaban 23 segundos para que fuese perfecto.
Todos esos pobres desalmados creen que ha
llegado su hora, que no volverán a ver esos parajes donde crecieron, que el fin
está cerca; todos los medios de comunicación así lo han dicho… ¿Pero es que
nadie se acuerda ya de mi amigo Orson?
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