viernes, 20 de diciembre de 2013

Navidades Clandestinas


Todos los días, camino a mi puesto de guardia de seguridad en el centro comercial, pasaba por delante del mismo bar, ese bar que decían que estaba prohibido. “Entrada limitada a clandestinos”, rezaba el cartel que colgaba de la puerta; “Abierto a todos los públicos”, se leía en una pegatina perjudicada puesta a un costado. Todos los compañeros lo desaconsejaban, cuentan que uno entró, a investigar, y no volvió a salir de allí, nadie le ha vuelto a ver, no se sabe nada de él.
                                    
Seguí avanzando, como siempre, fantaseando con entrar, me cambié en los vestuarios, como un día más, tarareando un villancico de esos repetitivos que te martillean la cabeza durante todo el paseo por el centro comercial, y es que era Navidad.
Una vez bien uniformado me dirigí a la rutinaria ronda de segurata solitario, entre caras sonrientes de niños saltarines, enfundados en jerseys de punto de abuelas y sonrosadas caras de calor sofocante, acompañados, de cerca o de lejos, de padres cansados y madres tediosas, la familia entera a veces, con abuelos afanosos por atender a todos los caprichos de los revoltosos nietos.
Sonriendo pasaba entre las jóvenes que se escondían en las grandes superficies del frío de la realidad, y parejas de enamorados recorriendo juntos su primera Navidad. Saludando a tenderos y Papa Nöeles [dos en concreto, uno más semejante al otro, todo hay que decirlo], recorriendo pasillos entre adornos rimbombantes y luces parpadeantes. Así hasta el final del día, hasta la noche rutilante.
Es entonces cuando las despedidas se convierten en meros formalismos, cuando el camino de vuelta a casa se convierte en otra ronda más, la última de cada día, la mejor, la peor.

Pero esta vez, como no, como toda historia que se precie, tiene su giro inesperado. Este camino no fue como siempre, fue como nunca lo pude haber imaginado; una silueta me perseguía, oronda, risa bonachona, sonido de cristales rotos y, de repente, un grito y un golpe sordo, una caída. Me di la vuelta y ahí estaba el Papa Nöel del centro comercial, ¡¡¡ mi Papa Nöel, el de mi centro comercial !!!, totalmente borracho, totalmente feliz. Le ayudé a levantarse, me lo agradeció, en un idioma ininteligible [salvo para barmans y tertulianos habituales, como comprobaría en breves instantes], y es que tenía un corte en la mano, necesitaba ir a algún lado. Como surgido de la nada, de la niebla londinense que cubría a estas horas las calles de Madrid, diez metros calle arriba, el bar prohibido. Entramos, guardando mis celos para otro momento, para otro lugar.

Miré a mí alrededor y pude ver las escenas más extrañas, más dantescas, más celestiales…
Había tres hombres en una mesa, uno de color, dos con barbas pobladas, una cana, otra castaña; uno con la mirada como una bala, fulminante; otro con un verbo de oro, absorbente; y el último entre el humo, se escondía.
Había otro Papa Nöel en la barra, bebiendo como un cerdo, manchándose el traje de lamparones, la barba de espuma de cerveza, y la panza, oscilante, como él, tambaleante; al vernos nos cedió el sitio y se largó, sin pagar pero sin saco, como pago.
Un hombre irrumpió estrepitosamente en el local, vestido únicamente con una corona de Rey encima de un gorro de Papa Nöel, soltando improperios contra las luces resplandecientes de las calles barrocamente decoradas. Le sacaron entre duendes, pajes, renos y camellos, no sé de dónde salieron, no sé qué tenía este ambiente que me embriagaba y me sumergía en una realidad paralela.
Fui al baño, a refrescarme, a despejarme, al salir nada había cambiado, sólo una cosa en la que anteriormente no me había fijado, un Santa en una esquina, únicamente acompañado de una birra y unos polvos blancos sobre la mesa, nieve clandestina, fantasías.

Tenía que salir de allí, no era mi sitio, no era mi tiempo, el Papa Nöel amigo mío me cogió fuertemente del brazo, no me retenía, simplemente me acercó y me habló, no entendí ni una palabra. Mire al barman, sonrisa cómplice, traducción instantánea, quería que le llevase a su casa, que el dirigiese a su morada. Dijo algo antes de salir, a lo que los demás comensales respondieron entre risas, y yo sin enterarme de nada, lo tomé como una despedida, novedosa y disparatada, pero despedida.

Yo andaba soportando su peso, él simplemente cambiaba su paso para dirigirnos en una u otra dirección; pasamos por delante de una iglesia, con su belén y su mendigo, aguantando estoicamente el frío, delante del buey, tras la mula, entre María y José, acurrucado como el niño Jesús; le invitamos a acompañarnos, bueno, le invito Santa, yo seguía sin comprender nada.

Llegamos a una fábrica de juguetes abandonada, en completo silencio, como el trayecto que antes habíamos hecho, sólo cruzando miradas. Allí Santa quemó su traje en una hoguera improvisada dentro de un barril oxidado, juntó envoltorios de regalos rasgados con ansia para cubrirse, para cubrirnos, yo sólo necesitaba ilusiones, pero me abrigué de todas maneras.

Pasaron unos minutos, o unas horas, perdí la noción del tiempo la verdad, y decidí irme a casa, volver a la rutina de mi vida, de mi soledad controlada. Nadie me lo impidió, simplemente sonrieron y dijeron adiós. Me despedí, otra vez sorprendido, otra vez de forma novedosa, pero despedida al fin y al cabo.

Aquí también había tertulianos; un hombre fumando, solo, en calma, mirando hipnotizado como ardía un pequeño árbol navideño; seguí avanzando y, antes de salir, en la esquina más oscura vi a otros dos hombres, vestidos con túnicas harapientas, las caras tapadas con pañuelos, cogiendo algo parecido a arena de un bote de cristal, poniéndolo sobre una cucharilla y calentándolo, lentamente, cuidadosamente, esa era la única luz que iluminaba aquel rincón, para luego pasarlo a otro bote, donde había más polvos, de colores brillantes, seductores.

Me fui, me olvidé, recordé, borré y guardé, volví a esos acontecimientos extraños que recorrían mi cabeza hasta que, por fin, llegué a la esquina en que se había convertido mi casa en esos momentos, el hogar de los desheredados, decorado con cartones de quizás y des(h)echos, y es que este viaje me pareció un sueño que vagabundeaba por mi mente hasta convertirse en pesadilla.



Agradecimientos: @JuanLuisFerrete @fNoir22 @RomyGarcia94 y todos los que participan en los juegos de palabras de @Blakeblues [y a él mismo claro está].
 

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